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Dar Etxea, un cobijo para jóvenes magrebíes en las frías noches de invierno en Pamplona

Younes Oulahri en la sala de actos de Katakrak, que desmontan todas noches para dormir y vuelven a montar a la mañana siguiente

Fushan Equiza

Pamplona —

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La madre de Younes Oulahri, de 29 años y origen marroquí, no sabe que su hijo vive en la calle. Él no se lo ha contado porque “no tiene sentido preocuparla”. Por esta misma razón, cuando se despidió de sus padres en 2019, tampoco les confesó que su plan era llegar a Canarias “por la ruta del mar”. Después de vagar seis años por distintas localidades de España, llegó a Pamplona solo con una mochila, que le robaron a los pocos días mientras dormía en la estación de autobuses de la ciudad. Sin embargo, eso no le ha borrado la sonrisa y recibe a elDiario.es/Navarra con un café en la librería Katakrak, donde desde el 4 de enero pasa la noche junto a otros quince compañeros, y junto a Susana Cañete, miembro de Dar Etxea, colectivo que impulsa de la iniciativa.

La librería Katakrak acoge desde principios de año a 16 jóvenes de entre 18 y 30 años, procedentes de Marruecos, Argelia y Túnez y que vivían en la calle. Esta iniciativa forma parte de una campaña llamada 'Negu Gorriak/Derecho a Techo', impulsada por el colectivo Dar Etxea y la propia librería, que tiene como objetivo denunciar la situación de sinhogarismo que afecta colectivo magrebí e invitar a que otras entidades lo repliquen en otros locales y ciudades.

Los nuevos inquilinos, que está previsto que se queden hasta el 31 de marzo, proceden de la antigua ikastola Jaso y el convento de las Agustinas de Aranzadi. En este último, según relata Younes, que estuvo viviendo en el edificio dos meses, viven hacinadas sin luz ni agua hasta cien personas.

En el convento Aranzadi “el olor es nauseabundo”, porque “parece un basurero”, describe Susana Cañete, profesora en un instituto y miembro de Dar Etxea. El nombre procede del significado de 'casa' en árabe y en euskera. El colectivo gestiona, además, tres comedores solidarios en Pamplona. Fue en uno de esos comedores donde Susana y Younes se conocieron. “Llevaba solo dos o tres semanas” aquí cuando ella le habló de la iniciativa, relata Younes.

Foto de Archivo - Convento de las Agustinas de San Pedro en Aranzadi (en estado de abandono)

El joven llegó a Pamplona en octubre del año pasado tras un largo periplo. Perdió el brazo trabajando en su país de origen, donde era ingeniero topográfico. “Estaba agachado en el suelo y por detrás iba a un compañero, que no me vio. Pasó con la máquina por al lado, se me enganchó a la ropa y me arrancó el brazo [izquierdo]”, relata. A partir de ese momento, Younes sintió que no tenía futuro en el país que le había dado la vida y llegó a España en avión con un visado de turista, pero fue deportado cuatro meses mas tarde. La segunda vez “embarcó sin avisar a nadie”.

A través de un amigo que vivía en Madrid, Younes supo que “había una ruta por Canarias”, por lo que fue al Sáhara Occidental, de donde es su madre, y “empezó a preguntar”. Estuvo “dos meses o tres solo en el Sáhara”. La primera vez le “timaron”, pero se encontró con unos conocidos que “le hicieron el favor” y pudo subir a la lancha hinchable “sin pagar casi nada, muy barato”. Recuerda que salió el 14 de mayo de 2019 a las 6:00 de la mañana. Estuvo “un día y una noche en el mar, unas veinte horas” en una “barca pequeña de plástico”. Describe que en la patera iban junto a él “más de 50 personas, uno encima del otro”.

Cuatro de los jóvenes que duermen en Katakrak, que llegaron a España "por la ruta del mar" o Turquía

Una vez pisó Gran Canaria, pasó allí semana y media para “reponerse un poco” y compró un billete de avión a Madrid. Younes pudo embarcar “solo con el billete, sin pasaporte y sin DNI. Solo con el QR...”. Admite que tuvo suerte, ya que si lo paraban lo hubieran vuelto a deportar.

