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Sin el Congreso y en plena crisis interna: qué dice el secuestro de Maduro sobre la acumulación de poder de Trump

Donald Trump junto al secretario de Estado, Marco Rubio, siguiendo la operación militar contra el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.

Juan Gabriel García

Nueva York —
4 de enero de 2026 22:24 h

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Donald Trump ha empezado a hacer fuera de Estados Unidos lo que lleva meses haciendo dentro del país: convertir su palabra en ley y apoyarse en la dialéctica de los puños para legitimarla. El unilateralismo que ha aplicado en el secuestro de Nicolás Maduro es el mismo que ha impuesto al poder judicial y legislativo del país en el último año. Trump actúa como una especie de Leviatán hobbesiano que expande sus tentáculos sobre el hemisferio Occidental a expensas del sistema democrático y el derecho internacional.

La incursión sobre Venezuela es una flagrante violación del derecho internacional, según los expertos, además de que vuelve a ser una apropiación de poderes que competen al Congreso. El Capitolio ya llamó la atención a Trump por los ataques a las supuestas narcolanchas en el Caribe y el Pacífico Oriental, asegurando que se trata de acciones que solo se pueden justificar en un marco de guerra. La Constitución otorga explícitamente que el poder de “declarar la guerra” es del legislativo. Aunque es cierto que Trump no es el primer presidente que actúa a las brava. 

En los últimos tres cuartos de siglo el Congreso ha cedido efectivamente gran parte de esa autoridad al Ejecutivo. Desde Pearl Harbor, en el marco de la Segunda Guerra Mundial, el Capitolio no hace una declaración de guerra formal. Antes de Trump, George Bush padre ya eludió el legislativo con la operación “Causa Justa” en los 80 para capturar el dictador panameño Manuel Noriega. La diferencia, sin embargo, es que se encargó de recabar apoyo bipartidista en el Capitolio de antemano. Incluso George Bush hijo con la invasión de Irak y Afganistán recibió autorización del Congreso.

La autorización en cuestión se rige por la ley de 1973, aprobada tras la guerra de Vietnam en medio de una inquietud generalizada por una incipiente “presidencia imperial”. El texto exige que el presidente notifique al Congreso en un plazo de 48 horas el despliegue de tropas en hostilidades y las retire tras 60 días, a menos que el Congreso autorice la acción o declare la guerra.

La otra cuestión clave es desde qué posición Trump reclama para sí mismo los poderes de la rama legislativa en la captura de Maduro. El asalto al sistema democrático ha sido una constante por parte del presidente desde que llegó a la Casa Blanca: ha abusado de los poderes de emergencia para desplegar el Ejército en la frontera, iniciar una guerra arancelaria y militarizar Los Ángeles (contra la voluntad del gobernador) o Washington. Los soldados de la Guardia Nacional continúan patrullando la capital a pesar de que un juez federal declaró ilegal su despliegue el mes pasado. 

El presidente también ha cuestionado y erosionado la autoridad de los tribunales federales, principal línea de defensa ante muchas de sus acciones ejecutivas que desafían el orden constitucional. Solo por citar un caso: el de negar el derecho a la ciudadanía a los nacidos en territorio estadounidense, a pesar de que está recogido en el artículo 14 de la carta magna. Todo ello con la confianza en un Tribunal Supremo que ha resultado bastante magnánimo con las aspiraciones absolutistas de Trump.

Crisis de impopularidad

El secuestro de Maduro, con la épica del despliegue de unidades de élite del ejército y agentes de la CIA, coincide justo en uno de los momentos más bajos de popularidad de Trump. La última encuesta publicada por Gallup a finales de 2025 mostraba como la aprobación del presidente se situaba en un 36%, superando su pico más bajo de su primer mandato, cuando el nivel de descontento se situó en un 37%. Las cifras no son un buen augurio en el inicio del año electoral, donde el Partido Republicano confiaba en volver a apoyarse en la figura de Trump para salvar su ajustada mayoría en el Congreso en las legislativas de noviembre.

La incursión a Venezuela pretende ser un golpe efectista para volver a ganar popularidad, atizando el orgullo patrio. Ante la pérdida de fuelle en otros sectores —la carrera tecnológica con China se estrecha mientras Trump ha herido de muerte las universidades estadounidenses— el magnate ha jugado la carta de la supremacía militar. En un contexto donde el presidente compra el relato del mundo multipolar, vuelve a reivindicar la fuerza bruta como valor seguro. 

Detener a Maduro también puede ser una manera de volver a reconciliarse con el votante latino. Las últimas encuestas también mostraban una caída de popularidad entre este sector de la población, después de un año de redadas agresivas por parte de ICE. El voto latino fue clave para que Trump llegara a la Casa Blanca, y volverá a ser necesario en las legislativas. 

Por el momento, grandes tótems del universo MAGA como Steve Bannon y Laura Loomer han dado su beneplácito a la operación. Durante mucho tiempo, Bannon ha sido uno de los grandes defensores de que Estados Unidos debe centrarse en sus asuntos y dejar de involucrarse en cuestiones exteriores. Pero después de la captura de Maduro, el ideólogo trumpista ha usado su War Room para justificar el giro conceptual que el republicano está dando al lema “America First”. 

El sábado, en una entrevista con el influencer de extrema derecha, Jack Posobiec, Bannon defendía cómo “no podría haber sido una mejor llamada” de atención a China, ya que el ataque se produjo horas después de que una delegación china se reuniera con Maduro en Caracas. A lo que Posobiec respondía que el movimiento señala una estrategia de “defensa del hemisferio” bajo la “doctrina Trump”

Tampoco pasa desapercibido el hecho de que el ataque se produce en un momento de crisis interna para Trump. La ruptura con Marjorie Taylor Greene, que ha pasado de ser fiel seguidora a una de las mayores opositora del mandatario en el mundo MAGA, es la cristalización de cómo el control absoluto del magnate sobre el partido ha empezado a resquebrajarse. Otro síntoma de esta revuelta interna se vio a finales de 2025 con la negativa de los congresistas de Indiana a ceder a las presiones del presidente para redibujar los distritos electorales. 

Taylor Greene —que este lunes tiene previsto renunciar a su escaño— ha sido una de las pocas voces dentro del universo MAGA que se ha alzado contra la acción del presidente. “Esto es lo que muchos en el MAGA creían que habían votado para poner fin”, escribía el sábado en X. “Vaya si estábamos equivocados”. Del mismo modo, el congresista Thomas Massie hacía un llamamiento similar: “Despertad, MAGA. Lo de Venezuela no trata de drogas; se trata de petróleo y cambio de régimen. Esto no es por lo que votamos”. 

El movimiento de capturar Maduro es arriesgado en muchos sentidos, sobre todo porque la parte fácil era esta. Con las elecciones de medio mandato en el horizonte de finales de año, la evolución de la situación en Venezuela puede ser un todo o nada: si sale bien, puede devolver cierta legitimidad perdida; si sale mal puede agravar la crisis interna del partido y del trumpismo con las urnas a la vuelta de la esquina.

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