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Diplomáticos (y III) de Atenas a Helsinki… y Guatemala

Las Cariátides del Erecteion, en la Acrópolis de Atenas. Grecia.

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Mi anhelado encuentro con la esencia del Mediterráneo -Grecia y su pasado- tuvo lugar de forma inesperada y amable. Yo había redactado un informe, “Por una política mediterránea para España” (febrero de 1983), para la Ejecutiva Federal del PSOE a través de la Fundación IESA (cuyos directores, del SPD alemán, siempre me trataron muy bien y con los que hice gran amistad), estimulando al PSOE recién llegado al poder a asumir una actitud más activa en los asuntos intermediterráneos. Eso hizo que Elena Flores, de esa Ejecutiva y que había sido profesora mía de Relaciones Internacionales, en la Facultad de Políticas, me pusiera en contacto con el senador Rafael Estrella, de Granada, presidente de la Comisión de Defensa del Senado, para acompañarle y asistirle en una Round Table sobre “The situation in the Mediterranean”, convocada por el PASOK griego y con la asistencia de los partidos socialistas y progresistas de los países del Mediterráneo (abril de 1983).

De mis principales recuerdos de aquella afortunada 'irrupción' en Atenas y su/mi mitología, retengo la fuerte impresión que me causó la visión del Partenón y la Acrópolis iluminados desde la terraza del hotel George V, en la plaza Sintagma (en la veintena de veces que después he estado en Atenas nunca he dejado de subir al Partenón, emocionado al discurrir entre sus divinas piedras erguidas). Y en segundo lugar, guardo un especialísimo recuerdo de .la relación que en esos días tuvimos con el embajador de España en Grecia, Pedro López de Aguirre, finura y experiencia diplomáticas químicamente puras, y del que ya se hablaba como futuro primer embajador español ante el Estado de Israel.

El senador Estrella, un tipo amigable e inteligente con el que se hace amistad fácilmente, me encargó la organización en Madrid, para noviembre de 1984, del 10º Aniversario del Diálogo Euro-Árabe, una tarea que desarrollaba la Parliamentary Association for Euro-Arab Cooperation, que financiaba un rico libanés. Se trataba de manejar un centenar de invitados de entre parlamentarios y diplomáticos de los países europeos comunitarios y árabes. Un mogollón al que yo nunca me había enfrentado, pero que, sin embargo, conseguimos dominar (y disfrutarlo). Me gané una participación, mucho más leve y relajada, en la reunión del siguiente año, en Bruselas.

A Atenas volvería en septiembre de 1986 al haberme encargado el grupo Legacy (lobby, secta, yo qué sé), de neto espíritu judío-norteamericano, la misma Mediterranean Youth Environment Conference que el año anterior había caído en mis manos por expreso deseo de mis amigos del Instituto de la Juventud, que sin gran entusiasmo tuvieron que dar paso en España a esa organización; y como no encontraron a nadie más voluntarioso que yo, acepté el encargo y lo redirigí a Cartagena: fue divertido manejar a una cincuentena de jóvenes de los países mediterráneos (que incluía media docena de españoles que yo seleccioné de entre mi gente del Grupo Ecologista Mediterráneo), enseñándoles el Mar Menor, la bahía de Portmán y todo el blanco y negro de esa tierra mía.

Luego, entre 1986 y 1989, contratado por el Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo para asesorarlo en las relaciones de España con el Plan de Acción del Mediterráneo (PNUMA), frecuenté repetidamente Atenas para asistir a las reuniones periódicas de expertos, tanto del Grupo Socio-económico como del Científico-técnico. Fue mi vínculo con ese Plan y sus directivos del Centro de Split (Croacia/Yugoslavia) lo que me permitió reuniones interesantísimas en Izmir (Turquía), Sophia Antipolis (Francia) y la misión de estudio de la costa siria. Así que me consideré afortunado de tener tantas oportunidades de recorrer el/mi mundo mediterráneo.

Cuando editaba y dirigía Cuadernos de Ecología, y desarrollando mi plan de describir los numerosos problemas y étnicos y fronterizos en la Europa del Este, y al comenzar por la Carelia fino-rusa, tuve una prometedora llamada desde la Embajada finlandesa en Madrid, concretamente del agregado Aalto, que, simpático y cercano, me dijo que era la primera vez que leía algo sobre ese asunto en la prensa española, y que me invitaba a visitar Finlandia… Así fue, y como pedí que fuera en tiempo de hielos, disfruté de lo lindo recorriendo el país (marzo de 1994) y manteniendo reuniones incesantes y de calidad, desde Helsinki hasta el norte lapón, incluyendo Rovaniemi, así como un viaje bellísimo a las islas Aaland, junto a Suecia pero de soberanía finlandesa (y otro que yo me agencié a Tallin, capital de la Estonia postsoviética) .

Mi amistad con Aalto duró mientras mantuvo su puesto en Madrid (vuelto a su país, murió pronto, lo que me apenó especialmente), y eso me permitió frecuentar la embajada y algunas de sus actividades, que incluían reuniones con diplomáticos escandinavos (decía un día la embajadora sueca: “Cuando los embajadores escandinavos trabajamos en algún tema común, siempre hay alguien que pregunta, ¿y qué dicen de esto los finlandeses?”).

De mis viajes a Guatemala tengo poco que contar, si acaso aludir a los momentos de clausura de curso, cuando se invitaba al embajador, o embajadora de España, siempre de agradable conversación. Más negro es el recuerdo de mi visita al Congreso de la República, formando parte de un grupo de diplomáticos y haciendo de guía la diputada Zuli Ríos-Montt, hija del genocida (al que pude contemplar en su escaño, tan pancho: no había forma de llevarlo ante un tribunal, y murió en la cama). Sólo percibí un evidente malestar de la parte del agregado cubano, un buen conocedor de la historia guatemalteca, como me demostró en nuestra posterior conversación.

Y remato el relato de mis tratos con el mundo de los diplomáticos y anexos, evocando el día en que unos amigos profesores de la Escuela Diplomática me invitaron a dar una conferencia sobre “Geopolítica de los recursos naturales del Mediterráneo” (marzo de 2004), en esa sede imponente, que tanto respeto me inspiraba cuando pasaba por su puerta, en la Ciudad Universitaria de Madrid. Porque me sentí ufano y feliz (sí señor).

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