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Novedades en el diccionario: cinco claves lingüísticas

El director de la RAE, Santiago Muñoz Machado, y la responsable del Instituto de Lexicografía, Elena Zamora, presentan las novedades del Diccionario.

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La RAE ha presentado las nuevas palabras que se incorporan este año al diccionario académico. El acontecimiento (que se repite anualmente) tiene algo de gala de los Oscars léxica, con sus sorpresas, sus quinielas y sus decepciones. Hay algo enternecedor en que, durante unas horas o días, en las radios, en los telediarios y en las conversaciones cotidianas se comenten las novedades lexicográficas como quien comenta el partido de liga de la noche anterior. 

Aunque la presentación de las novedades del diccionario tiene más de evento publicitario de una institución privada que busca foco mediático que de fenómeno verdaderamente lingüístico, es buena ocasión para desgranar algunas claves lingüísticas y desterrar algunos de los mitos que acompañan a la labor de la RAE y la función de los diccionarios. 

La RAE no “admite” nada

En titulares y corrillos desinformados a veces se proclama que con las nuevas incorporaciones “ya se puede decir perreo/machirulo/[inserte aquí su novedad lexicográfica favorita]”, como si antes no se pudiera. Lo que subyace a esta idea es el mito de que si una palabra no está en el diccionario quiere decir que no existe, que está mal o, como poco, que su uso no es recomendable. Desde esa perspectiva, la entrada de nuevas palabras a veces se interpreta como una claudicación por parte de la Academia (“la RAE cede a la presión de quienes hablan mal”) o como el levantamiento de una prohibición. Pero nada más lejos de la realidad. La labor de un diccionario no es seleccionar aquellas palabras del castellano que son aceptables y separarlas de las que no lo son. La función de un diccionario es recopilar las palabras que se usan en un idioma y dar cuenta de su significado. 

Una palabra puede no aparecer en un diccionario general porque sea reciente, porque tenga un uso poco asentado o muy restringido (como ocurre con los tecnicismos) o porque sea una palabra morfológicamente derivada y semánticamente transparente (como “librito”, “manaza” o “cómicamente”). Que una palabra no aparezca en el diccionario no quiere decir, por tanto, que no se pueda usar o que la RAE desaconseje su uso. La RAE no “admite” nada porque aparecer en el diccionario no es obtener un sello de aprobación académico. La propia introducción del diccionario académico advierte de que la función del diccionario no es recoger todas las palabras del español. 

Hoy se puede decir “balconing”, “sinhogarismo” o “machirulo” con la misma legitimidad y validez con la que se podía decir el mes pasado. La diferencia es que hoy se puede acudir al diccionario de la RAE para comprobar su significado. La incorporación de una nueva palabra al diccionario hace mejor al diccionario, no a la palabra.

A buenas horas: ‘alien’, ‘chundachunda’, ‘regañá’

La tarea lexicográfica (esto es, recopilar e incorporar términos y definiciones al diccionario) es un trabajo de hormiguita que tiene algo de labor de Sísifo. Para poder registrar y definir un término es necesario que muestre un cierto uso y que tenga un significado suficientemente asentado. Es esperable, pues, que una palabra de reciente creación no esté en el diccionario y que haya un cierto desfase entre la lengua que los hablantes usan y el vocabulario que los diccionarios recogen. Este desfase atestigua que la lengua no es estática y que está sujeta a constante cambio, algo que es particularmente evidente en el plano léxico. 

No obstante, algunas de las nuevas incorporaciones anunciadas por la Academia evidencian que ese desfase va más allá de lo justificable. Que en el año 2023 de nuestro señor se anuncien como novedades lexicográficas términos como “alien” o “chundachunda” habla más de la dinámica interna de trabajo del diccionario que de cambios novedosos en la lengua. Incorporaciones recientes de palabras largamente asentadas en castellano como “tirolina” (2020), “pinganillo” (2021) o “sindiós” (2021) apuntan en la misma dirección. 

