Venezuela y la muerte del aislacionismo: cómo el America First de Trump escondía solo un profundo unilateralismo
Donald Trump consiguió regresar a la Casa Blanca con la promesa de sacar a Estados Unidos de los conflictos exteriores que, según él, eran una pérdida de tiempo para los intereses del país. En el fondo, ese America First tan serigrafiado en camisetas y gorras no era tanto una premisa aislacionista como un deseo de abandonar el papel de hermano mayor de las democracias occidentales que Washington ha ejercido desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
El descaro con el que la Administración Trump ha agredido militarmente un país extranjero y ha secuestrado a su presidente parte de un profundo unilateralismo. Este principio, y no otro, es el que constituye el corazón real del America First de Donald Trump. El presidente estadounidense aborda la geopolítica desde el cálculo coste-beneficio. Como buen aspirante a monarca absoluto, quien decide lo que es bueno para la nación es él. De ahí que el America First se esté revelando como una especie de 'Trump First', para disgusto de algunos de sus seguidores en el mundo MAGA.
En otoño, Trump ya dejó claro que no creía necesario consultar al Congreso con respecto a los ataques en el Caribe y otras posibles incursiones militares. Pasadas las diez de la noche del viernes 2 de enero, el presidente daba la orden al Pentágono de iniciar la Operación Resolución Absoluta mientras los legisladores dormían.
El cálculo coste-beneficio con Venezuela podría resumirse en la intervención dentro de un Estado fallido, con alianzas frágiles —Cuba está inmersa en una profunda crisis económica y Rusia ya dejó ver con los Asad en Siria lo que puede hacer—, y cuyas reservas de petróleo son las más grandes del mundo. Además de que se trata de un golpe de efecto tanto en clave de política interna como externa.
Trump estaba molesto con China husmeando en lo que considera su patio trasero, algo que hizo explícito en la comparecencia posterior a la captura de Maduro cuando se refirió a la región como “nuestro hemisferio”. Eso no solo incluye Latinoamérica, sino también Canadá, al cual el presidente muchas veces se ha referido como el “estado 51” de EEUU y Groenlandia, sobre la cual también ha proyectado sus deseos expansionistas.
La intervención en Venezuela se produce justo cuando está a punto de cumplirse un año de esa rocambolesca comparecencia desde Mar-a-Lago en la que Trump consternó al mundo con sus aspiraciones de anexionarse Groenlandia y el canal de Panamá. En ese momento, el republicano desempolvaba la doctrina Monroe, que ahora ha abrazado abiertamente: el sábado se permitía hacer un juego de palabras con su nombre y la rebautizaba como “doctrina Donroe”.
La versión 2.0 de la doctrina del siglo XIX pasa por reconocer tres grandes jugadores en el tablero: Estados Unidos, China y Rusia. Es así como lo dibuja la nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NSE, en sus siglas en inglés) que publicó en diciembre el gobierno Trump. A cada uno de ellos se les reconoce una parcela propia desde la cual se competirá. En 2023, la inteligencia estadounidense advirtió de que Pekín había dicho a los militares que estuvieran “preparados para 2027” para lanzar una operación sobre la isla, aunque existían dudas sobre hasta qué punto sería posible el ataque.
Todo este tiempo Trump ha estado abordando la geopolítica del siglo XXI con los ojos del siglo XIX. Esto también se ha visto en su guerra comercial
Todo este tiempo Trump ha estado abordando la geopolítica del siglo XXI con los ojos del siglo XIX. Esto también se ha visto en su guerra comercial. Uno de los grandes referentes del republicano ha sido el presidente William McKinley, que gobernó el país entre 1897 y 1901. Ya durante la campaña electoral, Trump ofreció una larga y contenciosa charla sobre las virtudes de McKinley y su política arancelaria en un acto organizado en el Club Económico de Nueva York.
Algunos de los miembros de la vieja guarida MAGA, como Steve Bannon, entienden que el abandono de Estados Unidos del multilateralismo aboca el orden internacional a la ley del más fuerte. Así pues, Bannon ha aplaudido la acción como un toque de atención a China y ha dado voz desde su War Room a otros influencers de extrema derecha, como Jack Posobiec, que ha calificado la agresión de “defensa del hemisferio”.
Más allá de la visión geopolítica, Bannon también es consciente de que la vuelta al intervencionismo estadounidense de la mano de Trump es beneficioso para la expansión de la internacional ultra. En Latinoamérica, el republicano se ha encargado de fomentar y apoyar gobiernos alineados con su ideología, como Nayib Bukele en El Salvador o Javier Milei en Argentina. Por lo que respecta a Europa, la nueva Administración cada vez ha mostrado más afinidad con los gobiernos de extrema derecha, mientras cuestiona los gobiernos socialdemócratas y los valores tradicionales de las democracias liberales.
Aunque no todos los pronósticos de la órbita trumpista son igual de receptivos con esta evolución del “America First”. El encuestador alineado con el movimiento MAGA Rich Baris advirtió de los efectos negativos que puede desencadenar la empresa de Venezuela si no culmina con una transición de poder real. “A menos que Trump logre el primer cambio de régimen exitoso en una nación no occidental europea desde la Segunda Guerra Mundial”, escribió Baris en redes sociales, “esto consumirá gran parte del año y los votantes se enfadarán más porque él [Trump] no está centrado en ellos.”
En el otro extremo, la diputada Marjorie Taylor Greene, que ha pasado de fiel seguidora a desertora de Trump, se mostraba decepcionada. Greene, como ya hizo con el bombardeo de las instalaciones nucleares de Irán, ha criticado la agresión. “Esto es lo que muchos en el MAGA creían que habían votado para poner fin”, escribía el sábado en X. “Vaya si estábamos equivocados”.
Dentro de todos los nombres que se postulan para tomar el relevo en el trumpismo, Taylor Greene es la que ha tomado la opción más arriesgada, pero también la más agresiva. Su ruptura viene a raíz de, aparentemente, ser más trumpista que Trump y querer mantenerse fiel a los principios MAGA. Aunque se trata de una carrera de fondo hasta que llegue ese momento. Pero como apuntó en su día la influencer de extrema derecha y aliada del presidente, Laura Loomer, muy probablemente ni el Partido Republicano ni el movimiento sobrevivirán a Trump.
“No creo que el GOP [las siglas del partido republicano] sobreviva después de Trump. Hay demasiadas personalidades en conflicto tratando de disputar el liderazgo de MAGA, y ninguna de ellas tiene lo necesario para ser el sucesor de Trump”, escribía en X Loomer. Y añadía: “No habrá un movimiento político viable después de MAGA. La evidencia está ahí para quien quiera verla. Nadie tiene lo que se necesita”.
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