El derecho, la barbarie y el voto
En el fragor de la precampaña electoral -esta extraña mezcla de gritos y silencios- apenas se ha hablado de la celebración del 40 Congreso de la asociación Juezas y Jueces para la Democracia (JJpD) que tuvo lugar la pasada semana en Donostia / San Sebastián. Sin embargo, el tema con el que se convocó no puede ser de más acuciante actualidad: «Barbarie o Derecho: encrucijada para la humanidad», y que un centenar y medio de nuestros magistrados dedicaran dos días a discutir sobre el mismo bien merecía un mayor relieve. Pero en estos minutos del partido, la barbarie está ganando informativamente, en los medios de comunicación y en las redes.
Pasó por Madrid el presidente argentino y dijo a los españoles que “hay que sacar a los socialistas a patadas” y que Pedro Sánchez es un “impresentable dictador, delincuente, ladrón”. De paso, se despachó a gusto con la prensa. Tildó a una periodista de “corta” y fulminó a los periodistas en general, llamándoles “fabuladores, endogámicos, mentirosos en serie”. Es lógico pensar que sin Trump en la Casa Blanca, el presidente argentino no habría utilizado estas expresiones, por muy cruzados que tenga los cables. Pero Milei debe creer que en estos momentos hay barra libre para la barbarie verbal, del mismo modo que hay libre curso para la barbarie a secas, para la de los hechos. No anda desencaminado.
Corre la sangre en el mundo -en Gaza, en Cisjordania, en Ucrania, en tantos otros lugares-, del mismo modo que fluye en abundancia la saliva. Un ministro de la Guerra en Washington ha propuesto retransmitir en directo y en streaming las ejecuciones de terroristas en Internet: “Nos aseguraremos de que la gente pueda ver la ejecución, que sea pública, porque es necesario que se entienda que hay consecuencias graves para este tipo de cosas”. Cualquier día -si no reaccionamos a tiempo- nuestros hijos y nietos contemplarán ejecuciones públicas en Facebook.
Quieren construir una “nueva normalidad”, quieren normalizar la barbarie, y es imposible aceptarlo sin resistencia. Aunque haya quienes se habitúan y se adaptan, arteramente o sumisamente. Quienes lo hacen deben pensar que esta normalización de la barbarie les conviene; o simplemente no se atreven a rechistar.
En todo caso, es indiscutible que los portavoces de la actual oposición política y mediática española, han callado como muertos -todos ellos, siempre tan prolijos, tan patriotas- cuando un jefe de Estado extranjero insultaba gravemente, en España, al jefe del Gobierno y a la prensa de España. Todos silenciosos, salvo la presidenta de la Comunidad de Madrid (“Me gusta la fruta”) que recibió a Milei con el más efusivo de los abrazos.
Si la gesticulación animalesca del presidente argentino con motosierra incorporada es obscena, no lo es menos el silencio con el que han respondido a sus insultos el PP y Vox. Feijóo se fue a Sevilla y se hizo el sueco. Abascal tampoco creyó conveniente hacerse la foto con el excéntrico argentino, y se limitó a una videoconferencia. La candidata número dos en la lista del PP para Madrid (hispano argentina, según tengo entendido) tampoco se ha sentido interpelada y ha preferido callar y cambiar de tema: ha acusado al presidente Sánchez de “guerracivilista” e “inmoral”, por haber dicho, ante el Guernica de Picasso, que “ninguna guerra es inevitable” y que “la barbarie no puede imponerse a la razón”.
Pues bien: estas dos ideas son, justamente, las que han debatido en su Congreso los magistrados de la asociación de Juezas y Jueces para la democracia. Han hablado de “la crisis y vigencia del Derecho Internacional Público ante el peligro de la ley del más fuerte”, de «La importancia y plena vigencia del Tribunal Penal Internacional“. En estos momentos de enorme incertidumbre geopolítica, de grandes tensiones sociales y políticas, los magistrados han querido afirmar la necesidad vital de que el derecho se imponga a la barbarie, su voluntad de hacer todo lo posible para lograrlo, y su invitación a todos nosotros para participar en este empeño.
Hoy se ha convertido casi en un tópico, una frase hecha, decir que el derecho internacional está en crisis, en estado terminal. Sería más exacto decir que el derecho internacional está siendo atacado salvajemente y que hay que defenderlo, si queremos vivir en paz y en libertad.
Decir que “el derecho internacional está en crisis” significaría desplazar la carga de la culpa hacia el derecho internacional, como si este hubiera fracasado. Sería como si, en el ámbito de un país, ante una grave violación de la legalidad, dijéramos que “el derecho penal está en crisis”, y no la propia sociedad o el sistema político-administrativo que no consiguen que el derecho sea respetado.
En este combate del derecho contra la barbarie, las noticias positivas no abundan, pero por suerte no han desaparecido. Nos llegan de Noruega, donde el Premio Nobel de la Paz no ha ido a Trump cómo él quisiera, sino a la jurista sudafricana Navi Pillay, que ha ejercido como jueza en el Tribunal Penal Internacional. Nos llegan de Estrasburgo, donde el Parlamento Europeo ha concedido el Premio Sájarov al Tribunal Penal Internacional y a sus miembros. Nos llegan desde el Brasil, donde Lula ha vencido contra los pronósticos y contra todos los elementos desencadenados del trumpismo mundial. Son noticias que nos dicen que la degradación hacia la primacía absoluta de la barbarie y de fuerza bruta no es un proceso fatal e irreversible y puede ser detenido con la fuerza de los votos.
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