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Ser mena en Murcia: “Con 15 años me vi solo y en un país desconocido del que no sabía más que la alineación del Barça”

Dos migrantes menores de edad tutelados por la Región de Murcia a través de la Fundación Diagrama observan el mar a través del que llegaron a España. CEDIDA

Gloria Piñero

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Hay palabras que terminan diciendo demasiado poco. Mena es una de ellas. Cuatro letras que aparecen a diario en el debate político, en los titulares y en las redes sociales y que, sin embargo, pueden acabar ocultando quiénes hay detrás: menores de edad. Un acrónimo que no explica de dónde vienen, qué dejaron atrás ni qué esperan encontrar al llegar a España. Tampoco cuenta el miedo de cruzar el mar siendo adolescente, la incertidumbre de desembarcar en un país desconocido o la dificultad de empezar de nuevo cuando todavía no se ha terminado de crecer.

Ibrahim conoce bien esa sensación. Llegó a España con 15 años, solo y después de cruzar el Mediterráneo en patera. En la ciudad marroquí de Beni Melal, situada entre el Atlas Medio y la llanura de Tadla, en el centro del país, quedaron sus padres y hermanos. Aquí, para recibirle, ni un solo adulto de referencia. “Durante la travesía no dejaba de pensar en qué me iba a ocurrir cuando pusiera los pies en tierra”, cuenta a elDiario.es Región de Murcia.

Ahora es mayor de edad y trabaja como barbero en el municipio murciano de Molina de Segura. Cuando mira atrás, recuerda sobre todo el miedo de aquellos primeros momentos y “la sensación de encontrarme por primera vez en la vida completamente solo y en un lugar desconocido del que no sabía más palabras que la alineación del Barça”, sonríe. La historia de Ibrahim ayuda a entender qué hay detrás de la etiqueta que domina buena parte de la discusión política.

La última crisis migratoria —y humanitaria— de Ceuta, en la que según la ONG Caminando Fronteras al menos 141 personas han muerto ahogadas en el mar, ha vuelto a poner el foco sobre un sistema de protección que las comunidades autónomas reclaman reforzar. En la Región de Murcia, el Gobierno autonómico advierte de que sus recursos están tensionados y pide más financiación y coordinación al Estado.

Pero el debate se desarrolla en un clima político cada vez más áspero. Vox ha convertido la acogida de menores extranjeros no acompañados en uno de los principales ejes de su discurso migratorio en la Región. Desde su reclamación de que los centros de acogida para menores “se abran en Marrakech, no en la Región de Murcia”, hasta pedir para ellos “el billete de vuelta”, los representantes de Abascal en esta comunidad autónoma —como en otras— estigmatiza a la infancia vulnerable, llegando a pedir el abandono de la Convención sobre los Derechos del Niño.

Entrar en el sistema de protección

Jóvenes participan en un taller gestionado por la Fundación Diagrama. CEDIDA

En Murcia, como en el resto de comunidades autónomas, la llegada de un menor extranjero no acompañado activa un sistema que pertenece al ámbito de la Protección a la infancia, no al de Extranjería. Cuando un adolescente es localizado sin referentes familiares, la Administración autonómica asume su tutela y debe garantizar alojamiento, alimentación, educación, asistencia sanitaria, apoyo psicológico y acompañamiento hasta la mayoría de edad.

Pero para quien acaba de llegar, el procedimiento administrativo es solo una parte de la historia. Ibrahim recuerda que, después de la travesía en patera, la primera parada fue la del auxilio inmediato, a cargo de Cruz Roja: “Me dieron una manta, zumos y un bocadillo que me comí mientras no paraba de llorar”, recuerda este joven. Luego pasó por un proceso de identificación, valoración de la edad y una revisión médica antes de ser trasladado a un recurso residencial más estable. En su caso, el centro de menores tutelados Rosa Peñas, en la pedanía murciana de Santa Cruz.

Ahí empezó una etapa que —cuenta— le “cambió la vida”: “Me preparó para tener las oportunidades que no existían para mí en mi pueblo”. Allí aprendió castellano, normas de convivencia, a recuperar rutinas y a compartir espacios. Retomó los estudios y aprendió el oficio del que hoy vive.

Un camino en el que fueron básicos educadores y trabajadores sociales, psicólogos, personal sanitario y profesionales de formación e inserción laboral que forman parte de los equipos que acompañan a estos adolescentes. El objetivo, al menos sobre el papel, no es únicamente protegerlos durante unos meses. Es prepararlos para cuando dejen de estar bajo tutela.

Una discusión política que deja poco espacio para sus historias

Según la capacidad ordinaria fijada por el Estado para los sistemas autonómicos de protección, a la Región de Murcia le correspondían 517 plazas de referencia en el momento en que se elaboró el artículo. En junio de 2026 el Gobierno central actualizó esa capacidad y fijó para Murcia 553 plazas.