Permaneció un tiempo en Madrid, luego fue Valladolid y acabó en Soria. Allí “una amiga” le recomiendó solicitar “los papeles de protección internacional”, ya que, tendría derecho a acogida, asistencia sanitaria, jurídica y a trabajar mientras la petición estuviera en trámite.

Se trata de proceso que puede prolongar en el tiempo, como fue el caso de Younes, que durante cuatro años pudo hacer prácticas al finalizar un curso de Administración y vender cupones de la ONCE. Sin embargo, al ser denegada la solicitud el año pasado, fue considerado “irregular” y perdió el trabajo. “Tenía donde dormir, tenía un coche pequeño... y perdí todo”: relataba Younes con frustración. En Pamplona cerca de 200 personas viven en la calle , de los que la gran mayoría migrantes. Distintos colectivos sociales denuncian que se tratra de personas que “quieren trabajar, pero que la ley de Extranjería se lo impide”.

Susana Cañete, que conoce a muchos jóvenes inmigrantes en la situación de Younes, explica que “con el nuevo reglamento empiezan de cero”. “Antes, cuando te lo denegaban, al menos contaban el tiempo de estancia”, explica. Sin embargo, en la actualidad, “aunque lleves aquí seis años viviendo y trabajando, no te cuenta nada”. Además, “para pedir el arraigo de formación o laboral hay que esperar dos años, y la respuesta puede tardar un tercero”. En el caso de Younes “el proceso serian nueve años”.

Con este panorama, Younes cogió el primer autobús que encontró en la estación de Soria, sin saber el rumbo, y “acabó en el norte”. Llegó a Pamplona el pasado octubre y estuvo pernoctando en la estación de autobuses. Fue allí donde una noche le robaron la mochila con sus pertenencias. “Tenía toda mi vida, también los títulos homologados de Marruecos, como el bachillerato”, cuenta el joven resignado. Además, la Policía lo despertaba “muchas madrugadas” para que no durmiera en el recinto. Intentando resguardarse del frio conoció a más jóvenes en su situación y le hablaron del convento de Aranzadi, que se convirtió en su refugio hasta que pudo entrar a comienzos del mes en Katakrak.

Susana y Younes charlando frente a la librería Katakrak

El 7 de enero, en plena ola de frío con temperaturas que rozaban de noche los cnco grados bajo cero en Pamplona, el Ayuntamiento, que está gobernado por EH Bildu en coalición con Geroa Bai y Contigo/Zurekin, anunció un aumento de los recursos municipales para las personas sin hogar. El concejal delegado de Acción Social, Txema Mauleón, anunció que el Consistorio disponía de 205 plazas repartidas entre el albergue de Trinitarios y viviendas municipales —según añadió, el “triple” de las que se tenían hace dos años—. Frente a las críticas de los colectivos sociales, defendió que se estaba “haciendo un esfuerzo muy importante”.

Sin embargo, los miembros de los colectivos lo consideran insuficiente y denuncian que “no han obtenido una respuesta” real por parte de las intituciones, a pesar de que, según ellos, “llevan dialogando años con el Ayuntamiento”, explica Susana Cañete. “Desde los gobiernos regionales y locales solo se aplican políticas de expulsión, aquí y en el resto de España, sean de izquierdas o de derechas”, opina. Protestan, sobre todo, con las dificultades para “dotarles de padrón”, al que “tienen derecho” porque “son seres humanos y vecinos de la ciudad”.

Dar Etxea, un proyecto político más allá que caritativo

Desde Dar Etxea confiesan que “ha sido muy dificil selecionar a las personas” a las que acoger en el local cultural. “Uno de los criterios ha sido que ellos tuvieran implicación política”, explica Susana. “Para nosotros no es un proyecto meramente asistencial, sino de solidaridad frente a una desigualdad social”, indican.

La iniciativa 'Negu Gorriak/Derecho a Techo' realmente surgió el año pasado, siendo ésta su segunda edición, aunque esta campaña “ha sido más conocida y mediática”. Su impulsora, el colectivo Dar Etxea, surgió el año pasado “cuando un grupo de afinidad (personas cercanas y concienciadas con la problemática) decidió organizarse y dar respuesta a la situación de personas migrantes que estaban durmiendo en la calle”, describe Susana, una de sus miembros.

