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El capitán Tom

El capitán Tom Moore.
4 de febrero de 2021 22:40 h

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La foto de Tom Moore (“el capitán Tom”) está en los escaparates de las librerías en Reino Unido, con su autobiografía Tomorrow Will Be a Good Day. Su nombre está en cartulinas, ganchillos y muñecos que le hicieron los escolares por su 100 cumpleaños en abril y que aún se pueden ver en las ventanas de los colegios cerrados desde hace meses. Este miércoles, por todo el país, miles de personas salieron a la puerta de su casa para dedicarle un aplauso. Murió el martes tras haber dado positivo por coronavirus.

En este último año de muerte, dolor y otros horrores, el capitán Tom era la persona que daba motivos para la alegría. Había conseguido recaudar más de 32 millones de libras para la sanidad pública en una campaña que empezó con un pequeño reto en el jardín de casa de su hija: dar 100 vueltas durante el confinamiento, con su andador y vestido con una chaqueta formal y las medallas de sus tiempos en el ejército. Estaba agradecido por los cuidados que había recibido en el sistema de salud de Reino Unido -tal vez el mayor motivo de orgullo y unión en el país- y quería reconocer su esfuerzo en los momentos más oscuros. 

Cuando le llegó la fama, los premios y el reconocimiento de la reina, reaccionó con modestia diciendo simplemente que no se podía “imaginar” que conseguirían recaudar tanto dinero y que los trabajadores de la sanidad “se lo merecen todo”. Insistía en que la pandemia pasaría y volveríamos a ser más felices. “Mañana será un día mejor”, repetía. “Al final de la tormenta, hay una estrella brillante”, cantó en un vídeo clip con la versión dedicada a él de You'll Never Walk Alone.

Pero tal vez lo que más emociona de lo que ha significado Tom Moore es el aprecio al valor y la contribución de las personas más mayores en la sociedad. El caso del capitán Tom es especial, pero su historia se parece a la de muchas otras personas de su generación. Nació en 1920, se quedó sordo de niño por un virus, vivió una guerra que frustró sus primeros sueños de juventud, como el de ser fotógrafo, pero acabó viajando y aprendiendo del mundo en el ejército. Trabajó en una empresa de cemento local y consiguió una vida cómoda con algo de tiempo para su pasión por las motos. Lo más cerca que había estado de la fama hasta el año pasado era su aparición en un programa de preguntas y respuestas de la BBC en los años 80.

Cada vida es valiosa. A cualquier edad. Tom Moore tenía 100 años y cuando fue hospitalizado con pulmonía y coronavirus, muchos todavía esperaban que consiguiera superar la enfermedad y se preguntaban por qué no había recibido todavía la vacuna que tal vez lo habría salvado. No la recibió por la medicación que estaba tomando contra la pulmonía. 

En España, la vida de las personas, sobre todo mayores, sobre todo vulnerables, parece haber dejado de contar para los políticos que toman decisiones de los cuatro grandes partidos en el poder -como han demostrado en el gobierno central y en algunos gobiernos regionales-. Es una explicación de estos últimos meses de falta de empatía, de responsabilidad o de medidas de salud pública basadas en la ciencia conocida.

Reino Unido, en cambio, ha seguido el camino opuesto. Más de 100.000 personas han muerto por la epidemia, entre ellas muchas mayores. Pero el Gobierno no quiere que siga pasando y por eso desde hace meses es uno de los más cautos en sus medidas. Incluso ahora, con las infecciones, las hospitalizaciones y las muertes a la baja, y el hito de más de 10 millones de personas vacunadas, el primer ministro Boris Johnson pide cautela y no se quiere comprometer a una reapertura de los servicios no esenciales hasta que no esté claro que la epidemia está controlada y los más vulnerables protegidos. 

La vida de las personas como Tom Moore tiene un valor y ése debería ser el punto de partida de cualquier política pública para soportar esta pandemia. Ni él ni ninguna persona mayor es prescindible. Parece una obviedad, pero visto lo visto hace falta repetirlo.

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