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La gran paradoja: defender el interés nacional requiere mayor gobernanza global

Imagen de archivo de un bombardeo sobre Teherán. Europa Press/ Shadati
21 de abril de 2026 21:41 h

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La reforma de la arquitectura internacional, históricamente, se ha considerado un lujo que debe acometerse en momentos de paz y prosperidad. Sin embargo, la rabiosa actualidad del mundo contemporáneo se lleva años empeñando en transmitirnos lo contrario: en ausencia de instrumentos políticos internacionales efectivos, no hay reacción efectiva posible ante problemas de dimensiones épicas, cuyas soluciones parecen obvias para la mayor parte de la población, pero que no llegan por falta de voluntad política. 

La crisis financiera que explotó en Estados Unidos en el 2008 se expandió rápidamente por el mundo y se transformó en una gran crisis económica global, que inspiró a los líderes políticos más importantes del planeta a reunirse, en reiteradas ocasiones, para, en palabras de Sarkozy, “refundar el capitalismo”. Tal refundación de la gobernanza económica mundial, no obstante, nunca llegó. 

Poco después, durante las revueltas que sacudieron a gran parte del mundo islámico conocidas como la Primavera Árabe, diversos estados usaron el aparato militar para reprimir duramente a su población, ante la mirada atónita de la opinión pública informada. El Consejo de Seguridad de la ONU, salvo en el caso libio —cuyo desenlace requiere su propia historia—, estuvo paralizado por vetos cruzados de sus miembros permanentes. Una de las múltiples consecuencias de dicha violencia fue la crisis de refugiados, principalmente procedentes de Siria, que afectó a Europa en el 2014. En esa ocasión, se observó que la misma Unión Europea, símbolo de gobernanza supranacional efectiva, en materia de política exterior y seguridad no estaba lo suficientemente integrada. 

La siguiente gran crisis, la de la Covid-19, unos años más tarde, aprisionó a la humanidad en uno de los mayores experimentos políticos y sociales en tiempo real conocidos. El virus no conocía fronteras y la protección de cada persona y país dependía de una protección sistémica. No obstante, a pesar de los estallidos efímeros de conciencia sobre la naturaleza comunitaria e interconectada de los problemas, así como de las soluciones requeridas, que condujeron a personalidades como Gordon Brown a proclamar la necesidad de una “forma temporal de gobierno mundial”, la reforma internacional nunca llegó. De hecho, la carrera por la vacuna pasó de ser un gran proyecto colectivo a una lucha entre naciones y farmacéuticas por hacerse antes con un antídoto para su población. 

Aunque seguramente la pandemia haya sido el principal y desaprovechado potencial revulsivo de la gran restructuración requerida del sistema de gobernanza global—desde la misma concepción de las Naciones Unidas—, la invasión rusa de Ucrania supuso una nueva sacudida. Las noticias, en tiempo real, relataban la ruptura impune de las más mínimas normas del derecho internacional público que apuntalan el sistema de seguridad colectiva del que forman parte tanto Rusia, como Ucrania, Estados Unidos y los países de la Unión Europea: la no agresión y el respeto de la soberanía nacional. De nuevo, la ONU en general y el Consejo de Seguridad en particular —el único mecanismo autorizado, más allá de la legítima defensa, para usar la fuerza a fin de detener una agresión— paralizados.

Desafortunadamente, el relato continúa. Sin que la guerra inducida por Rusia haya terminado, el atentado atroz de Hamás desató una reacción de Israel de dimensiones desconocidas para la mayor parte de esta generación, al menos en Occidente, contra la indefensa población de Gaza y, en menor medida, del Líbano. Y el mundo mirando, tanto la destrucción de una población como la inoperatividad de todos los instrumentos internacionales para la protección de la población civil de los excesos de un estado. 

Por último, dos nuevas agresiones impunes del derecho internacional público más básico han golpeado la actualidad: una intervención unilateral de Estados Unidos en Venezuela, rompiendo la soberanía de un estado —con un gobierno más o menos legítimo, pero esta es otra cuestión—; y un ataque ilegal a dos sobre el cruel régimen de los ayatolás de Irán, que ha desencadenado una serie de problemas multifacéticos que pueden desestabilizar por completo el orden internacional. El mundo observando impávido otra vez: dolor, sufrimiento y parálisis internacional. 

Una mirada superficial de todo este panorama probablemente lleve a la conclusión, parcialmente correcta, de que es el resultado de que cada país busca su propio interés, porque lo que domina el mundo es la fuerza y no las normas internacionales que nos hemos dado. Sin embargo, al rascar más allá de la superficie, se llega a otra conclusión que es la que se conecta con la paradoja enunciada arriba. Una mirada sofisticada del interés nacional más burdo pone de relieve que para que un país salvaguarde su bienestar a medio plazo, en un mundo interconectado, complejo, comprimido, con problemas entreverados de maneras extremadamente sutiles, cualquier problema que afecte al resto, ya sea económico o violento, pronto le afectará negativamente. 

En otras palabras, reformar la arquitectura de gobernanza global a la luz del principio del bien común, la prosperidad colectiva, la justicia, la sostenibilidad y la paz internacional no ha de considerarse un acto altruista, fruto del idealismo utópico, sino una imperiosa necesidad para asegurar la viabilidad política, económica y social —el interés nacional bien entendido— de cualquier país, ya sea Estados Unidos, Israel, Rusia o Irán. 

Si no se avanza en esa dirección, que está recogida en el nunca activado artículo 109 de la misma carta de las Naciones Unidas, perderemos todas las personas, organizaciones y naciones del planeta. Ya no es un lujo; es cuestión de supervivencia. 

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