Ausencias inexplicables: ‘flamenquín’, ‘gilda’, ‘online’

Por no mencionar las ausencias clamorosas que siguen sin incorporarse. “Flamenquín”, “pirindolo” o “gilda” siguen fuera, a pesar de ser todas ellas palabras asentadas, con significados bien definidos y que forman parte del día a día de muchos hablantes. ¿Cómo explicar que entre los extranjerismos incorporados estén términos bastante específicos como “parkour”, “macguffin” o “big data” pero no el muy ubicuo “online”? La RAE insiste en que su labor es la de ser notaria del uso, pero estas ausencias hacen preguntarse cuáles son los criterios que sigue la Academia, que permitieron incorporar por la vía rápida neologismos como “posverdad” (2017), “tuit” (2014) o “desconfinamiento” (2020) y términos de nicho como “empeltre” (2020) o “berlanguiano” (2020) antes que “pifostio” (2021). 

La presentación anual de incorporaciones ganaría enteros si además del listado de términos nuevos proporcionasen los datos que respaldan esas incorporaciones. No solo especialistas y curiosos disfrutaríamos de lo lindo si pudiéramos asomarnos a los criterios técnicos que guían la toma de decisiones lexicográficas. La propia Academia saldría ganando: la publicación de datos ayudaría a contextualizar mejor el trabajo lexicográfico, dotaría de mayor legitimidad a las novedades incorporadas y contribuiría a desterrar la sombra de arbitrariedad y poca sistematicidad que las ausencias clamorosas y las incorporaciones intempestivas o interesadas arrojan sobre la actividad académica.   

‘Perreo’ o el espinoso arte de definir

Las nuevas incorporaciones del diccionario ofrecen una buena oportunidad para reflexionar críticamente sobre cómo se construyen las definiciones y qué sesgos y presuposiciones del mundo subyacen al diccionario. El caso más comentado ha sido quizás la definición de “perreo”: “Baile que se ejecuta generalmente a ritmo de reguetón, con eróticos movimientos de caderas, y en el que, cuando se baila por parejas, el hombre se coloca habitualmente detrás de la mujer con los cuerpos muy juntos.”. 

Dejando al margen la sugerente elección estilística del orden adjetivo-nombre en “eróticos movimientos de caderas”, algunas personas han señalado que en la definición se da por sentado que quienes perrean son necesariamente un hombre y una mujer con un reparto de papeles muy concreto, lo cual es una visión bastante estrecha del baile en general y del perreo en particular. 

El caso de “perreo” no es excepcional. El diccionario, como toda obra humana, está impregnado de los estereotipos, etiquetas y presuposiciones culturales de la época y de las personas que confeccionan un diccionario. No se trata en este caso de señalar la presencia de términos peyorativos polémicos (como ocurrió en su día con “sexo débil”), sino de detectar qué definiciones del diccionario, lejos de ser asépticas o neutras, esconden visiones del mundo sesgadas. Si bien algunas de las definiciones más militantes (como las referidas a la religión católica) han sido enmendadas en los últimos años, perviven definiciones más que cuestionables que piden a gritos un remoce. Encontramos definiciones (como las de “bardaje” o “puto”) en las que se usa “sodomita”, un término con una connotación innegable impropia de una definición. Otro ejemplo sangrante es el de la simpática palabra “cocinillas”, que aparece definida como “hombre que se entromete en las tareas domésticas”. El problema no reside en que se recoja el término en sí ni ese uso en concreto, sino en la presuposición que dispara la elección del verbo “entrometer”, que da a entender que las tareas domésticas no incumben a los hombres. 

Nueva funcionalidad: sinónimos y antónimos

Por último, entre las novedades más celebradas del diccionario está la adición de sinónimos y antónimos a las entradas. Si bien se han venido un poco arriba al proclamar que la incorporación de antónimos y sinónimos es algo que “ningún otro diccionario tiene” (¿esta gente no conoce los catálogos del Moliner?), es buena noticia que el diccionario ofrezca nuevas funcionalidades. Los sinónimos y antónimos van además acompañados de una indicación que advierte si un término es peyorativo u ofensivo. 

Esperemos que esta novedad augure la futura incorporación de otras informaciones hoy inexplicablemente ausentes del diccionario académico, como datos de frecuencia, ejemplos de uso reales, extensión geográfica, transcripciones fonéticas, fecha de primer registro, fecha de incorporación, uso a lo largo del tiempo, palabras relacionadas, colocaciones y otros datos relevantes que recursos mucho más modestos que el académico ofrecen desde hace tiempo.   

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