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La(s) izquierda(s) en Euskadi. Pluralismo y colaboración

El PSE-EE no es, hoy por hoy, ni la representación de la izquierda, ni tampoco el eje en torno al que pueda  aglutinarse la izquierda plural en nuestro país

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Hace pocas semanas estas mismas páginas acogían una serie de colaboraciones con motivo del XXV aniversario de la ‘convergenciaPSE-EE, lo que además de brindar a sus principales protagonistas (y a sus sucesores) una buena ocasión para enfatizar la trascendencia del hecho, nos proporciona también a todos una oportunidad para poder reflexionar sobre la evolución de la izquierda en nuestro país en este último periodo. Reflexión que nunca está de más pero que es especialmente necesaria en el momento actual, en el que las más que inciertas expectativas de la(s) izquierda(s), unida a la incertidumbre ante los cambios que se están gestando, obliga a examinar con atención la reciente evolución seguida hasta el momento presente. 

  1. Una mirada previa a nuestro pasado reciente.

Una primera aproximación a la situación de la(s) izquierda(s) en Euskadi aconseja, antes de entrar en el examen de la cuestión tal y como está planteada en el momento presente, echar una mirada a nuestro pasado reciente; pero no para recrearnos en él, ni menos aun para hacer una recreación convenientemente selectiva de algunos de los hechos pasados elevados a la categoría de acontecimientos históricos, como de forma interesada suele hacerse en función de los objetivos perseguidos por quien conmemora el pretendido ‘acontecimiento’; sino para aprender de las experiencias pasadas, con más razón aun cuando son recientes y tienen proyección en la situación actual, y así poder extraer de ellas enseñanzas que nos ayuden a afrontar mejor los problemas del presente; o, al menos, nos eviten caer en la reiteración de errores ya cometidos.

En este sentido, una primera constatación que es preciso realizar hace referencia a la fragmentación de lo que convencionalmente se ha venido denominando la izquierda, entendiendo como tal, sin entrar por el momento en más profundidades, el espacio ocupado por las formaciones políticas - las izquierdas- que, bajo formas y expresiones diversas , se reclaman de esa orientación política. Una fragmentación que no es sino el producto de la trayectoria seguida durante estas cuatro últimas décadas (por ceñirnos al periodo temporal que nos es propio) por las distintas formaciones que habitan en este espacio político, en el que los procesos de confluencia y convergencia entre formaciones afines se han alternado, e incluso han coexistido simultáneamente, con los de disociación y a veces de escisión dentro de una misma formación.

Sirvan como muestras ilustrativas de ello las experiencias frustradas de la propia ‘convergencia’ PSE-EE, cuyo XXV aniversario se conmemoraba recientemente, en la que la convergencia en el PSOE de EE se saldó, simultáneamente, con una escisión interna en esta formación y, además, no se tradujo en la suma del respaldo electoral de ambas formaciones. O también, unos años antes, a principios de los ochenta, la así mismo operación de ‘convergencia’ de un sector del PCE-EPK en la EE de entonces, saldada también con una escisión interna en el seno del Partido Comunista de Euskadi y que tampoco tuvo efectos sumatorios una vez concluida la operación.  Son ambos ejemplos de operaciones que deben servirnos para extraer de ellas las oportunas enseñanzas y evitar plantear las relaciones entre las izquierdas  de la misma forma en que fueron planteadas en estas experiencias frustradas.

A la vista de la experiencia reciente durante este último periodo, no puede afirmarse que la voluntad y la práctica unitarias hayan sido las características distintivas del espacio político de lo que convencionalmente denominamos la izquierda, ni menos aun por lo que se refiere a la actitud de las distintas formaciones políticas que integran las izquierdas. Más bien habría que admitir que las relaciones entre éstas han sido ajenas a toda dinámica  colaborativa y, por el contrario, han estado guiadas por una rivalidad  grupal (por no decir tribal), no exenta de beligerancia sectaria en muchos casos, que ha impedido llegar a acuerdos, no ya sobre los grandes objetivos globales, lo que siempre es más difícil, sino también sobre objetivos más concretos e inmediatos, en los que por la propia naturaleza de las cuestiones a tratar suele haber más posibilidades de entendimiento y de llegar a acuerdos.

