La extinción de la experiencia

Niños en Olmeda de la Cuesta

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La ola de calor de la última semana nos ha dejado a mi hijo y a mí agotados y enfermos con un virus de fiebres altas y malestar general que nos tiene postrados entre el sofá y la cama desde hace seis días. El primer día de fiebre de mi hijo, cuando parecía que aquellas décimas eran el síntoma del excesivo calor, de los más de cuarenta grados infernales a las dos de la tarde, hora a la que mi hijo sale del colegio, nos fuimos a la casa de mis padres al pueblo. El pueblo parece un lugar mucho más habitable que la ciudad, sobre todo, cuando vives sola con tu hijo de tres años en un bajo de cuarenta metros cuadrados sin luz solar. Cuando me separé hace unos meses, lo único que me quisieron alquilar —parece ser que una madre separada y autónoma no es la inquilina ideal— fue ese pequeño espacio excesivamente caro en el centro de Sevilla, una ciudad cada vez más pensada para el turista. Aun así, nuestra minicasita está llena de libros y juguetes y hermosos recuerdos de estos tres años que llevamos como hijo y madre. Es habitable y acogedora porque lo hemos hecho posible, de otra manera, sería un diminuto espacio excesivamente frío en invierno, húmedo en verano y con infinitas hileras de hormigas del suelo al techo. 

Hace un par de meses, tomé una decisión, otra más en este año de cambios: mi hijo y yo nos iríamos a vivir al pueblo. A algunas personas de mi entorno, les sorprendió, hasta les escandalizó la idea de que alguien como yo —«alguien como tú, escritora, en un pueblo, ¿no te vas a aburrir?»— dejara la ciudad para enraizarme de nuevo en el pueblo del que tantas veces renegué. Fue, en primer lugar, una decisión económica, algo que parece difícil de entender para muchas personas, quizá para personas que viven en pareja y tienen dos sueldos —dos sueldos precarios como casi todas las personas de mi generación, pero dos sueldos, al fin y al cabo— o personas que tienen cierto colchón familiar o que han vivido toda su vida en la ciudad y cuentan con una tribu. A mis 36 años de vida, comienzo a tener algunas cosas claras: no estoy dispuesta a dejarme todo lo que gano en el alquiler de un minipiso sin saber cuándo me echarán para convertirlo en un alquiler turístico y quiero que mi hijo crezca en un entorno más habitable, más cercano a la naturaleza, más sencillo. De repente, todo aquello que me había atraído de la ciudad se convirtió en una trampa. Las distancias son infinitas, no hay tribu, todo es carísimo, cada vez más caro y más cool y más gentrificado y los bares no cierran nunca por eso el ruido no se acaba nunca y no hay día que no amanezcamos con el ruido de una obra de otro hotel más al otro lado de los muros de nuestra casa. 

Sevilla, una de las ciudades españolas con temperaturas más elevadas donde los veranos son cada vez más largos e intensos, es una ciudad sin fuentes, una ciudad con pocos árboles y poca sombra. Pienso, por ejemplo, en la Encarnación, una enorme plaza en el centro de la ciudad donde se llevó a cabo una obra arquitectónica excesiva que hoy atrae a hordas de turistas, las conocidas popularmente como las Setas. Un espacio donde no hay ni un árbol y apenas un tobogán, pero sí mucho hormigón. En lo alto de las Setas, concebidas como una gigantesca pérgola, anidan gorriones, miles de gorriones que, al no tener árboles ni ramas en las que posarse, se resguardan en las estructuras del extraño parasol ideado por el arquitecto alemán Jürgen Mayer y caen fulminados por el calor ante el terror de los niños que juegan a la sombra. Siempre fantaseo con la idea de que esa plaza se hubiera convertido en un parque, un espacio verde con bancos y sombra y pequeñas fuentes para que bebieran niños y pájaros. Un parque justo ahí le hubiera dado a la ciudad un respiro. Me cuesta entender por qué se sigue dando la espalda a una realidad que cada día se hace más evidente: el caos climático producido por la humanidad. 

Escribo esto en la sala de estar de mis padres, entra una leve brisa por el ventanal que da al patio y veo un cielo azul poblado de esponjosas nubes. Mi hijo dormita en el sillón justo a mi lado y pienso en algo que leí el otro día en el ensayo Perdiendo el edén de Lucy Jones. Jones, periodista inglesa, habla de la «extinción de la experiencia», un concepto acuñado por el escritor y ecologista Robert Pyle que tiene que ver con la idea de que cada vez es menor el número de niños que entra en contacto con la naturaleza y que, a su vez, cuando estos niños se conviertan en padres, la conexión de sus hijos será más y más débil: «Se trataría de un ciclo de desafección y pérdida que comienza con la extinción de experiencia, sucesos y sabores hasta ahora comunes en nuestro entorno más cercano; esta pérdida lleva primero a ignorar la variedad y el matiz, luego le siguen la alienación, la apatía, la ausencia de preocupación, y todo esto conduce a que se acelere la extinción. ¿Qué le importa la extinción de un cóndor a un niño que no sabe lo que es una golondrina?». 

Cuando salimos a pasear por el pueblo, mi hijo siempre se detiene en unas matas de romero que hay cerca de la casa de los abuelos a coger una ramita. Le gusta su olor, la huele él primero y luego me la pone justo en la nariz para que absorba toda su fragancia. Y al llegar a casa, va corriendo a buscar a mi madre para que le dé un vasito de agua donde meter la ramita de romero. Unas veces, a la ramita de romero se añaden unas florecillas de jazmín o de hortensias y, si pasamos varios días allí, el vaso guarda un pequeño ramo silvestre. La hipótesis de Pyle me da vueltas y vueltas en la cabeza. Una sociedad que vive de espaldas a la naturaleza es una sociedad condenada a la extinción. No quiero que mi hijo se crie entre ríos de hormigón y plástico, no quiero que la experiencia de la naturaleza, de trepar a los árboles, oler las flores, seguir a las cabras en su pastoreo por los campos sea una ficción más para él. Quiero que sienta soplar el viento en las noches de invierno y que oiga cómo caen las primeras gotas de lluvia que chocan con las hojas de los árboles y los azulejos del patio y que escuche a las cigüeñas que rompen el silencio de la siesta con su crotoreo. Y que se asome a la puerta de la casa y pueda ver el cielo y las estrellas titilando en la noche y que llegue caminando a los campos de girasoles y vea un horizonte despejado, esa hermosa línea donde se unen el cielo y la tierra. Supongo que es la única manera que se me ocurre de que mi hijo llegue a amar a la naturaleza tanto como para querer cuidarla. Quizá no esté todo perdido, quizá en nuestros hijos esté la llave para un futuro más sostenible. 

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