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La vida no da: por qué tantos padres y madres sienten que no llegan ni en casa ni en el trabajo

7 de noviembre de 2026 22:41 h

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Hace pocas semanas, Georgie Dent, directora ejecutiva de la organización australiana The Parenthood, se hizo viral con un discurso sobre lo difícil que resulta criar a los hijos en una sociedad que parece haber olvidado que existen. Los hijos, digo. O que existen sus padres, que también podría ser. Dent es madre de tres criaturas y se dedica, desde hace ya varios años, a defender políticas públicas que mejoren la vida de las familias. Una semana después de dar su discurso, en una entrevista, explicaba que seguimos organizando el trabajo y los cuidados a partir de un modelo de sociedad en el que los hombres se encargaban de ganar dinero y las mujeres de todo lo demás. El modelo ha cambiado, al menos sobre el papel, pero sus estructuras permanecen. 

Lo que cuenta Dent me interesa personal y profesionalmente: soy periodista, madre de dos y dirijo una revista cultural que pone el foco en lo materno. Esta combinación debería haberme proporcionado, en teoría, alguna ventaja para comprender cómo funciona todo esto y, quién sabe, incluso para organizarme mejor, pero no. Me empapo de estudios, estadísticas, discursos sobre corresponsabilidad, recomendaciones para mejorar la conciliación, pero sigo sin entender cómo se supone que una persona puede trabajar ocho horas al día, criar a sus hijos, atender su casa, tener vida social, dormir, cuidar su salud física y mental y, ya puestas, cultivar alguna afición y hacer algo con su tiempo que no sea mirar la pantalla del móvil mientras espera que termine alguna extraescolar. 

En 2017, cuando mi hija tenía siete años y mi hijo dos, empecé a imaginar MaMagazine. No me reconocía en los relatos sobre la maternidad que encontraba en los medios, los libros, las películas. La mayoría de ellos, los mainstream, estaban bastante polarizados: presentaban a las madres como mujeres extraordinariamente realizadas o extraordinariamente sacrificadas; blancos o negros, cuando para mí la realidad se extendía a lo largo de una inmensa gama de grises.

Trabajaba por cuenta ajena y dedicaba a aquel incipiente proyecto las horas que conseguía arañar a mis obligaciones laborales y familiares. En 2021, después de la pandemia y del fallecimiento de mi madre, decidí hacerme autónoma y cumplir mi sueño profesional, que era tener una revista cultural en papel. Con el tiempo se convirtió, además, en la manera más luminosa de gestionar el duelo materno. A mi entorno no le parecía la decisión económica más sensata. Publicar revistas en papel tampoco suele figurar entre las recomendaciones para hacerse rico, pero al menos podía decidir a qué hora cerraba el ordenador para recoger a mis hijos. 

Me empapo de estudios, estadísticas, discursos sobre corresponsabilidad y conciliación, pero sigo sin entender cómo se supone que una persona puede trabajar ocho horas al día, criar a sus hijos, atender su casa, tener vida social, dormir, cuidar su salud física y mental

Desde que soy madre, todas mis decisiones profesionales han estado condicionadas por una cuestión bastante elemental: tener tiempo para ellos. No quería que sus tardes transcurrieran encadenando extraescolares hasta la hora de la cena ni delegar sistemáticamente su crianza en otras personas. He elegido trabajos peor remunerados porque me permitían estar más presente. He reducido jornadas y he solicitado excedencias. También he trabajado en puestos envidiablemente pagados, pero cuanto más dinero ganaba, más crecía la presión —incluso el maltrato— y menos horas veía a mis hijos.

Acabé tomando pastillas para controlar la ansiedad. Periódicamente, terminaba mis tardes en Urgencias con dolor en el pecho y sintiéndome mal por no poder coger días para poder cuidar a mi padre, enfermo y en otra ciudad, durante los últimos meses de su vida. Sé que no hace falta ser una pionera del pensamiento contemporáneo para descubrir que trabajar hasta el agotamiento, cobrar un buen sueldo y no tener tiempo para los tuyos no es precisamente una buena idea, pero a mí me llevó algún tiempo y muchas lágrimas asumir que mis prioridades no tenían por qué coincidir con las de una empresa.

