John Cornford, la fe y el verso en un solo acto
A los 90 años del inicio de nuestra guerra civil y de la venida a España de más de 35.000 voluntarios, de 50 países, para defender la República, es imposible no mitificar a uno de ellos, el poeta británico John Cornford; no verlo como un héroe byroniano o, mejor, homérico. Era apenas un muchacho de veinte años cuando llegó a Barcelona, el 8 de agosto de 1936. Había pasado por Cambridge, donde se graduó en historia, y aún había encontrado tiempo para escribir poesía y para “dedicar catorce horas al día a la política”, según recordaba un compañero de estudios.
Cuando estalló nuestra guerra, vino inmediatamente. Quería escribir sobre lo que sucedía, pero al poco tiempo envió una carta a su padre: “Después de tres días en Barcelona, me ha quedado claro, primero, que la situación es muy grave; segundo, que un periodista sin conocer ni una palabra de español no sirve para nada. He decidido unirme a las milicias.”
Fue a alistarse al Hotel Colón, entonces sede del PSUC, en la plaza de Catalunya, y, como explicaba años después un compañero suyo, encontró allí «a unos alemanes amables pero muy estrictos, que habían aprendido de Bismarck y de los años de exilio que era necesario tener a punto y en todo momento los papeles necesarios. Le dijeron que no podía unirse al grupo Thaelmann ni a ninguna otra unidad de voluntarios extranjeros organizada por el PSUC, hasta tener algún documento o a alguien conocido que lo avalara». No quiso esperar y se unió a las milicias del POUM, en el frente de Aragón.
En otoño enfermó, pasó unas semanas en el hospital y regresó a Inglaterra, donde aprovechó para persuadir a algunos de sus amigos para que marcharan con él a luchar en España. Uno de ellos, Bernard Knox, lo recordaba así: “quería reclutar una pequeña unidad británica que diera ejemplo de entrenamiento y disciplina (…) Me pidió que me uniera a ella y lo hice sin pensármelo dos veces.”
Reclutó a doce amigos, y se incorporaron a las Brigadas Internacionales, en Albacete. En noviembre estaban en Madrid, donde Cornford fue herido en la cabeza. En diciembre volvió a la primera línea, donde ya se había formado un batallón británico. Murió en combate en el frente de Andalucía, en Lopera, el 27 de diciembre de 1936, el día en que cumplía veintiún años.
En su libro Essays ancient and modern (1989), Bernard Knox recuerda que, cuando llegó al frente de la Ciudad Universitaria, lo destinaron al servicio de una ametralladora emplazada frente a un edificio que llevaba la inscripción «Filosofía y Letras». Resultó herido y, caído en el suelo y con mucha sangre brotando, pensó que se moría: «Estaba consumido por la rabia: una rabia furiosa y violenta. ¿Por qué yo? Tenía solo 21 años y apenas había empezado a vivir mi vida». Tal vez su vocación se selló allí: sobrevivió y se convirtió en profesor de griego en la Universidad de Harvard, donde dirigió el Centro de Estudios Helénicos desde 1962 hasta su jubilación, en 1985 (murió en 2010). De su amigo Cornford decía que era «la persona más extraordinaria que he conocido jamás, quizá porque pensaba y actuaba con una determinación férrea». De si mismo, en su vejez, decía: que era “uno de aquellos que fue a España y dejó allí su corazón.”
En el frente de Aragón, Cornford escribió un poema que José Agustín Goytisolo tradujo muchos años después:
“A Margot Heinemann: / Alma del mundo desalmado, / alma mía, tu recuerdo / es el dolor que siento en mi costado, / la sombra que ensombrece cuanto veo. / Al atardecer se alza el viento / a recordarnos que el otoño viene, / yo, yo tengo miedo a perderte, / y tengo miedo a mi miedo. / Camino de Huesca, en el último tramo, / última barrera para nuestro honor, / tan tiernamente pienso en ti, mi amor, / como si tú estuvieras a mi lado. / Y si la suerte acaba con mi vida / dentro de una fosa mal cavada, / acuérdate de toda nuestra dicha; / no olvides que yo te amaba.”
En La memoria y los signos (1960–65), José Ángel Valente le dedicó un poema (“John Cornford 1936”.). Unos versos dicen así:
“Así estás igual a ti mismo
con la pasión que aquí te trajo.
Un solo acto de vida y muerte,
la fe y el verso en un solo acto.“
En su libro Las armas y las letras (2019), Andrés Trapiello cita mal a Cornford, me temo que adrede: “Lo dijo John Cornford, prometedor poeta que perdería la vida en esta guerra con veintiún años: ”This is a fine war“. Una guerra bonita.” Pero Cornford dijo exactamente lo contrario: “No wars are nice, and even a revolutionary war is ugly enough.” Trapiello debería haberlo transcrito con respeto: “Ninguna guerra es bonita, e incluso una guerra revolucionaria es muy fea.”
«Somos el futuro», concluía uno de los últimos poemas de Cornford. En un volumen conmemorativo publicado al año siguiente de su muerte, un compañero de estudios recordó haberle oído decir “Estoy aprendiendo a vivir viviendo”, y comentó que “en realidad, estaba aprendiendo a morir”. Veía inútil su sacrificio. No lo fue, si pervive en nuestra memoria y ayuda a mover voluntades frente a nuevas amenazas.
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