Así lo atestiguan los hechos, que reiteradamente han venido poniendo de manifiesto las conflictivas relaciones entre las distintas formaciones de la(s) izquierda(s) desde la transición hasta el momento actual. Sin entrar en estas líneas a polemizar sobre las causas, lo que requeriría un análisis mas extenso sobre el tema que desborda por completo los límites de un artículo como éste, lo cierto es que las relaciones entre las dos formaciones clásicas de la izquierda -socialistas y comunistas- no solo no han cristalizado entre nosotros en acuerdos estables sino que ni siquiera ha habido, salvo algún episodio ocasional, una voluntad decidida para intentarlo seriamente. A diferencia de lo ocurrido en los países vecinos, en los que sí se han producido, bajo formas diversas, experiencias unitarias: programa común de la izquierda en Francia y gobiernos con participación conjunta de ambas formaciones (además de otras menores y de independientes de izquierda) en los años ochenta y noventa; o la más reciente de Portugal, a partir de 2015, en la que también hay una experiencia original de colaboración entre las distintas formaciones de izquierda, con la participación, además de socialistas y comunistas, de formaciones nuevas el Bloco de Esquerda.  

No puede afirmarse que la voluntad y la práctica unitarias hayan sido las características distintivas del espacio político de lo que convencionalmente denominamos la izquierda

Más problemáticas aun resultaban las relaciones con las formaciones políticas de lo que, a partir de la transición, ha venido recibiendo la denominación de la izquierda abertzale, representada principalmente por HB/Batasuna (antecedente próximo de la actual EH Bildu). En este caso, la vinculación de estas formaciones con ETA hacía imposible cualquier acuerdo político con quienes jaleaban, justificaban y respaldaban la violencia terrorista y el atentado mortal como forma de acción ‘política’. Ello no hacía sino contribuir, más que ningún otro factor, a la fractura de las relaciones en el espacio político de la izquierda, teniendo como efecto inevitable impedir cualquier relación normalizada con quienes asumían como propia la función de proporcionar la necesaria cobertura política a la actividad terrorista.

  1. Una izquierda plural en la actualidad con características específicas

La situación en el momento presente de las izquierdas que, conjuntamente, integran el espacio político de la izquierda es, como no podía ser de otra manera, un producto de la evolución seguida en estos últimos años. Si bien es preciso reseñar también los cambios que se han producido recientemente, algunos de los cuales no son intrascendentes y pueden tener repercusiones nada desdeñables. En cualquier caso, el mapa político de la(s) izquierda(s) vasca(s) no puede ser comprendido sin tener en cuenta la trayectoria seguida por éstas hasta ahora y cuáles han sido las cuestiones que han tenido que afrontar y que han ido conformando progresivamente tanto la identidad de cada una de ellas como los perfiles del espacio en que se desenvuelven.

Tres son las componentes del mapa político de la izquierda vasca en la actualidad que, es preciso advertirlo antes de seguir, siempre ha tenido una expresión plural. Interesa llamar la atención sobre el carácter pluralista de la izquierda vasca ya que éste es un  elemento estructural de su propia configuración, tanto en el momento presente en la forma que vamos a ver a continuación como, así mismo, en épocas pasadas en las que nunca ha quedado reducida a una única expresión. Conviene tenerlo en cuenta para obrar en consecuencia a la hora de plantear las relaciones con otras formaciones de la izquierda; y también para evitar caer en la irresistible tentación, y en el frecuente error, de pretender erigirse en la única representación de la única izquierda existente.

