La mujer de Declan Rice y la ‘casita’ de Bad Bunny
Con una columnata rosa y amarilla, palmeras de pie y estética de postal caribeña, hay estos días una vivienda más cotizada que un piso con piscina en Madrid. Es la ‘Casita’ de Bad Bunny, la recreación de una vivienda tradicional puertorriqueña convertida en escenario complementario durante sus conciertos de la gira ‘Debí tirar más fotos’. Si lo piensas bien la ‘Casita’ funciona como una metáfora bastante precisa de la situación de la vivienda en España porque a ella acceden de forma preferente y sin dificultad ricos, famosos e influencers. Incluso hemos visto por allí a la presidenta de Inditex, Marta Ortega. Aunque en su caso lo verdaderamente sorprendente es que no fuese la propietaria del inmueble y solo la invitada.
Pero, al parecer, a la ‘Casita’ también pueden acceder algunos mortales escogidos por un chico con gorra que aparece de vez en cuando por el recinto dando paseos. Su misión consiste en rastrear entre el público y seleccionar a varias privilegiadas para subirlas a ese escenario complementario. Y digo varias, en femenino, porque las agraciadas suelen ser chicas jóvenes y atractivas. Como estrategia de marketing es impecable —de hecho, aquí estoy yo escribiendo sobre ello—. Como recordatorio de que la cosificación femenina sigue integrada en el entretenimiento contemporáneo, también.
Pensaba en eso de la cosificación femenina viendo las celebraciones del Arsenal tras ganar la Premier League. Uno de los grandes referentes del equipo, Declan Rice, compartió una fotografía junto a su pareja y su hijo sobre el césped. Ella es Lauren Fryer, y llevaba casi dos años desaparecida de la vida pública. ¿La razón? No está delgada. Así de sencillo y así de brutal. Lauren Fryer no encaja en ese molde de mujer-de-futbolista que una parte deleznable de la sociedad considera aceptable, y por eso recibe una avalancha de comentarios verdaderamente insultantes sobre su peso cada vez que aparece en público. Ni siquiera se limitan a juzgarla a ella: también juzgan a Rice por “elegirla” —usan ese verbo, “elegir”, como si fuera una transacción comercial en una tienda de ropa— como compañera de vida. Esta misma temporada, durante un Tottenham-Arsenal, un aficionado llegó a mostrarle desde la grada una fotografía de su mujer en forma de burla.
Hace pocas semanas le preguntaron a la artista Amaia por su físico en una entrevista en la revista Elle. Respondía: “Ahora estoy en una con la autoestima más baja. Parece que de nuevo se está poniendo de moda estar demasiado delgada, y me miro al espejo y me da rabia, es algo irracional. Y a mí me gusta comer. Es uno de los grandes placeres. Aunque hoy me habéis subido el ánimo, ¡me he visto monísima en las fotos!”. Amaia, que no debe de pesar más de 60 kilos, no se ve delgada porque el filtro se ha deformado por completo recientemente. Estamos viendo un regreso a esa era mortalmente antigorda de los años noventa, con la irrupción de Ozempic en la cultura popular hasta el punto de que muchas de sus consumidoras más visibles son mujeres, actrices, que ya eran delgadas antes de empezar a utilizarlo.
En el fondo, la Casita de Bad Bunny, la era Ozempic y la historia de Lauren Fryer hablan de lo mismo. De quién merece ser visto sobre un escenario (sea cual sea) y de cómo el valor de las mujeres sigue midiéndose demasiado a menudo por el espacio que ocupa su cuerpo.
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