Ceuta: ¿el talón de Aquiles del Gobierno?
Desde Ceuta se avistan, por la bahía, una serie de barquitos, cada uno de ellos coronado por la rojigualda. Se hacen llamar “Armada de la Solidaridad”, pero una armada, según la RAE, es el “conjunto de fuerzas navales de un estado”, escuadra específicamente diseñada para la guerra, y aquí apenas hay varias decenas de embarcaciones recreativas cuyo objetivo parece oscilar entre las muestras de empatía con los ceutíes y la generación de ruido mediático. El nombre elegido es inexacto, aunque eficaz si se trata de dotar de connotaciones bélicas a esta crisis migratoria, así como de arrogarse un significado salvífico muy lejos de la realidad.
En algunos periódicos, se califica a este conjunto de yates y lanchas como “flotilla”, invocando la que cruzó el Mediterráneo rumbo a Gaza para alertar de la masacre del pueblo palestino. De nuevo, el vocabulario es tramposo, construye paralelismos falaces; sugiere actuaciones propias del ejército en mitad de una conflagración o invoca la justicia social frente a un genocidio; no importa que su semántica esté dislocada, porque el mensaje va calando entre la ciudadanía hasta el punto de que cada quien maneja versiones similares del horror y una simbología de la violencia que va estallando en algunas zonas calientes. Pienso: el Gobierno ha perdido el relato; pienso también: es muy fácil manipular a la opinión pública entre las fauces del monstruo digital, pero, en teoría, contamos con profesionales para evitar estos fenómenos, ¿dónde estaban?
Ciertamente, la gestión de la crisis de Ceuta se ha visto marcada por una concatenación crucial de fallos y demoras, según ha detallado este medio. La tardanza a la hora de dictaminar el mando único o calcular la cifra total de migrantes que decidieron quedarse en el enclave español –no fueron 2.000, como se dijo al principio, sino varios miles más– retrasó una acción coordinada que requería todos los medios posibles desde el minuto uno, tanto por la ciudad autónoma que vio alterada su normalidad a partir del 30 de julio, como por los extranjeros que llegaron a nado o a pie, cuya vulnerabilidad es incuestionable.
De poco sirve ahora lamentarse ante las preciosas horas malbaratadas esa semana, aunque es conveniente reconocer que las primeras alertas surgieron con la sentencia del Tribunal Supremo –el 8 de julio– que prohíbe las devoluciones en caliente cuando el cruce de la frontera se efectúa a través del mar. Si hablamos de estrategia comunicativa, ahora mismo torpedeada por distintos flancos externos, tampoco ayudan las discrepancias entre los ministros Margarita Robles y Fernando Grande-Marlaska respecto al papel que ha jugado el CNI: quién tiene razón o en qué punto del espectro argumentativo se halla el “término medio” son preguntas que muchas personas se hacen, no solo en busca de la verdad, sino de la justificación para legitimar una inteligencia que naufragó aquel día.
Así que contamos con las demoras, los números danzantes, la descoordinación en cuanto a la palabra oficial, mientras el resto de las palabras, extraoficiales, andan circulando desbocadas por un paisaje cada vez más cuajado de odio, este, azuzado por la ultraderecha, consigue, a su vez, retroalimentarla y ampliar el alcance electoral de sus soflamas. Como una bola de nieve que va transformándose en alud a medida que desciende por la ladera, algunos tenemos la sensación de que “Ceuta” no para de engordar, no necesariamente en calidad de crisis migratoria o fronteriza, sino como cóctel discursivo capaz de dinamitar la estabilidad política del país y llevarse por el camino al Gobierno mismo. A saber: la carga simbólica del suceso supera con creces el mero manejo técnico, enmarcada, además, en un laconismo institucional que aún no ha explicado a qué países se podría atribuir este desmadre, más allá de la “injerencia extranjera en redes”. Porque la gente necesita nombres, datos, historias a las que agarrarse, y no meros eufemismos, por más que sea recomendable la prudencia diplomática.
Pero hay otros factores que contribuyen a esclarecer la estupefacción del ciudadano medio, especialmente entre las izquierdas. Durante años, el presidente Pedro Sánchez ha mostrado una singular pericia en asuntos relacionados con la política exterior. Su búsqueda de aliados orientales, el liderazgo europeo –con ejemplos tan claros como la “excepción ibérica”, que contuvo la inflación energética–, su oposición a Trump en temas como el ataque a Irán o el incremento del 5% del PIB al presupuesto de la OTAN, e incluso su bilingüismo, sirvieron para forjar la imagen de un mandatario que se movía por los espacios foráneos con solvencia y profesionalidad.
Como el héroe griego que nunca decae, así le lluevan pandemias o volcanes, Sánchez batallaba bien, con más fuerza si cabe fuera de nuestras lindes, hasta que la flecha envenenada descubrió justo el punto más débil, pues Ceuta parece representar el talón de Aquiles precisamente en los aspectos que dominaba, la geopolítica, incluyendo los equilibrios de la UE. Por eso, tal vez, resulte tan complicado encajar la escalada de unos acontecimientos de resolución compleja, sí, pero cuyo devenir está causando estragos horribles; entre ellos: la socavación de la convivencia, el auge del racismo y la saña –con grupos ultras impidiendo el reparto de comida a los migrantes o quemando sus escasas pertenencias–, o el daño reputacional a una de las pocas socialdemocracias sólidas en un mundo que se inclina peligrosamente hacia el autoritarismo.
Con manifestaciones de apoyo a Ceuta convocadas en las principales ciudades españolas para mañana –¿qué esconde, de nuevo, ese eslogan?–, es poco probable que la tensión se desvanezca como una gota de agua en el mar; más bien, podemos prever que se avive aún más la hoguera de la moral carente y las invectivas contra el Gobierno. Y bajo todo ello subyace, impotente, la interrogación multiplicada: ¿por qué no lo vieron venir?, ¿habría sido posible una gestión mejor desde el principio? Una palabra precisa, un golpe de timón que controlase el relato.
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