Los canallas duermen en paz
El caso Montoro podría ser uno de los mayores episodios de corrupción de la historia de la joven democracia española. El exministro de Hacienda está acusado de utilizar su despacho de abogados para cobrar cerca de diez millones de euros en comisiones de grandes empresas de gas y electricidad a cambio de normativas fiscales favorables. La investigación en curso aventura que el despacho, que escogió el aséptico e inexpresivo nombre de Equipo Económico, canalizó comisiones disfrazadas de informes de asesoramiento fiscal para desviar cincuenta millones de euros a distintos paraísos fiscales. A pesar de la gravedad del caso, apenas se habla de él en los medios y los jueces no parecen tener prisa. El procedimiento contra el exfiscal Álvaro García Ortiz discurrió con la rapidez de un monoplaza de la Escudería Ferrari, mientras que el caso de Montoro avanza con la lentitud de un tractor con el motor medio gripado. Mientras tanto, el exministro de Hacienda descansa plácidamente cada noche, como los ejecutivos de Los canallas duermen en paz, la famosa película de Akira Kurosawa estrenada en 1960. Cuando escalas la cima del poder con una poderosa red preparada para protegerte de cualquier traspiés, la sensación de impunidad no altera los ritmos circadianos.
Montoro se parece extraordinariamente al Sr. Burns, el malvado propietario de la planta nuclear donde trabaja Homer Simpson. Su media sonrisa, sus manos de seminarista acostumbrado a sobar con las cuentas de un rosario y su mirada burlona de sapo semienterrado en el fango producen los mismos escalofríos que el Nosferatu de Murnau, calvo, demacrado y con orejas puntiagudas. Los malos no suelen tener miedo, pues juegan con ventaja. En España, la separación de poderes solo es un subgénero de la literatura fantástica. La judicatura no oculta su simpatía por la derecha ni su inquina por la izquierda. De ahí que algunos investigados ahuequen su almohada cada noche con la tranquilidad del que no teme al futuro, pues saben que las togas de Mordor velan sus sueños. El poder de la Tierra Negra, un paisaje salpicado de volcanes, cenizas y extrañas criaturas, es invencible, providente y ubicuo.
Lo cierto es que las togas de Sauron nunca se dan por vencidas. De ahí que la sección cuarta de la Audiencia de Valencia haya ordenado abrir juicio a Mónica Oltra en contra del criterio del juez y la Fiscalía. En cambio, la justicia ha pospuesto el juicio contra Alberto González Amador para después de las elecciones de 2027, alegando que no quiere interferir en las dinámicas electorales. Imagino que en Villa Quirón, la residencia de la feliz pareja compuesta por Isabel Díaz Ayuso y Alberto Burnet, secreto admirador de Lon Chaney, el hombre de las mil caras, las noches son sumamente tranquilas. Aunque Ayuso se ha convertido al catolicismo después de romper con su ateísmo de joven rebelde, no creo que vivir en pecado le obligue a recurrir a los hipnóticos para conciliar el sueño y su novio, un bigardo con la voz de Gracita Morales, seguramente duerme a pierna suelta, soñando que recorre las calles de Mónaco con su flamante Maserati. No sé si su mente a veces le juega malas pasadas y, así como algunos sufrimos la pesadilla recurrente de perder nuestras titulaciones por un suspenso retrospectivo, él se despierta bañado en sudor, pensando que vuelve a trabajar como un simple empleado de El Corte Inglés del Paseo de la Castellana. Si es así, seguro que Ayuso le consuela, asegurándole que Miguel Ángel Rodríguez, su Luca Brasi particular, triturará a los periodistas que han sacado a luz su irresistible ascensión a la cúpula del imperio Quirón.
Estoy convencido de que José María Aznar también duerme a pierna suelta. No sé si ha afeitado su bigotito de Charlot para borrar de su rostro esa expresión de villano de spaghetti-western, aficionado a disparar por la espalda. Ahora prefiere cultivar la imagen de hombre de negocios feliz y satisfecho. Es el ex presidente de España con un patrimonio más abultado y sigue despertando el fervor de los votantes de la derecha, que añoran su hiperliderazgo y su espíritu libre de complejos. Aznar no se avergüenza de su fervor juvenil por José Antonio Primo de Rivera ni de que 12 de los 14 ministros con los que formó gobierno en 2002 hayan sido imputados, encarcelados o implicados en asuntos judiciales. Y nunca se ha planteado que cometió una vileza al implicar a España en la segunda invasión de Irak con el falso pretexto de las armas de destrucción masiva. Piensa que gracias a su colaboración con el amigo americano, España recobró el lugar que le correspondía en el mundo. La famosa fotografía de las Azores con George Bush y Tony Blair quizás le parece tan épica y admirable como el abrazo entre Franco y Eisenhower o el retrato ecuestre de Carlos V en Mühlberg pintado por Tiziano. Probablemente, considera que dejar correr el bulo de que el atentado del 11-M había sido obra de ETA no fue una maniobra perversa, sino un ejemplo de astucia política. Al igual que diplomático florentino que alcanzó la fama con El príncipe, un clásico sobre el arte de gobernar al margen de la ética, Aznar ha comprendido que “un hombre que quiere ser bueno entre tantos que no lo son labrará su propia ruina”.
Aznar, uno de sus hijos y su yerno han aparecido en los papeles de Epstein. Imagino que ese detalle no ha perturbado el sueño del expresidente, que solo necesita leer unas páginas de Roca Barea o Pío Moa para sumirse en un dulce descanso. Dudo que Pablo Iglesias e Irene Montero pasen unas noches tan reparadoras. Quizás todavía resuenan en sus cabezas los pitidos, caceroladas e insultos de la horda que durante meses rodeó su chalet de Galapagar, un hogar de clase media y no una mansión de lujo. Aquel episodio, con algo de asedio medieval, puso de manifiesto que en España los rojos y los “perro-flautas” no duermen en paz, sino sobresaltados por el temor de que Abogados Cristianos, HazteOír, Manos Limpias, el PP o Vox les pongan una querella por asociación ilícita, apropiación indebida, desobediencia, cohecho, financiación ilegal o supuestas cuentas en paraísos fiscales. Basadas en recortes de periódico o rumores, estas querellas no suelen prosperar, pero al menos no dejan dormir tranquilos a los políticos de izquierdas, las cabezas visibles de esa anti-España que abre las puertas a la invasión islámica, ayuda a materializar los planes de ETA o pervierte a los niños al incluir la diversidad sexual en los planes de estudio.
La España Negra que retrató el pintor Gutiérrez Solana sigue viva y no ha cambiado de ropajes. Los obispos continúan ostentando sus mitras, los guardias civiles pasean sus tricornios en ceremonias y actos oficiales, los jueces se enorgullecen de sus puñetas, muchos periodistas siguen hundiendo sus manos en el fondo de reptiles y los políticos comparten mesa con banqueros, prebostes y aristócratas ociosos. Como las encuestas vaticinan un triunfo abrumador del tándem PP-Vox en las próximas elecciones, yo ya he comprado una caja de melatonina para poder dormir en la España distópica que se avecina, con hospitales colapsados, escuelas con telarañas y goteras, policías patrióticas y actos de afirmación nacional en la Plaza de Colón, con Toni Cantó como maestro de ceremonias y Mario Vaquerizo y sus Nancys rubias berreando el himno de la Legión con acordes de electropop y rock petardo.
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