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Santa propaganda

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En mi empeño por seguir el rastro de los “grandes” hombres, en especial si fueron escritores, visitamos la casa-museo de San Juan de la Cruz en Úbeda. Juan, el poeta místico cuyos versos poseen a la vez carnalidad y una espiritualidad esencial y universal. Una espiritualidad que lo mismo podría conectar con un budista que con un agnóstico. Maravilloso poeta, elevadísimo y lleno de humanidad.

Pero en el lugar que le ha consagrado la Iglesia no se ve al poeta por ninguna parte. Sólo asistimos a una adoración burda e infantil al más puro estilo vellocino de oro. En vez de amar con sencillez y naturalidad su poesía, aquí se veneran un par de huesos suyos elevados a impúdicas reliquias.

La Iglesia utiliza al hombre y su obra para convertirlo en un diente más de su maquinaria de propaganda y legitimación del poder. Ha explotado su figura y su obra con fines bien materiales.

 

En vez de amar con sencillez y naturalidad su poesía, aquí se veneran un par de huesos suyos elevados a impúdicas reliquias

 

La humilde celda donde el ascético Juan murió ha sido transformada en una fastuosa capilla llena de dorados y oscuridad. Precisamente eso es lo que abunda en este lugar: la oscuridad. El olor a cerrado y podredumbre.

Qué horror que esta gente haya dominado España y la conciencia de los españoles durante siglos. Que nos hayan mantenido en la ignorancia y el embrutecimiento hasta hace cuatro días.

Por descontado, en la casa-museo se nos habla de los supuestos milagros sobrenaturales que realizó el santo, cuando el único verdadero milagro que hizo aquel hombre fue el de su poesía.

 

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