La cifra se ha convertido en uno de los puntos de fricción entre Murcia y el Gobierno central. El Ejecutivo autonómico reclama que se tenga en cuenta la ocupación real de los recursos, el coste de la atención y la presión que soporta la Región por las llegadas directas y las derivaciones. Una confrontación política que se produce mientras el sistema intenta atender a adolescentes que, como Ibrahim, no tienen capacidad para resolver por sí mismos buena parte de los problemas a los que se enfrentan.

Solo durante el mes de julio llegaron a la Región 132 menores por vía marítima, a los que se suman los derivados por el Gobierno central desde Canarias y Ceuta y los trasladados al antiguo Hospital Naval de Cartagena. Este centro, gestionado por el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, alberga a más de un millar de menores, pese a que su capacidad inicial era de 600 personas.

Un joven de origen migrante aprende el oficio de la forja a través de un programa de inserción labora de la Fundación Diagrama. CEDIDA

La consejera de Política Social, Familias e Igualdad, Conchita Ruiz, ha advertido de que la Región no puede asumir más menores migrantes no acompañados y reclama mayor coordinación e información previa entre administraciones.

Vox va más allá. La formación rechaza frontalmente la acogida y defiende el retorno de los menores a sus países de origen, mientras les criminaliza vinculando el debate migratorio con la seguridad o les culpa de las dificultades del acceso de los españoles a los servicios públicos, como la sanidad.

En ese escenario, el término “mena” corre el riesgo de convertirse en el protagonista de una discusión en la que los propios menores apenas tienen voz.

Youssef, Mamadou e Ibrahim: tres historias detrás de una etiqueta

Como Ibrahim, Youssef también salió de Marruecos siendo apenas un niño. Su objetivo era trabajar y ayudar económicamente a su familia. Igual que el de Mamadou, que llegó a las costas de Águilas desde su Senegal natal después de cruzar varias fronteras. El viaje fue tortuoso y todavía sufre sus consecuencias: unas terribles pesadillas relacionadas con lo vivido durante el camino.

Tres historias diferentes y un punto en común: ninguno de ellos llegó a España con la vida resuelta. Los profesionales que trabajan con estos jóvenes insisten precisamente en esa idea. “Son adolescentes. Tienen las mismas preocupaciones que cualquier joven: estudiar, hacer amigos, encontrar un trabajo, independizarse…”, explica una trabajadora de la Fundación Diagrama.

La organización gestiona programas de inserción para menores extranjeros no acompañados y distintos recursos residenciales, entre ellos los hogares “SuñuKeur” —“nuestra casa”, en lengua wólof— y “Ankaso Alguazas”.

Ahí, cada pequeño paso —una conversación en castellano, un título, unas prácticas, un primer empleo— puede marcar la diferencia entre depender de un sistema de protección o comenzar a construir una vida autónoma.

Cumplir 18: la tutela se acaba, la incertidumbre no

La formación, como la que se imparte en los cursos gestionados por la Fundación Diagrama, es fundamental para facilitar la salida del sistema de protección al cumplir los 18 años. CEDIDA

Cumplir 18 años es uno de los momentos más delicados para estos adolescentes. La tutela desaparece y pasan a ser legalmente adultos. El cambio administrativo es inmediato. La madurez personal, sin embargo, no funciona con la misma velocidad.

Por eso existen programas de emancipación y preparación para la vida independiente destinados a jóvenes tutelados y extutelados en riesgo de exclusión social.

En esta etapa resultan fundamentales la documentación, la formación y una red de apoyo. Quienes consiguen un empleo o continúan estudiando tienen más posibilidades de consolidar su proyecto de vida. Pero muchos se encuentran con otra carrera de obstáculos: acceder a una vivienda digna y encontrar un empleo estable en un mercado laboral que tampoco resulta sencillo para los jóvenes que han crecido aquí.

Más allá de cifras y etiquetas

La discusión sobre la migración seguirá basándose en cifras. Habrá que seguir debatiendo sobre plazas, recursos, financiación, competencias y reparto territorial. Es una parte imprescindible del problema y también de su solución.

Pero, mientras instituciones y partidos políticos discuten sobre estadísticas, derivaciones y endurecen sus posiciones, las historias de vida de chavales como Ibrahim, Youssef o Mamadou siguen transcurriendo, como pueden, al margen de los titulares.

Quizá por eso, cuando se habla de menores extranjeros no acompañados, convendría recordar qué hay exactamente detrás de esas cuatro palabras; que antes que un problema que repartir entre administraciones, son menores que, arriesgando sus todavía cortas vidas, llegaron solos huyendo del hambre, la guerra o la falta de oportunidades; y que necesitan protección y ayuda para dejar de estarlo.

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