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El mundo rural silencia la violencia machista

Las mujeres que se enfrentan al drama de la violencia de género en el medio rural se encuentran con muchas más trabas para poder salir de ese infierno: menos información, más presión, control y miedo a la hora de denunciar y peor acceso a los recursos disponibles.

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La violencia machista en el mundo rural pasa más desapercibida que en las grandes ciudades.

Si la violencia de género ya es una condena, sufrirla en un pueblo la multiplica. En el entorno rural, hay una mayor presión sobre las mujeres para ocultar el maltrato que viven, al ser un medio más cerrado, donde, paradójicamente, las estrechas relaciones de vecindad lejos de ayudar suponen más estrés, vergüenza y sufrimiento. Algo que, por el contario, no ocurre con los agresores. En esas condiciones, las mujeres que sufren el maltrato sienten que hacerlo público afectaría al entorno, especialmente a la familia. El mayor aislamiento con relación a los recursos de atención es otra traba a salvar.

La Diputación de Bizkaia se ha acercado a estar realidad por medio de un estudio encargado a la Asociación pro Derechos Humanos Argituz, que ha analizado y evaluado los recursos públicos de atención y protección frente a la violencia machista que existe en el entorno rural del territorio. La investigación ha sido un canal para la expresión de las necesidades, demandas y opiniones de mujeres que han sobrevivido a estos abusos y que residen en pequeños municipios o en caseríos de Bizkaia. La búsqueda de sus testimonios ha sido el fin primordial del trabajo y sus relatos constituyen el eje central de este informe.

En total, han sido 26 las mujeres entrevistadas. Su edad oscila entre los 21 años de la más joven a los 69 años de la mayor. La franja de edad mayoritaria es la de 30 a 49 años. Según el nivel educativo, 13 mujeres poseen estudios de enseñanza primaria; ocho cuentan con formación secundaria y cinco han realizado estudios universitarios. La gran mayoría (19) desempeña una ocupación laboral; cuatro están desempleadas; una es estudiante universitaria y dos se han jubilado. Aunque 10 de las mujeres entrevistadas dicen que llegan a fin de mes por sí mismas, la mayoría vive situaciones de dificultad económica: 16 reconocen que sus ingresos mensuales no les alcanzan para afrontar los gastos ordinarios, incluido el sostenimiento de los hijos e hijas a su cargo. Y 11 de estas 16 dicen llegar a fin de mes con ayuda, bien ayudas sociales o, sobre todo, familiares. Y las cinco restantes afirman que no llegan a fin de mes y que afrontan dichos gastos con dificultad.

Hasta aquí el perfil. Los relatos de estas víctimas de la violencia machista evidencian que los mandatos de género han sido ingredientes fundamentales en la constitución de las relaciones violentas. “En un entorno cercano, en el que todo el mundo se conoce, la vigilancia social sobre el cumplimiento de los roles y las expectativas relacionadas con la familia y las relaciones amorosas es más estrecho”, apunta el informe. En este sentido, el testimonio de una mujer de 40 años que reconoce que se emparejó con quien fue su agresor debido, en gran parte, a la presión social de un entorno pequeño, que recuerda a diario que las mujeres “tienen” que emparejarse para ganar valor social”. “Ahí se nota una presión, parece que no, pero yo la notaba, porque la gente te pregunta: y tú ¿cuándo te vas a casar? ¿No tienes novio? Yo no sé si eso en las ciudades pasa, pero aquí sí y yo sentía esa presión”.

La visión de la familia

En sus testimonios queda claro que en el entorno rural o de caserío está muy presente un mandato de género aliado de la violencia contra las mujeres: la visión de la familia como el bien supremo a preservar. Según este enfoque, las mujeres y sus necesidades aparecen subordinadas a un interés superior, el de la unidad de la familia y sus componentes principales: marido, hijos e hijas...Una mujer de 52 años, con estudios universitarios y un trabajo bien remunerado como profesora, recuerda en qué medida este mandato impactó en su vida. “Nacida y criada en caserío, aunque tengo estudios, fui educada ‘para la familia’. He tenido que hacerme cargo de la familia por obligación, era mi deber. Mis padres me solían decir ‘cada uno elige su cruz, y cada uno ha de seguir adelante con ella’. En mi matrimonio han existido capítulos muy duros y he seguido adelante sin decírselo a nadie, porque lo más importante era la familia, tenía que seguir llevando la cruz. Mi máxima preocupación era romper la familia, disgustar a mis padres...”.

