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Todos decimos ‘mamá’

Un bebé recién nacido en una foto de archivo

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Casa en alemán es Haus, en yoruba es ilé, en euskera es etxe. Agua en náhuatl es atl, en wolof es ndox, en ruso es voda. Las palabras varían entre idiomas y, en general, no es posible encontrar una motivación intrínseca que nos permita conectar la palabra y la cosa significada de forma unívoca. Simplemente, es así. Que en otros idiomas las palabras se digan de otra manera nos demuestra que la relación entre la forma y la referencia es puramente arbitraria. ¿Siempre? No, no siempre. Una palabra parece desafiar esta arbitrariedad: la palabra mamá. En mandarín, en navajo, en swahili, en quechua… allá donde miremos, la palabra para referirse a la madre es mama, o alguna variante nasal muy semejante. La palabra papá tampoco escapa a esta singularidad: en lenguas de todo el mundo se refieren invariablemente a los padres con formas como papa, dada, tata, baba y similares. ¿Cómo se explica esta anomalía? ¿Por qué mamá y papá parecen escapar a la arbitrariedad del signo? 

Cuando una o varias palabras son compartidas entre dos o más lenguas, hay un par de explicaciones posibles en las que debemos pensar. En primer lugar, puede ser que se trate de un préstamo, es decir, que la coincidencia se explique porque una lengua tomó prestada de otra una palabra y eso justifique que hoy nos encontremos con palabras compartidas entre idiomas, de la misma manera que en el castellano de hoy encontramos términos que también existen inglés porque los hemos tomado prestados. Es decir, podríamos pensar que quizá el sospechoso parecido que muestran mamá y papá en todas las lenguas pueda explicarse a través de antiguos préstamos. A fin de cuentas, existen casos de préstamos que han tenido mucho tirón internacional y que es posible encontrarse en multitud de lenguas distintas. Es el caso de palabras como hotel, taxi o aeropuerto, términos que a veces se llaman internacionalismos, es decir, palabras que tienden a ser iguales o sospechosamente parecidas en idiomas tremendamente dispares y alejados, simplemente porque la palabra se acuñó originalmente en una lengua, de ahí se extendió como mantequilla sobre la faz de la tierra y hoy nos la encontramos luciendo una próspera carrera internacional.  

Podríamos entonces plantearnos si el gran tirón de las formas mamá y papá se explicaría como un caso de internacionalismos a los que les ha ido especialmente bien. El problema reside en que mamá y papá parecen palabras sustancialmente diferentes a lo que habitualmente encontramos en el cajón de los internacionalismos: que términos como taxi o internet campen a sus anchas por lenguas tan aparentemente alejadas como el húngaro o el indonesio no resulta, al fin y al cabo, tan sorprendente. Son palabras inherentemente internacionales, vinculadas con el mundo de la tecnología o del turismo y que se prestan especialmente a formar parte de la jerga compartida globalmente. 

Pero justamente mamá y papá están en las antípodas de esto: pertenecen al ámbito de lo doméstico, de las relaciones sociales más primarias en las que la jerga técnica o globalizada ni está ni se la espera. De hecho, mamá y papá aparecen en la lista Swadesh, una lista de términos originalmente recopilada en 1952 por el lingüista Morris Swadesh y que hoy contiene 207 conceptos básicos y universales en las lenguas humanas. Los lingüistas consideran que las nociones en esta lista son tan básicas que se resisten a ser tomadas prestadas de otras lenguas. Asomarse a la lista Swadesh es asomarse al conjunto de palabras que denominan nuestra realidad humana más inmediata y primaria: yo, diente, pájaro, agua, árbol, fruta, uno, dar… No es sorprendente que entre ese repertorio de palabras básicas nos encontremos a mamá y a papá en las posiciones 42 y 43 respectivamente.

De acuerdo, si es improbable que mamá y papá sean resultado de un préstamo masivo a escala global, ¿qué otra explicación podemos barajar? Otra hipótesis posible sería la del ancestro común. Si varias lenguas tienen una cantidad de palabras razonablemente parecidas y hemos descartado que sean el resultado de un préstamo bilateral entre ambos idiomas, entonces podemos sospechar si quizá esa colección de términos compartidos puede explicarse porque ambas lenguas sean hermanas, es decir, porque ambas lenguas desciendan de una antigua lengua común. Este proceso de arqueología léxica (que conlleva el rastreo casi detectivesco de palabras y patrones compartidos entre varios idiomas) se conoce con el nombre de método comparativo y es de hecho el que permitió hipotetizar la existencia del indoeuropeo, una protolengua nunca documentada materialmente pero que sería la antepasada de buena parte de las lenguas europeas y que nos permite explicar las semejanzas entre idiomas tan aparentemente alejados como el sánscrito, el persa, el griego, el alemán y todas las lenguas románicas.

La hipótesis de que mamá y papá sean en realidad el último vestigio superviviente de una antigua lengua común a toda la humanidad hoy perdida es tentadora, porque nos permite fantasear con la idea un idioma protosapiens que se remontaría a los albores de la humanidad y del que mamá y papá serían términos. No obstante, la ausencia de evidencia documental o científica que respalde la existencia de tal lengua ancestral (o la posibilidad misma de reconstruirla) hacen que cualquier propuesta en esta dirección se considere por ahora pura elucubración.   

Descartada la posibilidad del préstamo y aparcada la hipótesis de la lengua común antediluviana, ¿qué explicación razonable nos queda? ¿Cómo podemos justificar que del sumerio a las lenguas mayas o que del vasco al yoruba mamá sea invariablemente mamá? La explicación es tan sencilla que es cosa de niños; en concreto, de cómo aprenden a hablar. El sonido bilabial M (labios sellados, casi un murmullo) es de los fonemas más simples que se pueden articular, como lo es la vocal A (producida con el tracto vocal abierto y relajado), seguidas de las consonantes oclusivas correspondientes a B, P, T y D. Esos son los primeros sonidos que un cachorro humano preverbal aprende a articular y con los que experimenta en primer lugar. 

A lo largo y ancho del planeta y desde que el mundo es mundo, los adultos han asociado estos incipientes balbuceos no intencionados con ellos mismos y han creído ver un nombre donde solo había un chapurreo. Es la universal respuesta entusiasta de los padres la que convierte el balbuceo en invocación y, en último término, en palabra. Cuando hago este ruidito, la persona que me cuida me atiende. Ellos no aprendieron a llamarnos; simplemente, nosotros nos dimos por aludidos.

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