El PSE-EE constituye una de las componentes de la izquierda plural en Euskadi, si bien su peso político y el lugar que ocupa en el escenario político vasco en la actualidad no pasa de ser discreto. A pesar de ser la única formación de las tres que integran en el momento actual la izquierda vasca que ha tenido hasta ahora experiencia de gobierno, primero junto con el PNV en los sucesivos gobiernos presididos por el Lehendakari Ardanza durante los años ochenta y noventa, y, posteriormente, ocupando la Lehendakaritza (Patxi López, 2009-2012) con el respaldo del PP, en la actualidad su presencia parlamentaria y en las instituciones representativas es muy limitada; la menor en las últimas cuatro décadas desde la reinstauración de la democracia en 1977. En estas condiciones, y por más que proclame enfáticamente en su eslogan publicitario “somos la izquierda”, el PSE-EE no es, hoy por hoy, ni la representación de la izquierda, ni tampoco el eje en torno al que pueda  aglutinarse la izquierda plural en nuestro país. No obstante, sí es una fuerza con la que es necesario contar para construir un proyecto de izquierda amplio, unitario e integrador.

EH Bildu es, por su parte, otra de las formaciones integrantes de la izquierda plural vasca que, tanto por sus características actuales como, sobre todo, por sus antecedentes en el pasado presenta rasgos específicos que no pueden pasar desapercibidos. Lo que más interesa destacar en este caso es la reciente desaparición de la violencia terrorista (la declaración formal de disolución de ETA es irrelevante a efectos prácticos), a la que sus antecesoras HB/Batasuna habían venido prestando cobertura política, eliminándose así un obstáculo, hasta ahora insalvable, para poder normalizar las relaciones con un importante sector del espacio político de la izquierda en Euskadi, como sin duda lo es la izquierda abertzale. Ahora que se ha despejado este importante obstáculo para la normalización de las relaciones y con vistas a la consecución de acuerdos de colaboración entre las izquierdas, sería de desear que no se siga persistiendo en el error de identificar la izquierda abertzale con la izquierda vasca y, en particular, que no se intente introducir, como elementos constitutivos del proyecto común de la izquierda los ingredientes soberanistas propios del ideario abertzale.   

Por último, Elkarrekin/Podemos constituye la principal novedad en la izquierda vasca, y en el mapa político vasco en general, debido a su reciente irrupción en la escena política. Tras los espectaculares y sorprendentes éxitos iniciales (en las elecciones generales de 2015 y 2016 se convierte en la formación política más votada en Euskadi, superando en votos incluso al PNV), va a ocupar un lugar importante en el actual mapa político vasco, y en la izquierda vasca en particular (tercera fuerza política en el Parlamento vasco, tras EH Bildu, y por delante del PSE-EE). Dado lo reciente de su aparición y las incógnitas, aun no despejadas, sobre su evolución en el próximo futuro, será necesario esperar a ver como se produce ésta y como se plasma su asentamiento definitivo, tanto en el plano institucional como en el tejido social, en el marco político vasco.  A diferencia de las otras dos formaciones de la izquierda vasca, cuyo comportamiento resulta más predecible dado su asentamiento desde hace tiempo en mapa político, en el caso de Elkarrekin/Podemos sus expectativas políticas no dejan de ser inciertas en el momento actual. En cualquier caso, se trata de una formación política cuya novedad no pude constituir ningún impedimento para que sea obligado contar con ella como una de las fuerzas integrantes de las izquierdas.

 

  1. Delimitar el terreno de la colaboración entre la(s) izquierda(s) Además de plural, en los términos reseñados en los párrafos precedentes, otro de los rasgos que caracterizan a la(s) izquierda(s) vasca(s) es su caracter cambiante, acorde con el proceso de profundos cambios que se está viviendo en la actualidad y que afectan también, como no podía ser de otra forma, a las propias formaciones de izquierda, inmersas en un proceso de transformaciones que dista mucho de estar cerrado en el momento presente. Ni el mapa político vasco es hoy el mismo que hace dos o cuatro décadas, ni tampoco el espacio de la izquierda ha permanecido inmutable a lo largo de este último periodo, en el que, como es conocido, han surgido nuevas formaciones políticas al tiempo que han desaparecido otras y ha cambiado la correlación de fuerzas entre ellas, así como como los planteamientos que venían manteniendo cada una de ellas. En el contexto actual, de signo marcadamente cambiante, lo más previsible es que asistamos en el próximo futuro a cambios importantes tanto en la configuración del mapa político de la izquierda vasca como, así mismo, en los planteamientos de cada una de las formaciones políticas integrantes de las izquierdas en Euskadi.