Entre las mujeres entrevistadas destacan los testimonios de aquellas que, tras casarse o emparejarse, se trasladaron a vivir al pueblo de quien sería su agresor. “Lo cual conlleva elementos adicionales de control patriarcal y barreras añadidas para la salida de la relación violenta”, explican los expertos. Como ejemplo, una mujer de 30 años recuerda que su expareja, al poco tiempo de emparejarse, insistió en trasladarse a vivir a su pueblo de origen, donde residía también su familia. Así, relata la falta de libertad con la que vivió ese tiempo y el sentimiento de vergüenza ante la reacción del vecindario, que conocía la relación violenta: “Yo no quería que me siguieran mirando cómo me miraban. Me sentía mal por los vecinos, porque allí conocen a toda su familia: son todos de allí. Sus padres vivían al lado, la gente conoce a sus padres, sus padres cuentan una cosa...sientes tanta vergüenza...luego, igual es paranoia tuya, porque estás todo el día: y este me mira, y nos habrán oído... y al final es un cúmulo de cosas que al final te hacen agachar la cabeza para hacer todo.Se pasa mal, yo lo pasé muy mal”.

El entorno rural es un ámbito de control social primario, en el que todo el mundo conoce lo que pasa en el vecindario. Pero ese control, y esa cercanía de relaciones, “lejos de ayudar a las mujeres que viven relaciones de violencia, es una fuente añadida de problemas”. “Las mujeres que vivimos en localidades pequeñas”, narra una de las víctimas, “también tenemos que hacer frente ‘al qué dirán’. Siempre estamos mirando lo que puedan estar pensando los de alrededor. Te crees que todo el mundo está hablando sobre ti. En mi caso, además, él era muy conocido, llevábamos muchos años casados...Todo eso va en paralelo con el proceso judicial, te sientes cuestionada”.

“Estás tú y solo tú”

Otra mujer entrevistada, profesora de inglés de 48 años, abunda en la aparente contradicción de sentirse sola, pese a la cercanía que existe en las relaciones de quienes residen en los pueblos. “Estás tú y solo tú, y nadie más. La gente, todos ‘no a la violencia de género’, pero tú, ahí te quedas, somos así. La gente no te decía nada, no te preguntaba cómo estás, nada. No sé por qué, ni sé..., y, llegado ya este punto, ni me importa”.

En ocasiones, ese entorno incluso llega a culpabilizar a la propia víctima de la situación que sufre. Una de las mujeres entrevistadas recuerda cómo ante el acoso al que le sometía el agresor la dueña del comercio en el que trabajaba decidió despedirle para terminar con situaciones “incómodas para su negocio”. “Me echaron de la floristería a cuenta de que él me acosaba, venga a llamar por teléfono. Entonces mi jefa me dijo: entiendo tu situación pero esto es una floristería...yo no puedo...él se presentaba en la floristería...al lado había un bar, y amenazaba a todos los chicos del bar...Entonces, al final, me echaron y me quedé en el paro...bueno, yo en la floristería estaba sin contrato. Entonces, me quedé con una mano delante y otra detrás”.

El entorno rural cuenta con unas formas de violencia específicas, que los agresores utilizan contra sus víctimas y que parecen quedar en la impunidad porque no se relacionan con la violencia machista. En este sentido, destaca el relato de una mujer de 57 años, que regenta una quesería en un caserío aislado, y que describe una forma de violencia económica propia de las economías rurales no visibilizada ni perseguida. Su expareja la emprendió contra sus animales. Le mató tres perros y varias cabras, pero el agresor nunca fue sancionado por ello. “Tuvimos otro juicio también cuando mató a las cabra. La juez me preguntaba : ‘pero, ¿qué pide usted?, ¿cabras?’. Yo solo quería que tuvieran en cuenta que es una persona peligrosa, solo pido justicia. He tenido que poner un sistema de alarma alrededor de la casa, cierro con llave, meto a los perros…”.

Y al final del camino, la recuperación. Si es que llega. “Las agresiones psicológicas sólo dejan huella con el tiempo, mientras tanto es como si te fueras quemando viva por dentro. Afuera apenas se nota que algo pasa hasta que te hundes”, describe una víctima. Salir de ese círculo de maltrato tampoco es fácil, y volver a encontrar la imagen que se ha dejado en el camino de los malos tratos tampoco es fácil. “Y, a veces, se pierde el camino hacia tu propio reflejo, terminas ausente de ti misma, enajenada. Recuperar la dignidad se vuelve una tarea diaria, recoger los pedazos que has dejado esparcidos por dónde has caminado y, lentamente, volver a unirlos”.

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