Sentirse hipócrita

Una mujer se saca un selfi en la madrileña plaza de Cibeles

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Escribo en el instante previo a montarme en un coche con dirección a Ribadesella, Asturias, la zona franca del norte en este gran rebrote de coronavirus (buena noticia que puede cambiar antes de que pronuncie las siglas COVID-19). Habrá quien piense que los detalles de mis vacaciones carecen de interés y otros que cometo una imprudencia supina exponiendo a los pobres riosellanos al "virus madrileño", que ahora parece doblemente virus por lo epidemiológico y lo invasor. Pero yo sola ya me siento lo bastante hipócrita por este asunto y por un centenar más a lo largo del día.

Cenar con unos amigos un sábado e ir a tomar cañas con otros distintos el domingo, por ejemplo. Tocar sin querer la taza de mi abuela, a quien no abrazo desde hace cinco meses. Pensar que es injusto tenerla delante y no poder besarla, para después sentirme la nieta más afortunada del mundo por seguir compartiendo cafés con ella al otro lado del sofá. Siquiera soñar con una celebración de cumpleaños. Criticar a los jóvenes que generan rebrotes en el furor de la noche y a la vez ansiar uno de esos bailes dentro de un garito. Dejar el bote de mermelada en la cinta del supermercado sin llevar guantes y rozar la mano de la cajera, sonreírnos mutuamente tras nuestras mascarillas, y querer salir de allí pitando para rociar mis dedos con líquido desinfectante.

Pequeños momentos que resuenan en nuestras cabezas como una aportación letal a la propagación del virus pero que, al poco tiempo, desaparecerán para permitirnos convivir con nuestra conciencia. Es lo que las autoridades llaman responsabilidad individual: una carga impuesta sobre el ciudadano con escrúpulos que puede librarnos de imágenes estremecedoras como las de hace tres meses, aunque algunos insensatos las recuerden hoy como una vaga ilusión.

La batalla contra la mente es dura, en especial para una juventud sana que ha sido instruida en el carpe diem desde que nació, pensando que bien estará lo hecho hoy por lo que no se pueda hacer mañana. En términos de una pandemia mundial, esa filosofía es una sentencia de muerte. Algunos echan la culpa a los mensajes contradictorios de los que gobiernan, a que la gente haga lo que se le permite y, veladamente, piden a base de decretazo convertirse en los 'proles' de la Franja Aérea 1. Que todo lo que no hagas sea porque está expresamente vetado: prohibido el ocio nocturno, prohibido coger la mermelada sin guantes, prohibido tomar café con las abuelas y prohibido ir a las terrazas a levantar la economía.

La responsabilidad individual es dura, pero no debería ser un sacrificio incomprensible. Cada persona tiene que convivir con la suya, con su avalancha de mini culpabilidades, y actuar en consecuencia. Si los fiesteros se sintiesen más hipócritas, no querrían que cerrasen los bares por no ser capaces de llevar la mascarilla en la pista de baile. Si nos invadiese ese sentimiento con nuestra familia, no la pondríamos en peligro. Si el empresario se sintiese un poco más hipócrita, no trataría como ganado a chavales temporeros para no ser el más buscado de la pandemia. Si pensásemos así, haríamos pequeñas cuarentenas antes y después de un viaje. Y, si no lo hacemos, dudaríamos un par veces antes de volver a salir a aplaudir al balcón. Las consecuencias serían inmediatas para la salud pública y para la salud mental del personal sanitario. Sentirse hipócritas, al final, puede ser la única forma de salvarnos.

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Publicado el
31 de julio de 2020 - 22:12 h

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