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¡Aupa, Jonan! Sobre “conflicto”, “paz” y los olvidos de siempre

El Estado, muy mal; el Gobierno vasco, qué va a hacer el pobre si es que no le deja el malo del Estado; la “izquierda abertzale”, algo de autocrítica tendrá que hacer, aunque, lógicamente, después de casi cuarenta años… ha decidido dejarlo para después de las elecciones. Las víctimas… las víctimas ¿qué víctimas? ¿las hay?

Este puede ser el resumen del artículo que, para mayor gloria de Jonan Fernández y el actual Gobierno vasco, publicó en este diario Pilar Eirene de Prada. Tiene una primera parte en la que, entre magníficos deseos de una paz constructiva, para todos, amable y chachi, cuela ya algunos considerandos, como si fueran por sí mismos ciertos, cuando son el asunto precisamente sobre el que debería, creo, discutirse. Ahí está, ya en la primera frase, el sintagma que hace las delicias del análisis nacionalista vasco (en general, radical o no): “el conflicto vasco”, el que está en la raíz de la “violencia” y la explica hasta el punto de que su cese lo que abre, según este artículo, es la necesidad de resolver ese “conflicto”.

Por supuesto en este texto, como suele ser norma, el “conflicto” explica la existencia del terrorismo sin que haya necesidad de que se explique él mismo, para empezar. No importa, porque la virtualidad del “conflicto” no es dar razón de sí mismo (se partiría todo el mundo de la risa si se verbalizara: es el poco éxito que ha tenido tradicionalmente la opción independentista en el área que reclama como nación, Euskadi, Navarra y parte del departamento de Pirineos Atlánticos en la República francesa); la razón del “conflicto” es fundamentar el terrorismo, darle sentido histórico: existe éste –el terrorismo- porque aquél –el conflicto- no se solucionó bien (es decir, a satisfacción de una ideología nacionalista vasca).

Sazónese este argumento con algo de Guerra Civil y represión franquista y ya está listo para servir. Si algún comensal no traga y argumenta que Guerra Civil y represión franquista hubo –mucha más de ambas- en otras zonas de España, en Sevilla, por ejemplo, y no hubo terrorismo contéstese que el “conflicto” tiene que ver con la represión nacional. Si las tragaderas siguen sin abrirse y se responde que para represión nacional la de Cataluña, por ejemplo, y allí tampoco hubo terrorismo, dígase de plano que es que no se entiende nada, que no hay voluntad constructiva y que así es que no se puede solucionar el “conflicto”.

El Estado, muy mal; el Gobierno vasco, qué va a hacer el pobre si es que no le deja el malo del Estado; la “izquierda abertzale”, algo de autocrítica tendrá que hacer, aunque, lógicamente, después de casi cuarenta años…

Admitido el “conflicto” como base de explicación de la “violencia” (es decir, el terrorismo de ETA), el siguiente paso es exigir al Estado que, como ETA ya ha anunciado que deja de practicar la “violencia”, debe atender al “conflicto”. Hasta ahora, afirma la autora, lo único que ha hecho este Leviatán español es inventar un derecho penal específico contra ETA, negar el conflicto y disponer una policía que, lejos de combatir “de forma razonable” (sic) al terrorismo, lo ha hecho como si de una guerra particular se tratara. No invento nada, se lo aseguro.

Es esta la segunda parte del catón de todo buen discurso generado a la sombra del nacionalismo vasco, radical o no: el Estado, que es el malo, es el Gobierno de Madrid, pero no el vasco. Sí, ya sabemos que no es así, que el Gobierno vasco es tan parte del Estado como lo es el Ministerio del Interior, pero es que conviene diferenciar para repartir. El “actual” Gobierno vasco (no vayamos a confundir con el anterior, socialista y sospechoso), es un dechado de virtudes: se ha involucrado de forma “activa en el proceso de paz”, quiere gestionar de manera “ética” el pasado, desea llegar a “microacuerdos” con todos, anhela construir un futuro integrador. ¿Podría explicarse mejor antes de echarnos a llorar? Sí, recordando que el mismo nombramiento de Jonan Fernández al frente de la oficina encargada de gestionar el post-“conflicto” es “un claro guiño a la sociedad civil” y al papel que debe jugar. Dan ganas ciertamente de dejarse llevar por la emoción si no fuera porque se le olvidó a la autora recordar que no solamente existe ese guiño hacia la sociedad civil, hay otro: Urkullu no solo eligió a un individuo proveniente de Herri Batasuna y de Elkarri para dirigir el cotarro, sino que echó a la calle a la primera de cambio a Txema Urquijo, que provenía de Gesto por la Paz, el antimilitarismo y otras asociaciones sospechosas.

Concluye este texto dando cuenta de numerosas (¡sic!) voces internacionales que muestran su preocupación por el inmovilismo del Estado, el malo. No solo, porque la muestran también, al parecer, por el hecho de que Arnaldo Otegi sigue preso y de que Francia, otro Estado malo, tampoco esté por la labor de cuestionar el statu quo de su organización departamental. Para que luego digan. Creo que en las agendas internacionales el “conflicto” hay que ir a buscarlo a páginas muy, muy interiores. Ni en los postres. Lo mismo sucede con cualquier preocupación por las víctimas del terrorismo –de todo terrorismo- en Euskadi y el resto de España: a nadie le importan, sobre todo una vez que se ha terminado el pim, pam ,pum. A la autora de este texto tampoco… miento, sí le importan pero sola y exclusivamente para señalar que algunas de sus asociaciones forman un “poderoso lobby” que aún hace peor al malvado Estado. Si no fuera porque la frase la popularizó un tipo que me cae fatal, acabaría este texto con un ¡manda huevos!.

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