Los otros efectos secundarios de las vacunas

Vista de un recipiente de la vacuna de los laboratorios Pfizer/BioNTech contra la covid-19. EFE/Thais Llorca/Archivo

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A ver, una pregunta tonta que me ronda desde hace meses, y que nunca me atrevo a hacer por no alimentar bulos ni dar aire a los plastas negacionistas: las multinacionales farmacéuticas esas de cuyas vacunas depende hoy nuestra salud y nuestra economía, ¿son las mismas multinacionales farmacéuticas de las que llevamos décadas desconfiando y echando pestes por sus prácticas turbias, una y otra vez denunciadas y a veces condenadas por corrupción, sobornos, regalos a médicos, ensayos clínicos irregulares, presión sobre gobiernos e instituciones internacionales, financiación de partidos y candidatos presidenciales que favorezcan sus intereses, expolio de recursos naturales y riqueza biológica de países africanos, la crisis de los opiáceos en Estados Unidos, y mil y un comportamientos nada éticos, cuando no directamente criminales?

Sigo con mi pregunta, que tengo que coger aire: las multinacionales farmacéuticas esas de cuyas vacunas depende hoy etcétera, etcétera, ¿se trata por casualidad de las mismas multinacionales farmacéuticas que llevan décadas protagonizando denuncias y demandas de usuarios, todo tipo de investigaciones periodísticas y judiciales, además de cientos de entretenidísimos thrillers cinematográficos en los que intrépidos periodistas y médicos honrados destapan sus actuaciones mafiosas poniendo en riesgo su vida? ¿Hablamos tal vez de los mismos fabricantes acusados desde hace más de medio siglo de dedicar recursos a investigar según qué enfermedades en función de su rentabilidad, desarrollar preferentemente tratamientos crónicos antes que curativos para asegurar ingresos sin fin, o sacar enormes beneficios de nuestros miedos y ansiedades? ¿Los mismos que, contra la creencia de que la investigación progresa gracias a su esfuerzo, en realidad dedican un porcentaje pequeño de sus ganancias a investigar mientras se benefician una y otra vez del trabajo público de universidades, centros de investigación y hospitales por todo el planeta, y de enormes cantidades de dinero público?

Venga, tranquilícenme un poco, quítenme el susto del cuerpo: díganme que no, que no son las mismas; que las farmacéuticas que hoy fabrican y suministran nuestras vacunas contra el coronavirus no son las de los dos párrafos anteriores; que son otras, más transparentes, más éticas, más preocupadas por el bienestar de la humanidad y menos obsesionadas por el beneficio a toda costa.

No quiero ni pensar que nuestra salud y nuestra economía, es decir, nuestras vidas y nuestro futuro, estuvieran a merced de aquellos granujas. Estoy convencido de que nuestros gobernantes, europeos y españoles, no lo permitirían. Y si no les quedase otro remedio que encomendarse a esos mismos fabricantes, confío en que no permitirían que se beneficiasen de dinero público e investigación pública sin antes asegurar el suministro suficiente y equitativo de vacunas, atendiendo a criterios de salud global antes que a la ley del mercado; y lo harían mediante contratos transparentes, nada de cláusulas confidenciales o párrafos tachados.

Es más: incluso en el hipotético caso –improbable, insisto– de que, por causas de fuerza mayor –la urgencia por conseguir una vacuna contrarreloj–, nuestros gobernantes se hubiesen arrojado a los brazos de esas mismas farmacéuticas de los dos primeros párrafos, apuesto a que serían implacables con cualquier incumplimiento de suministro o con la mínima sospecha de desvíos de la producción o subasta de vacunas al mejor postor, llegando incluso a obligarlas a compartir conocimiento para que otros puedan también fabricar.

Espera, que voy un paso más allá: en el improbable, hipotético y totalmente inverosímil caso de que toooodo lo anterior hubiese sucedido, y estuviésemos hoy totalmente a merced de unas cuantas farmacéuticas como las descritas en los dos primeros párrafos, y no hubiese más remedio que tragar y seguir adelante, pongo la mano en el fuego porque nuestros gobernantes y organismos internacionales estarían ya preparando futuras reformas contra el oligopolio farmacéutico y planeando incluso la creación de farmacéuticas públicas para que, ya que en esta pandemia no ha sido posible, no nos suceda lo mismo en la siguiente. Más o menos lo que pasó con los bancos cuando la crisis de 2008: entonces hubo que tragar y rescatarlos, porque de su caída dependía la economía mundial, pero una vez pasado el susto los gobiernos y organismos internacionales se pusieron muuuuy serios y metieron en vereda a la banca mundial, que desde entonces rinde cuentas ante la ciudadanía y revierte sus beneficios en el bien común.

Perdonen el desahogo, pero quería sacarme estas dudas de encima. Que cuando me llamen para vacunarme, no quiero ir preocupado por los efectos secundarios, ni los de la vacuna ni los derivados del trato con sus fabricantes.

Del acceso de los países con menos recursos a la vacunación ya hablamos otro día, que se me acaba la página. Y por favor, al salir apaguen el Ironic Mode, que me lo he dejado encendido.

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Publicado el
6 de abril de 2021 - 22:28 h

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