La paz del cobalto: imperialismo y control migratorio
Estados Unidos acaba de anunciar que prohibirá la emisión de nuevos visados a personas procedentes de 75 países. La medida se inscribe en una política antiinmigración cada vez más autoritaria, que continúa erosionando los propios fundamentos de la democracia estadounidense. Aunque en el extenso listado figuran países como Brasil o Rusia, la inmensa mayoría pertenece al llamado “Tercer Mundo”, confirmando el sesgo geopolítico y racial de la política de Donald Trump. Pero un país destaca en particular: la República Democrática del Congo.
Este caso resulta especialmente revelador porque Estados Unidos firmó en diciembre un acuerdo de paz entre Ruanda y la República Democrática del Congo que incluía importantes concesiones a multinacionales estadounidenses para la extracción e importación de minerales críticos. El contraste es evidente: libertad total de movimiento para el capital y los recursos naturales, y cierre absoluto de fronteras para las personas.
En realidad, esta aparente paradoja constituye la columna vertebral del capitalismo contemporáneo. Frente a quienes sostienen que vivimos en sociedades de mercado plenamente competitivas, lo cierto es que desde la Primera Guerra Mundial la libertad de movimiento de los trabajadores ha estado sistemáticamente restringida en los países desarrollados —barreras como la exigencia de visados o los controles migratorios son, en términos históricos, fenómenos relativamente recientes—. Como subrayó el economista griego Arghiri Emmanuel, esta asimetría es clave para entender por qué los salarios no convergen a escala internacional y por qué, en última instancia, los países del centro pueden sostener relaciones de explotación estructural sobre los países de la periferia.
No se trata, por tanto, únicamente de hipocresía política, sino de un mecanismo funcional que contribuye a mantener deprimidos los salarios en los países más pobres. Esta estructura permite a las empresas transnacionales incrementar sus beneficios en el exterior y, al mismo tiempo, garantiza a las poblaciones de los países ricos el acceso a bienes de consumo más baratos. Pocas ilustraciones resultan tan claras como lo que está ocurriendo actualmente en las relaciones entre Estados Unidos y la República Democrática del Congo.
El azar geológico dotó al actual territorio congoleño de la mayor concentración de reservas probadas de cobalto y de tántalo, la segunda en diamantes y la tercera en cobre. No es casual que se trate de una región atravesada de forma recurrente por conflictos armados. El último episodio de violencia abierta se inició en 2021 con el resurgimiento del grupo rebelde Movimiento 23 de Marzo (M23), apoyado por Ruanda, aunque este respaldo sea oficialmente negado. A su vez, Ruanda acusa al Congo de colaborar con las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda (FDLR). En este contexto, la irrupción diplomática de Trump culminó el 4 de diciembre con la firma de un acuerdo de paz de características muy particulares.
El acuerdo —firmado con la extravagante presencia del presidente de la FIFA— incorpora cláusulas económicas claramente favorables a los intereses estadounidenses. Como siempre, el interés principal está en los recursos naturales. En las próximas semanas, el gobierno congoleño remitirá a Washington una lista de proyectos mineros considerados atractivos para las empresas de Estados Unidos. Las autoridades del Congo han insistido en que se trata de un mero intercambio comercial y que la soberanía nacional no está comprometida. Sin embargo, esta excusatio non petita difícilmente puede ocultar que se está concediendo al capital estadounidense un acceso privilegiado a recursos estratégicos, en términos comparables a los que se negocian actualmente con compañías petroleras occidentales en Venezuela, aunque aquí referidos a los llamados minerales críticos. Y un lugar particular ocupa aquí el cobalto.
El cobalto es el corazón palpitante de nuestras sociedades contemporáneas, según lo presenta el investigador Siddharth Kara en su fantástico libro 'Red Cobalt'. Es el componente clave que permite que las baterías puedan almacenar mucha energía en poco espacio y, además, puedan recargarse muchas veces. Así, es un elemento químico imprescindible para las baterías de los coches eléctricos —el 42% del cobalto anual se destina a tal fin—, pero también para las baterías de los teléfonos móviles y los portátiles —que se llevan otro 30% del cobalto—. Como cada vez se esperan más vehículos eléctricos, también se calcula que la demanda de cobalto se multiplique un 150% de aquí a 2040.
