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Lo que de lejos parece, de cerca lo es

Europa, como institución, ha sido la gran perjudicada de la crisis política. La impugnación hacia el sistema político ha sido especialmente beligerante con Europa

Hemiciclo del Parlamento Europeo

Hemiciclo del Parlamento Europeo.

El próximo domingo se celebrarán unas elecciones que no diré que sean clandestinas, pero sí poco atractivas. Son las elecciones al Parlamento Europeo que eligen a 751 diputados en 28 países.  En las celebradas hace cinco años participó un 45% de la ciudadanía española con derecho a voto. Hace veinte días, en las Elecciones Generales participó el 76%. En esta ocasión, al coincidir con procesos propios habrá más participación, pero nadie duda del escaso interés que provocan las elecciones europeas. No sólo en España sino en toda Europa.

La duda es si ese escaso interés es porque es algo lejano o porque realmente no son importantes. Desde mi punto de vista, el Parlamento Europeo es una cámara muy poco operativa. Con escasa capacidad de decisión para su alta legitimidad democrática, dado que es elegida directamente por el conjunto de los ciudadanos europeos. Sus competencias son compartidas con el Consejo Europeo o la Comisión Europea. El mecanismo de control parlamentario es muy relajado. Además, hace falta ser un verdadero experto en derecho comunitario para entender algunos de sus procedimientos reglados.

Pero quizás la complejidad de la institución parlamentaria no sea el menor de sus problemas. Europa, como institución, ha sido la gran perjudicada de la crisis política. La impugnación hacia el sistema político ha sido especialmente beligerante con Europa. Las instituciones europeas con su imagen acartonada, muy burocrática, se alejan de la ciudadanía.  El proyecto europeo ha pagado los platos rotos de los desastres de la globalización.

El populismo ha encontrado un buen caldo de cultivo en las propuestas de renacionalización de las políticas. Bajo el simple argumento de que los problemas vienen de fuera. El Bréxit es una prueba elocuente, pero no el único caso, de euroescepticismo.

Si en la pasada campaña electoral de las Generales nadie quiso hablar de ecología; hoy, en la presente campaña, nadie quiere hablar de Europa. Los estrategas de las campañas entienden que hablar del Parlamento Europeo es como vender un peine a un calvo.

Podemos darnos golpes en el pecho y proclamar la importancia del proyecto europeo como instrumento fundamental para la geoestrategia en el mundo. También proclamar el proyecto europeo como modelo social europeo, como ejemplo para el planeta.  Pero por mucho que así sea, las cosas no se ven así.

Se necesita un giro drástico en la política europea, tan necesaria como ineficiente. Y para muestra un botón. Hace unos meses, julio-agosto del año pasado, la ciudadanía europea, después de un proceloso trámite, estaba convocada a una consulta sobre la conveniencia de acabar con los cambios de hora en invierno y verano. Participaron casi 5 millones de europeos; de ellos, un 84% se manifestaron a favor de acabar con el cambio de hora. En España, el 93% votó a favor de eliminar los cambios de hora. Sin embargo, a pesar de esta soberana opinión ciudadana todo sigue igual por mor de los respectivos tecnócratas de cada país. Si a algo tan sencillo y banal no se le hace el menor caso, como para creer en el poder de la ciudadanía europea.

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