Un Brasil para contarlo
La gran nube se partió en dos y dejó ver, claramente, el cristo de Corcovado iluminado sobre la cima del cerro homónimo, como una aparición. Me sobrecogió aquella imagen de la escultura religiosa que ya había visitado hacía casi veinte años, porque la gran nube –un cumulonimbo– no se había esfumado, simplemente se había resquebrajado en torno a la enorme silueta, pero seguía espumosa sobre la base de la colina, de manera que el Redentor parecía estar flotando. A su lado, la Ladera de los Tabajaras –una favela imponente– custodiaba la figura.
Aterricé en Río de Janeiro hace unos días, proveniente de São Paulo, donde había participado en la 28º Bienal del Libro, que tenía a España como país “invitado de honor”. Una colaboración entre los Ministerios de Cultura de ambos países permitió a un grupo de escritores viajar a la mastodóntica capital paulista que alberga, con su zona metropolitana, a unos 21 millones de personas. “Muchos deben de estar aquí” –pensé–, dentro de una feria que agotó las entradas, por cuyos pasillos se volvía casi imposible caminar, de tanta afluencia, sobre todo adolescente. Gentío con maletas llenas de ejemplares, muchachas disfrazadas de sus personajes favoritos, influencers, autores superventas y, en mitad de toda aquella algazara, el pabellón patrio como una suerte de Numancia donde departir de nuestras cosas e intentar trazar puentes culturales. Los esfuerzos de ambos gobiernos fueron posiblemente ingentes, aunque yo encontré más productivas las visitas a los Institutos Cervantes de Río y Curitiba, adonde acudí sola, esta vez, para hablar de mis libros, y también de otros asuntos más pedestres, esos que determinan el curso de un mundo dislocado. “No para de llover, né?” –le dije a un taxista–, quien me respondió que aquellas aguas tempestuosas se debían a los aviones que constantemente nos fumigaban como espíritus malignos dibujando estrías en la superficie del cielo. Creo que el hombre acertó a observar mi mueca extrañada por el espejo central del coche.
Brasil, ese país que me abrió las puertas en 2007, donde me enamoré de la literatura de Carlos Drummond de Andrade y Clarice Lispector, ha mantenido algunos rasgos que recordaba –la amabilidad extrema, la violencia armada–, pero ha mutado en su opinión pública a favor del desvarío, al igual que otros lugares. “Pero, ¿y Ceuta?, ¿no van a encarcelar a los invasores?”: fueron preguntas que surgieron una y otra vez entre autóctonos (des)informados a través de las redes sociales. Los vídeos de la llegada de inmigrantes a la ciudad autónoma circulan en los teléfonos de la gente a escasas semanas de unas elecciones en las que Lula se juega la presidencia frente a Flávio Bolsonaro, el hijo del anterior mandatario, hoy en prisión por la tentativa de golpe en Brasilia. El ataque a las instituciones, que muchos contemplamos como el déjà vu del Asalto al Capitolio estadounidense dos años antes, en enero de 2021, se ha borrado parcialmente del imaginario popular brasileño para dar paso a innumerables teorías de la conspiración: los chemtrails, el migrante delincuente, o el ataque a la familia. Yo iba anotando mentalmente estas peroratas, respondiendo con la neutralidad que corresponde a la foránea currante, hasta que un día –ya en el vuelo de vuelta– me atreví a mencionar la palabra fascismo ante la señora que ocupaba el asiento aledaño. “El fascismo es solo una narrativa y, además, Bolsonaro (padre) no dio ningún golpe: estaba en Miami”.
Con cada turbulencia, la mujer rezaba profundamente y, cuando la nave se estabilizaba, le agradecía a su Dios el habernos salvado de un temible accidente. Entre películas y bocados a la comida insípida servida en plástico, me contó que acudía a España como parte de una peregrinación colectiva: 45 personas más de su congregación católica aterrizarían en Madrid para transitar por varias iglesias antes de poner rumbo a Lourdes, en Francia. Las virtudes soteriológicas de su deidad podrían librarnos de caer a las aguas del Atlántico, pero servían para alentar un autoritarismo normalizado hasta en el último interrogante que me lanzó: “¿Seré asaltada por los inmigrantes?”. Señora, está usted llegando a uno de los países más seguros del planeta –me limité a contestar–, puede incluso sacar el móvil en la calle. Y respiró tranquila, otra vez, dándole gracias al Señor. Me acordé de la Encíclica; de cómo el papa León XIV había adelantado el pavoroso conflicto civilizacional que representa la IA mucho antes de que algunos empleados del sector tecnológico comenzasen a dimitir; imaginé al Jesús de Nazaret bondadoso y austero que tanto defiende el teólogo Juan José Tamayo; y regresé mentalmente al Corcovado que había admirado desde la azotea del hotel carioca mientras diluviaba sobre la piscina. En aquel enclave trabajaba João (nombre ficticio), el camarero que me había servido una caipirinha de cortesía antes de relatarme su vida entera.
“Yo voto a la izquierda, pero a mi nieta no le hablo de política, vaya a ser que la izquierda nos decepcione y luego ella piense, cuando crezca, que el abuelo la engañó”. Así, como quien no quiere pillarse los dedos con la puerta, soltaba chispas de sensatez que explicaban el descubrimiento de un yacimiento de petróleo en el Amazonas, la desigualdad diacrónica, o la mala gestión del candidato ultraderechista, Flávio, a lo largo de una carrera como diputado y senador en el estado donde nos encontrábamos, Río. Entre otras acciones lamentables, João citaba el presunto apoyo a las bandas criminales que operaban en las favelas y cobraban mordidas a los residentes a cambio de una supuesta seguridad. La mirada calma, encajada en aquella piel negra y desgastada por el tiempo, me transmitía confianza y cierto alivio, el que necesitaba para reciprocar aquel diálogo con detalles del impeachment fallido a Trump. No arreglamos el mundo, pero debo confesar que, sin sus palabras a la luz de la borrasca que solo desafiaba el cristo en pie, mi estancia en el hemisferio sur habría sido mucho más desoladora. Por fin, anochecida la ciudad frente a nosotros, quiso saber a qué me dedicaba. “Escribo libros” –musité–, y sonrió complacido. “Yo leo mucho, sobre todo periódicos”. Minutos más tarde, lo vi marcharse en dirección al metro, le dije adiós con un gesto que emanaba gratitud.
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