No siempre fui yo quien decidió. Cuando, después de un tiempo de excedencia para cuidar a mi hija en su primer año de vida, quise reincorporarme al sector en el que había trabajado, la industria musical, me vi expulsada del mismo. En un estudio de grabación consideraron que mi currículum era el mejor, pero había un pequeño inconveniente: tenía una hija a punto de entrar en la escuelita. Mis conocimientos y mi trayectoria profesional eran estupendos, pero no podían competir con la posibilidad de que una niña tuviera fiebre.

En otra entrevista, la directora de una oficina de management, que me había visto trabajar incansablemente durante las giras, incluso estando embarazada, me preguntó: “¿Y no preferirías quedarte en casa con tu hija?”. Una pregunta curiosa, especialmente viniendo de alguien que conocía perfectamente mi capacidad de trabajo. No recuerdo haber escuchado jamás que le hicieran esa pregunta a un hombre que acababa de ser padre. Quizá porque a los hombres se les presupone una vocación profesional que las mujeres debemos demostrar periódicamente, como si la maternidad pudiera hacernos olvidar de pronto todo lo que sabemos hacer.

Desde que soy madre, todas mis decisiones profesionales han estado condicionadas por una cuestión bastante elemental: tener tiempo para ellos

Años después, cuando se habla de las renuncias profesionales de las madres, sigo pensando en aquellas entrevistas. Nos gusta creer que las mujeres elegimos entre nuestra carrera y nuestros hijos, pero no estaría de más preguntarse cuántas veces esa elección se produce realmente en condiciones de libertad y, sobre todo, quién puede permitirse elegir. Georgie Dent señala que vivimos en una economía en la que la inmensa mayoría de los hogares con hijos necesitan que ambos progenitores trabajen, no porque aspiren a prosperar o quieran permitirse grandes lujos, sino, simplemente, para llegar a fin de mes. Hemos pasado de un modelo familiar construido en torno a un salario y a una persona dedicada a los cuidados a otro en el que ambos adultos necesitan ingresos, pero seguimos sin haber resuelto quién va a cuidar mientras ambos trabajan. 

En España, según la Encuesta de Población Activa de 2025, el 82,1% de los hombres con responsabilidades de cuidado no había realizado ningún cambio laboral, frente al 67,9% de las mujeres. En cuanto al principal cambio realizado, la mayor diferencia se dio en la reducción del tiempo de trabajo: 8,3% para las mujeres frente a 0,8% para los hombres. Y de las 54.639 excedencias por cuidado familiar registradas por la Seguridad Social en 2025, el 83,1% correspondieron a mujeres.

No hace falta buscar demasiado para entender por qué las mujeres cobramos menos, tenemos pensiones inferiores o encontramos más dificultades para desarrollar una carrera profesional. España ha avanzado en derechos, con permisos por nacimiento y cuidado de diecinueve semanas por progenitor, aunque nuestras criaturas tienen la costumbre de seguir necesitando cuidados cuando estos se terminan. Crecen, empiezan el colegio, enferman, tienen vacaciones y necesitan que alguien los acompañe al médico.

Dent menciona un estudio australiano que calcula en 814 horas anuales la diferencia entre el horario escolar y el laboral para una familia con hijos en primaria en la que ambos progenitores trabajan a tiempo completo. No es un dato español, pero el problema nos resulta reconocible. La conciliación consiste, en buena medida, en resolver esa incompatibilidad sin molestar demasiado a nadie y procurando que tampoco se note que estamos al borde de un ataque de nervios.

