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Mujer y ya es bastante

Ser feminista, participar en una huelga si se puede o se quiere, o asistir a una manifestación, no es considerarse superior al hombre. Feminismo no es una palabra peligrosa.

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Supe lo que era una huelga cuando un jornalero se encerró en la iglesia de mi pueblo para reclamar una subida salarial en la campaña de recogida de la aceituna de aquel invierno. No recuerdo cuándo fue. Yo debía tener doce o trece años.

Por aquel entonces, me llamaba mucho la atención observar cada mañana a centenares de hombres tan seguros de sí mismos caminar y recorrer nuestras calles y plazas a sus anchas en lugar de recolectar nuestro fruto más preciado. Mientras tanto las mujeres trabajadoras que también vivían del olivar permanecían en casa sin rechistar.

Pregunté a una de las vecinas del barrio por qué no se sumaba a la huelga o por qué no participaba en las concentraciones y manifestaciones que se repetían esos días en el pueblo. "No es lo mismo, eso es cosa de hombres", respondió muy seria.

Nunca entendí las diferencias que existían entre los jornaleros y las jornaleras de aquella época y qué quería decir mi vecina con ese argumento tan poco convincente para mí, con ese rotundo "no es lo mismo". No comprendía por qué aquellas mujeres no salían a la calle para protestar y reclamar sus derechos ante una situación especialmente injusta y difícil para ellas.

Injusta y difícil porque, entre otras cosas, cuando terminaba el tiempo de recolección, muchos de los hombres que habían sacudido los árboles con la vara mientras ellas permanecían agachadas en el suelo para recoger las aceitunas, encontraban con más facilidad un nuevo modo de sobrevivir.

Reparaban tuberías y cortaban fugas de agua, se subían al andamio de alguna obra, arreglaban tejados, instalaban equipos de aire acondicionado en la vivienda de algún conocido y servían refrescos en los bares de la Plaza de los Naranjos, la más popular y concurrida de la zona.

Ellas, las jornaleras, las que no se habían acogido a uno de sus derechos fundamentales por no poder afrontar el descuento salarial, tener miedo a sufrir represalias o simplemente sentir vergüenza, regresaban a casa para ocuparse de su familia y su entorno más cercano.

Daba la sensación de que nadie tenía grandes planes para ellas. Coser, adecentar el "hogar", encalar la fachada de la casa y esperar la llegada de la próxima campaña, una campaña que aunque cueste creerlo, solo aceptaba el trabajo de la mujer en el campo si iba acompañada por un hombre.

Con el tiempo, muchas de esas mujeres han alzado la voz para defender sus propios intereses, compartir sus experiencias, denunciar los distintos tipos de violencia que sufren y luchar por alcanzar la igualdad de género real que tanto anhelan. A veces, cuando regreso a mi pueblo, noto que algo ha cambiado, que algunas de esas mujeres del campo, como mi abuela, se sienten más libres y han encontrado de alguna manera una identidad propia.

Pero como ella dice, "conviene no bajar la guardia, quedan muchos flecos sueltos". Ser feminista, participar en una huelga si se puede o se quiere, o asistir a una manifestación, no es considerarse superior al hombre. Feminismo no es una palabra peligrosa.

Estos días, pienso mucho en Ángela Figuera (Bilbao, 1902 - Madrid, 1984), una poeta de la posguerra para quien tampoco nadie tuvo grandes planes. Aún así consiguió estudiar una carrera, tener un trabajo y acceder a la cultura y a los libros. Una mujer sincera, antifranquista y defensora del papel social de la mujer. "No quiero que me tapen la boca/ cuando digo NO QUIERO", gritaba y escribía en mayúsculas en uno de sus poemas recogido en su primer libro 'Mujer de barro' en 1948.

Y pienso también en Gloria Fuertes (Madrid, 1917-1998), la mujer que no quiso ser ni niñera ni modista como su madre y se matriculó en Gramática y Literatura a pesar de que su propia familia nunca entendiera su amor por el deporte y la escritura.

Ella lo tuvo claro y creo que, de alguna manera, todos lo tenemos también. "Soy solo una mujer y ya es bastante", decía Gloria.

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