Por razones tanto geográficas como geopolíticas, tanto Estados Unidos como la Unión Europea consideran el cobalto como un mineral crítico. Ambas regiones son grandes importadoras netas de cobalto, es decir, consumen más de lo que producen. En el caso europeo, los países miembros solamente producen el 0,8% del cobalto mundial y refinan el 9,4% (casi todo en Finlandia). La pregunta es, por tanto, ¿de dónde sale el cobalto que necesitan nuestras sociedades?
En efecto, principalmente de la República Democrática del Congo: aproximadamente el 70% del cobalto extraído en el mundo procede de aquel país africano, lo que da cuenta de su enorme relevancia geopolítica. Sin embargo, antes de su uso industrial, el concentrado de cobalto debe ser también refinado, lo que culmina con la obtención de un cobalto puro; y resulta que cerca del 80% de la capacidad mundial de refinado está en manos de China, adversario principal de Estados Unidos. El objetivo declarado de los países occidentales es reducir no sólo su dependencia de los minerales críticos sino, muy especialmente, que esa dependencia lo sea respecto a China.
En todo caso, no estamos ante un problema de escasez inmediata. De hecho, lo contrario es cierto: el año pasado el Congo tuvo que aprobar un freno temporal a las exportaciones porque los precios estaban cayendo demasiado. No hay una preocupación real por el abastecimiento a corto plazo, sino por el control de las redes de suministro. Cualquier turbulencia geopolítica que afectara al cobalto sería fulminante para las industrias occidentales, particularmente la estadounidense. No por casualidad, el acuerdo de Trump incluye la financiación necesaria para desarrollar infraestructuras (el llamado Corredor Lobito) que permitan llevar ese cobalto a Angola, desde donde saldría exportado. La ONG Global Witness ha calculado que dicho proyecto expulsará a miles de personas de sus viviendas, pero es obvio que los gobiernos tienen amortizado ese coste.
Con todo, no es fácil que el acuerdo de paz prospere. Muchas de las zonas mineras de la región están actualmente ocupadas por el grupo M23, y son décadas de conflicto lo que tienen que superarse. Pero Estados Unidos está dejando claro cuáles son sus intereses y prioridades en este nuevo contexto geopolítico. Como en Venezuela, la paz y la estabilidad sólo son caminos adecuados si garantizan los objetivos de la apropiación de recursos naturales en condiciones de privilegio. Sólo así pueden las economías de los países ricos seguir manteniendo bienes de consumo baratos.
Se trata de las zonas de sombra de las que habla Naomi Klein en su libro 'Doppelganger', y a lo que tantas veces hice referencia como ministro de Consumo: detrás de cada acto de consumo hay relaciones ecológicas, sociales y laborales que quedan ensombrecidas o directamente invisibilizadas junto con sus enormes costes. Una vez se descubren, queda en evidencia que la prosperidad de unos pocos se constituye sobre la desigualdad y la pobreza de unos muchos; unas relaciones imperialistas que se sostienen sobre la base de la coerción, la violencia y los tratados desiguales.
En definitiva, lo que el caso del Congo pone de manifiesto de manera descarnada es la lógica profunda del imperialismo contemporáneo: un estado donde la libre circulación se reserva al capital y a los recursos estratégicos, mientras que a las personas se les imponen muros, visados y fronteras militarizadas. Los congoleños no podrán visitar Estados Unidos por falta de papeles, pero el producto de su trabajo sí viajará allí y además en primera clase. Comprender esta dinámica no es solo un ejercicio analítico, sino una condición indispensable para cuestionar un sistema que convierte la desigualdad global en requisito de su propia estabilidad.
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