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¡Cuidado con Vox!

El diputado de Vox José María Sánchez conversa con la presidenta de la Cámara, Meritxell Batet (d), antes de su intervención en el pleno. EFE/Juan Carlos Hidalgo

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A las claras o por detrás, Vox es el primer protagonista del desquicie en que se ha convertido la política española desde hace un tiempo. No hay que deprimirse demasiado. En los últimos años, situaciones parecidas se han vivido en Francia, en Holanda, en Austria e incluso, visto a través del espejo deformante del Brexit, también en el Reino Unido. Al carecer totalmente de prejuicios o de principios, la ultraderecha sabe aprovechar las muchas contradicciones del sistema y atraerse el apoyo de sectores de la población que están hartos de cómo van las cosas y de las soluciones que proponen los partidos de siempre. Pero en el caso español, hay que inquietarse. Porque la cosa podría ir a más.

La gente que sabe coincide en que estos momentos los sondeos no son del todo de fiar, que el retrato real de lo que piensa votar la gente sólo se conocerá cuando falten pocos meses para las elecciones. Pero sí que indican tendencias. Y una de las más claras y unánimes en todas las encuestas es que Vox sube sin pausa. Poco a poco va arañando votos, mientras la derecha se estanca o cae y a la izquierda le pasa más o menos lo mismo. A la vuelta del verano que viene, si no antes, las cosas podrían cambiar. Pero la impresión de los expertos es que Vox va a mantener su marcha ascendente.

¿Hasta dónde? Hasta donde se lo permita el deterioro de imagen del PP y mientras el PSOE no reaccione y salga de su estancamiento electoral actual. La gente de Vox, que habla un día y otro también en los medios controlados por este partido, está convencida de que el futuro solo le puede deparar cosas buenas.

Y no porque Santiago Abascal sea un líder despampanante o porque su cúpula directiva esté plagada de personajes brillantes. Todo lo contrario: unos y otros son bastante mediocres. Y su discurso es perfectamente previsible. Dicen lo mismo que desde siempre han dicho los más fachas en los bares. Que todo va mal y nadie hace nada para remediarlo, que hace falta mano dura, que tanta libertad es suicida, que hay que acabar con la izquierda y que España por encima de todo.

Es muy probable que a buena parte de los que en los sondeos contestan que piensan votar a Vox no les importe mucho lo que en concreto proponen los dirigentes de ese partido. Eso queda para los más entregados, para los ultraderechistas de siempre, que no son pocos y que antes estaban en el PP. Para la mayoría de adictos a esta causa lo decisivo es que Vox se aparece ante ellos como algo distinto a todo lo demás, aunque en realidad no lo sea tanto. Desde esa perspectiva, decir cada día una burrada mayor que la del día anterior les es rentable. Los suyos las entienden como que no tienen pelos en la lengua, como que son los únicos valientes. 

Eso funciona y en un ambiente social que no se anda con detalles, que les sobra con comprobar lo mal que van las cosas, Vox tiene la ventaja de presentarse como algo nuevo, que no quiere componenda alguna con lo que hay. Aunque por poco que se escarbe suena al pasado más negro, el del franquismo. Que, por cierto, Vox venera como algo sagrado.

Es llamativo que el rechazo de la inmigración y de los inmigrantes, que ha sido el gran motor movilizador de la ultraderecha francesa, holandesa o italiana, no sea, aun siendo utilizado cada vez con más profusión, un argumento decisivo del éxito relativo que viene cosechando Vox. El hecho de que buena parte de nuestros inmigrantes hable castellano puede ser uno de los motivos de ello. Porque, ciertamente, la comunidad islámica lo tiene peor. 

Pero paradójicamente, el caballo de batalla del partido de Abascal está siendo los derechos que la mujer ha venido adquiriendo en la democracia española. El machismo a lo bestia, sin tapujos, le está funcionando. Ahora, cada vez más claramente, también empiezan a levantar la bandera del antieuropeísmo y más a medida que crecen los problemas de todo tipo en la Unión Europea. Y, como siempre, la demonización de la izquierda. Y del desprecio creciente a la tibieza del PP. Y como era de esperar, las supuestas connivencias de la izquierda con los nacionalistas e independentistas. 

No está mal que los medios masivos tiendan a ignorar las andanzas de Vox. Peor sería que estuvieran dispuestos a contarlas punto por punto. Porque animaría a esa gente a hacer y decir aún más barbaridades, con tal de salir en los papeles. Pero tampoco se puede ignorar el protagonismo que ese partido está adquiriendo en la irracional dinámica de la política española.

Porque dentro de no muchos meses podríamos encontrarnos con una realidad que da miedo sólo con pensar en ella. La de que Vox superara en los sondeos al PP, quién sabe si hasta el PSOE mismo y pudiera convertirse, aun por pocos escaños, en el gran vencedor de las futuras elecciones. 

No es eso lo más probable que ocurra. Pero tampoco se puede descartar del todo. Particularmente si se observa lo que está pasando en el PP que, en principio, debería ser el encargado de impedir que Vox subiera más de lo que hasta el momento lo ha hecho.

Pero a lo que apunta el partido de Pablo Casado es a que su situación interna empeore aún más. Porque la pugna con Isabel Díaz Ayuso no va a remitir y empieza a estar cada vez más claro que a lo que aspira la presidenta madrileña es a que Casado pierda las elecciones, porque eso le abriría la puerta del poder absoluto. Y porque la unidad interna con las organizaciones regionales, particularmente las más poderosas, empieza a resquebrajarse y ya empieza a haber indicios de que, de un momento a otro, algún barón regional dé un golpe sobre la mesa, si no es que lo ha dado ya. Casado lo tiene muy difícil para rehacerse. Y más si sigue metiendo la pata.

Los dirigentes de Vox se deben de estar frotando las manos a la vista de ese espectáculo. Porque los problemas del partido del que proceden buena parte de ellos son oportunidades para la ultraderecha. Y si la cosa se pone muy mal en el PP, todavía mejor. 

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