Nepal o cómo un desastre puede sembrar el siguiente
Cuando observamos las imágenes de la reciente avenida que ha asolado Nepal es fácil pensar que estamos ante una tragedia provocada únicamente por un episodio extremo. Sin embargo, en geología las catástrofes rara vez son hechos aislados. Los desastres suelen formar parte de una cadena de acontecimientos que puede desarrollarse durante años o incluso décadas.
Para comprender lo ocurrido recientemente en Nepal quizá debamos retroceder más de una década, hasta el terremoto de Gorkha de 2015.
Aquel terremoto, de magnitud 7,8, fue una de las mayores catástrofes de la historia reciente del país. Miles de personas perdieron la vida y centenares de miles de viviendas quedaron destruidas. Pero el impacto del seísmo fue mucho más allá de la destrucción inmediata. El terremoto desencadenó miles de desprendimientos, deslizamientos y avalanchas de ladera a lo largo de gran parte del Himalaya central. En muchos lugares el paisaje cambió para siempre.
Los geólogos sabemos que un gran terremoto no termina cuando cesa el movimiento del suelo. Las fracturas abiertas en las laderas, los taludes debilitados y los enormes volúmenes de roca desplazados pueden permanecer inestables durante años. De hecho, numerosos estudios realizados tras el seísmo alertaron de que la llegada de los monzones seguiría reactivando muchos de esos movimientos y aumentando la erosión en las cuencas afectadas.
Para miles de habitantes de aldeas de montaña aquello supuso convivir con una sensación permanente de inseguridad. Los caminos habían desaparecido, muchas viviendas eran inhabitables y las laderas que durante generaciones habían proporcionado sustento y refugio se habían convertido en una amenaza.
Es difícil medir cuánto influyó este factor en la movilidad de la población, pero sí sabemos que el terremoto provocó importantes desplazamientos y cambios en los patrones de residencia. También sabemos que las zonas mejor comunicadas y más accesibles concentraron gran parte de las operaciones de ayuda y reconstrucción.
Y aquí aparece una cuestión que rara vez ocupa titulares. Cuando se produce una emergencia, la prioridad es salvar vidas. Es lógico que los campamentos de refugiados, los centros de distribución de ayuda y los alojamientos temporales se sitúen en lugares accesibles, próximos a carreteras y relativamente llanos. En Nepal, como en cualquier otra parte del mundo, esa decisión respondía a una necesidad operativa evidente. La ayuda debía llegar rápido y a la mayor cantidad posible de personas.
Sin embargo, la lógica de la emergencia no siempre coincide con la lógica de la planificación territorial. La experiencia internacional muestra que muchos asentamientos temporales terminan convirtiéndose en permanentes.
Allí donde llegan primero las carreteras, la electricidad, los centros sanitarios y las oportunidades económicas, es frecuente que la población encuentre motivos para quedarse.
No resulta difícil imaginar que algunas familias que abandonaron áreas montañosas especialmente afectadas por los desprendimientos terminaran instalándose de forma duradera en fondos de valle o cerca de corredores de transporte. Aunque esta hipótesis requiere estudios específicos para cuantificar su alcance, encaja con los patrones de movilidad observados tras el terremoto y con el peso que tiene la accesibilidad en las decisiones de reasentamiento.
Y es precisamente aquí donde surge una de las grandes paradojas de la gestión del riesgo. Escapar de un peligro no significa necesariamente llegar a un lugar seguro.
Los valles ofrecen mejores comunicaciones, una topografía más favorable para construir y acceso a servicios esenciales. Pero también concentran otros riesgos. Son los espacios por los que circula el agua, donde se acumulan los sedimentos procedentes de las montañas y donde terminan convergiendo muchos de los procesos que se generan en las zonas altas de una cuenca.
Desde una perspectiva geológica, una comunidad puede pasar de estar expuesta a desprendimientos y avalanchas de ladera a encontrarse vulnerable frente a inundaciones, flujos torrenciales o avenidas súbitas.
Además, existe otro aspecto frecuentemente olvidado. El propio terremoto pudo contribuir indirectamente a aumentar la peligrosidad futura de los sistemas fluviales. Los miles de deslizamientos generados por el seísmo dejaron enormes cantidades de sedimentos disponibles en las cuencas. Durante años, las lluvias y los ríos han ido movilizando parte de ese material. En determinados escenarios, esta carga sedimentaria adicional puede incrementar la capacidad destructiva de las avenidas y modificar el comportamiento de los cauces.
Por supuesto, la reciente tragedia no puede explicarse únicamente por el terremoto de 2015. Los fenómenos extremos responden a múltiples factores. Pero lo ocurrido sí invita a reflexionar sobre una cuestión fundamental: la reconstrucción no debería limitarse a reemplazar lo que se ha perdido. Debería aprovecharse para comprender mejor el territorio y reducir riesgos futuros.
Ahí es donde la geología adquiere un papel decisivo. La cartografía geológica y geomorfológica permite identificar laderas inestables, zonas susceptibles de inundación, áreas afectadas por flujos torrenciales y sectores donde la combinación de amenazas alcanza niveles inaceptables. Gracias a estas herramientas es posible orientar la localización de viviendas, hospitales, carreteras e infraestructuras críticas hacia lugares más seguros.
La pregunta que debería formularse tras cada gran desastre no es únicamente cuánto costará reconstruir ni cuánto tiempo llevará hacerlo. La pregunta verdaderamente importante es dónde se debe reconstruir y para esto la geología se presenta como una ciencia indispensable.
Porque, en ocasiones, la diferencia entre una reconstrucción resiliente y la preparación involuntaria para la próxima catástrofe depende precisamente de eso: de comprender lo que el terreno lleva años intentando decirnos.
Con demasiada frecuencia la geología se percibe como una disciplina dedicada a estudiar el pasado de la Tierra. En realidad, una de sus mayores contribuciones consiste precisamente en ayudar a tomar decisiones sobre el futuro.
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