En ese primer momento, consiguieron locales cedidos (como 'Bakearen Etxea' o la sede de CGT) que pudieron dar cobijo a 22 personas. Después se unió Katakrak, que les ofreció sus instalaciones mes y medio. Este año “se han juntado Dar Etxea y Katakrak y participan personas de otros colectivos, como CGT y Haritu, dando lugar a esta campaña ”más pública y visible“.

Los 16 jóvenes que pernoctan en Katakrak habilitando el salón de actos para colocar los colchones

Además, estos tres colectivos gestionan tres comedores sociales, en los que participan como voluntarios algunos de los “chicos y chicas que estuvieron en el proyecto el año pasado”. Por ello, Susana incide en que el poyecto último de Dar Etxea es alcanzar una “sociedad justa” en los que todos colaboren como “agentes políticos”.

Younes, a lo largo del día, ayuda a otros jóvenes magrebíes a aprender castellano y los acompaña al Ayuntamiento o el centro médico para intentar regularizar su situación. Susana insiste que “el fin último del proyecto es que, las 16 personas que pasan aquí las noches, salgan iniciando los circuitos de ciudadanía”, consiguiendo que todos ellos “sean parte del proyecto y sigan constuyendo el proyecto político”.

Dos inmigrantes que colaboran en el proyecto Dar Etxea preparando la mesa en Matalaz, uno de los comedores que gestiona el colectivo

“Hay un implicación política en el comedor porque entre todos” colaboran para cambiar y dar solución a los problemas “derivados de la marginalidad”, fruto, según coletivo, de “políticas racistas”. “Nuestro proyecto busca redistribuir la riqueza para que todas las personas puedan vivir con dignidad e igualdad de condiciones”, reitera Susana.

“Tenerlos en casa ha sido una experiencia maravillosa”

Susana ha tardado en desvelar que ha acogido en distintas temporadas a tres magrebiés en su propia casa, a los que considera “miembros de su familia”. “Me da miedo decirlo por si se creen que estoy loca”, desliza la mujer tímidamente. Algunos miembros de Dar Etxea “abrieron sus casas el año pasado”. Susana lo describe como “una experiencia maravillosa”, pues “le han ayudado en todo”, además de “ser un regalo para sus hijos [de 9 y 4 años], que han podido conocer a personas de otras culturas y aprendido de ellos”.

Susana asegura que ,“lejos de los prejuicios racistas y de inseguridad”, ve personas que “luchan por su proyecto vital y que están sufriendo”. Recuerda que en su casa vivió durante ocho meses un joven que llegó a España por “la ruta turca” y, “en la frontera de Serbia, los antidisturbios le soltaron los perros”. “Estuvo a punto de perder la mano”, dice. A este mismo joven, “le abrieron la cabeza con la culata de un rifle”, continúa Susana, aunque no recuerda si este último episodio ocurrió en la frontera de Bulgaria o en Hungría, un país muy hostil con la inmigración.

Además, la miembro de Dar Etxea ha recalcado que “la calle genera problemas de salud mental” y que ve día a día “cómo la gente se deteriora” tras una temporada viviendo a la intemperie. “Tuve un chico en casa que se despertaba a las noches gritando”, asegura Susana, e incide que, “si se quiere seguridad”, lo verdaderamente importante es “dar las condiciones para una vida digna”, ya que “entonces nadie tendría que delinquir” para buscarse la vida. “No existe el gen del robo, es la pobreza”.

Susana y Younes en Matalaz, uno de los comedores sociales que gestiona Dar Etxea, junto a otros inmigrantes

Susana también “vivió unos años en Marruecos”, una experiencia que ha marcado su lucha contra “los prejuicios que sufre la población magrebí” y que le permite ayudarles, además, “con sus pequeños conocimientos de árabe”. “Intento devolver a la vida lo que yo también recibí de Marruecos”, señala.

Según cuenta, muchos de los jóvenes que llegan del Magreb “tienen una obsesión con los cursos”. “Hay chicos en la calle que se despiertan a las siete de la mañana y van sin desayunar” a centros como el José María Iribarren (Centro Público de Educación de Personas Adultas) o la UNED. También Younes conoce a “muchos chavales que vienen con carreras y másteres”, y que“buscan [en España] un futuro mejor”. “Nadie ha venido aquí o a cobrar ayudas, sino a mejorar nuestra vida”, concluye.

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