Hemos pasado de un modelo familiar construido en torno a un salario y a una persona dedicada a los cuidados a otro en el que ambos adultos necesitan ingresos, pero seguimos sin haber resuelto quién va a cuidar mientras ambos trabajan

Soy madre separada y trabajo por cuenta propia desde casa, lo que me permite organizarme cuando alguno de mis hijos necesita que esté disponible. Es una ventaja indiscutible, aunque tiene una letra pequeña que nunca aparece en los discursos sobre el emprendimiento: puedo estar en casa toda la tarde y pasar buena parte de ella delante del ordenador. Puedo cerrar el ordenador un viernes y volver a abrirlo un domingo, cuando quizá preferiríamos ir al cine. A veces tengo la impresión de que he conseguido conciliar el trabajo con la maternidad a fuerza de eliminar cualquier frontera entre ambos.

Tampoco cuento con esa familia extensa que suele aparecer en las conversaciones sobre conciliación, como si todos tuviéramos unos abuelos saludables, jubilados y encantados de convertirse en el servicio de emergencias de nuestros hijos. Mis padres murieron; vivo lejos de mi ciudad natal y mi red de apoyo está formada principalmente por amigas y otras familias con las que compartimos cuidados y tiempo de ocio. Se repite mucho que hace falta una tribu para criar a un niño, pero creo que hemos terminado utilizando esa expresión para ahorrarnos una conversación bastante menos poética sobre la responsabilidad del Estado.

Y luego está la corresponsabilidad, una palabra que hemos incorporado al vocabulario familiar con bastante más entusiasmo que a la organización doméstica. La corresponsabilidad no consiste en ayudar a una mujer con unas obligaciones que previamente hemos decidido que le pertenecen, sino en asumir que son compartidas. Y eso incluye las consecuencias profesionales y económicas de cuidar, porque compartir el baño de los niños está muy bien, pero compartir las renuncias sería bastante más revolucionario.

A veces tengo la impresión de que he conseguido conciliar el trabajo con la maternidad a fuerza de eliminar cualquier frontera entre ambos

De todas las reflexiones de Dent, la que me parece especialmente importante para entender por qué su discurso ha conectado con tantas familias es la que explica a los padres y las madres que, si sienten que la vida se ha vuelto abrumadoramente difícil, incluso para hacer algo tan elemental como salir adelante, existe una razón perfectamente válida para ello. No habla de decisiones individuales ni de supuestas carencias personales, sino de las condiciones en las que nos piden que criemos y mantengamos a nuestros hijos. 

Llevo años leyendo y escribiendo sobre maternidad, y he aprendido que la vida está llena de contradicciones. Quiero estar con mis hijos y también quiero trabajar. He tomado decisiones que me han hecho ganar tiempo y perder dinero, y otras que me han permitido ganar dinero a costa de perder tiempo. No siempre he acertado, pero lucho a diario para dejar atrás las culpas que no son mías, porque una cosa es asumir la responsabilidad de la vida que hemos elegido y otra aceptar que todos nuestros problemas son consecuencia de nuestra incapacidad para resolverlos.

No estamos pidiendo una vida perfecta, ni siquiera una vida especialmente cómoda. Como dice Dent: “Criar a los hijos siempre exigirá tiempo, dinero, paciencia y renuncias. Pero existe una diferencia entre el esfuerzo inherente a la crianza y las dificultades innecesarias que generan unos sistemas diseñados para otra época. A los padres y las madres que me escucháis hoy: sé lo que es aparentar que puedes con todo mientras te sientes completamente desbordada. Amar profundamente a tus hijos y, aun así, tener dificultades para conseguir que todo funcione. Que os cueste salir adelante en estas condiciones no significa que estéis fracasando. Ningún padre ni ninguna madre puede solucionar la falta de servicios de cuidado infantil a base de meditación. Ni resolver los problemas económicos derivados del coste de la vivienda planificando las comidas de la semana. Ni gestionar su tiempo de tal manera que el día tenga veinticinco horas”.