De todas formas, el pluralismo y el proceso de transformaciones que caracteriza a la(s) izquierda(s) en el momento actual no debe ser impedimento para tratar de buscar formas de colaboración que permitan articular actuaciones conjuntas en pos de objetivos comunes, que sin duda los hay. En este sentido, si realmente existe una voluntad de colaboración en común (en caso contrario, de no existir esta voluntad, no hay nada que hablar), la cuestión sería determinar unas bases programáticas mínimas en torno a las cuales poder articular la colaboración (no se trata de ninguna unificación orgánica) entre las izquierdas, lo que, al menos por intentarlo, no parece que pueda plantear ningún problema irresoluble a nadie. Aunque, eso sí, antes de decidir lo que hay que hacer        -establecer las bases programáticas de la colaboración- sería necesario tener muy claro lo que no hay que hacer para evitar abortar cualquier intento razonable de colaboración entre formaciones políticas distintas.

Y lo que, por puro sentido común, no puede hacerse si se quiere llegar a algún tipo de acuerdo, es empezar a construir la casa por el tejado abriendo la discusión en torno al ideario propio de cada uno y a las cosas que de antemano se sabe que no hay acuerdo; o a pretender ‘colar’ en el acuerdo programático entre las diferentes izquierdas las posiciones propias sobre cuestiones en las que las diferencias son evidentes y no van a desaparecer de inmediato por más que, como decía alguien, discutamos hasta el amanecer. Lo que no quiere decir que cada una de las izquierdas tenga que renunciar a defender sus posiciones sobre las cuestiones que integran su propio ideario y que son objeto de aguda polémica diaria en todos los foros de discusión: la nación, el Estado, la soberanía nacional, el derecho a decidir, el federalismo, la autodeterminación, la Constitución, la transición, el bipartidismo, la refundación de todo el sistema político, etc. etc. Simplemente se trata de constatar que en torno a esas cuestiones no es posible asentar un acuerdo programático que aglutine a las izquierdas en torno a objetivos comunes.

Sí es posible, sin embargo, delimitar un amplio espacio común de la izquierda en torno a una serie de reivindicaciones sociales, que hoy están ya en la calle y también en los medios de comunicación,  en el que existen posibilidades reales de llegar a acuerdos razonables que no exigen que nadie renuncie a sus posiciones. Cuestiones como las pensiones y el sistema de protección social, de máxima actualidad últimamente, las políticas de igualdad, la defensa de los servicios públicos, la acogida a la inmigración, la atención a los colectivos desprotegidos y más vulnerables, la negociación colectiva, la reforma fiscal, unos Presupuestos, tanto estatales como autonómicos, que destinen los recursos suficientes a fines sociales; en definitiva, todo lo referente a la defensa del Estado social, en proceso de progresiva desocialización como consecuencia de las políticas asociales, o directamente antisociales, que se vienen desplegando desde las instancias de gobierno durante todo este periodo. Todo ello delimita un terreno suficientemente amplio como para poder ensayar por parte de las izquierdas políticas de convergencia, no de siglas partidarias sino, ante todo, de colaboración con el fin de conseguir objetivos comunes.

He de confesar, para finalizar, que a la vista de las actitudes que se vienen manteniendo  durante todo este periodo por parte de la(s)   izquierda(s) realmente existentes, uno no puede por menos de mostrarse más que escéptico ante la posibilidad de que se llegue a acordar unas bases programáticas comunes y se haga realidad la colaboración entre ellas. De todas formas, por decirlo y escribirlo en estas líneas, atendiendo a la invitación de este medio para hacerlo, que no quede…

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