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Habermas y la fuerza de la razón

Fotografía de archivo fechada en 2012 del filósofo alemán Jürgen Habermas, quien falleció este sábado a los 96 años.
14 de marzo de 2026 22:36 h

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Ayer, sábado, 14 de marzo de 2026, falleció Jürgen Habermas. Era el último de los grandes filósofos del siglo XX, el faro intelectual de Alemania y Europa, el puente más sólido entre tradiciones filosóficas, el padre de las mejores ideas actuales sobre la democracia. Y justo en este momento…

En estas horas, se suceden los mensajes privados de condolencias entre filósofos de todo el mundo, que hoy se sienten un poco más huérfanos. Sus muchos discípulos, entre ellos varios destacados filósofos españoles, y los miles de académicos que hemos estudiado o leído algunas de sus múltiples, extensas y complejas obras, hemos perdido uno de nuestros grandes referentes. 

Su figura y sus méritos están siendo glosados por todos los medios de comunicación internacionales. Fue principalmente un filósofo político, aunque le interesó y contribuyó de manera decisiva a la ética, la filosofía del lenguaje, la epistemología y la sociología, entre otras disciplinas. Le dieron todos los premios relevantes. Escribió decenas de libros. Tal vez los más importantes fueron La transformación estructural de la esfera pública (1962), Crisis de legitimación del capitalismo tardío (1967), Teoría de la acción comunicativa en dos volúmenes (1981), Facticidad y validez (1992) o su impresionante y reciente Una historia de la filosofía en tres volúmenes (2019). Desde los años 50 y hasta hace bien poco, escribió más de mil artículos académicos y también de prensa. En estos últimos analizó los hechos más importantes de la política global de las últimas décadas, convirtiéndose en una voz pública imprescindible. 

Hasta ayer, era indiscutiblemente el filósofo político vivo más importante del mundo. Incluso aquellos que discrepaban con él (lo que en filosofía es casi una obligación), lo reconocían como tal. El impacto de sus ideas ha sido brutal. Para los aficionados a la métrica académica, baste decir que según Google Scholar sus obras han generado más de medio millón de citas. Pero, más allá de esta visión pop e inmediatista de las contribuciones académicas que pretende medir su calidad por la cantidad de referencias que generan, baste decir que si hay dos nombres en los últimos 100 años que seguramente pasarán a la historia de la filosofía política, estos son John Rawls y Jürgen Habermas, los dos grandes pensadores del liberalismo democrático contemporáneo. 

Racionalista influido por el pragmatismo, constructivista y universalista kantiano, post-marxista, liberal político y republicano, cosmopolita y ante todo demócrata radical. Filósofo proveniente de la teoría crítica, de tradición filosófica continental, pero que supo transitar y tener impacto en la llamada filosofía analítica. El único gran filósofo, de hecho, que ha logrado tender puentes entre las dos grandes corrientes de la filosofía contemporánea y ser reconocido por ambas.

Habermas realizó incontables contribuciones a la filosofía política, de las que voy a destacar tres, absolutamente decisivas para entender y abordar nuestro tiempo. En este preciso momento en que el mundo parece descomponerse, en el que la democracia, la representación, los sistemas constitucionales, el Estado de derecho, los partidos políticos, el orden y el derecho internacional, los derechos humanos, y tantas otras cosas parecen estar en crisis, el lector y los ciudadanos del mundo harían bien en volver a las ideas de esperanza y emancipación del filósofo alemán.  

En primer lugar, Habermas es el padre de la teoría de la democracia deliberativa contemporánea, la teoría normativa dominante hoy. Su visión de la racionalidad comunicativa o dialógica sirvió para fundamentar la noción de deliberación pública y colocarla en el centro del pensamiento democrático. Nuestro ideal de democracia debe ser aquel en que las decisiones públicas, especialmente las más importantes, resulten de los consensos más amplios que hayamos sido capaces de construir a través de un proceso deliberativo continuo y abierto a todo el mundo, un debate de argumentos, en el que debe haberse impuesto “la fuerza de la razón, y no la razón de la fuerza”.

Pero, ¿quién debe participar en esa deliberación pública y en la toma de decisiones política? Ahí viene su segunda gran contribución. Habermas desarrolló una teoría radical y participativa de la democracia, y su respuesta a esta pregunta fue clara y rotunda: todos los afectados por las decisiones deben tener el derecho a participar en la discusión y en última instancia en la decisión. La participación política no se agota en votar a unos representantes cada cuatro años. Para que la democracia sea verdaderamente legítima necesitamos una ciudadanía activa, informada, bien educada y con capacidad de esgrimir argumentos. Este es, al menos, el ideal por el que debemos luchar.  

Y ¿cómo y por qué deben participar los ciudadanos en ese proceso de deliberación pública? La tercera gran contribución de Habermas, que de hecho fue la más temprana ya en los años 60, consistió en mostrar la enorme importancia que tiene para la democracia la esfera pública no institucional, es decir, los movimientos y organizaciones sociales, las discusiones que los ciudadanos tenemos en las plazas, las calles, las escuelas, los sindicatos, las iglesias, las redes sociales o los cafés. Un error de la llamada democracia liberal ha sido el reducir la política democrática a aquello que sucede únicamente en el ámbito institucional, como el parlamento. La deliberación y la búsqueda de consenso nacen en las calles y de la mano de los propios ciudadanos. Una democracia que descuide eso es una democracia condenada a morir. 

Así pues, ¿cómo nos defendemos de la extrema derecha, del populismo siempre antidemocrático, del poder de las corporaciones globales o de las barbaridades de Trump? ¿Cómo podemos defender nuestras frágiles democracias y derechos fundamentales? Habermas nos da la respuesta: lo debemos hacer entre todos, en las calles, en las redes sociales y en los bares, en donde cada conversación cuenta, y lo debemos hacer, justo al contrario que Trump, guiados por la fuerza de la razón.

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