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El pisito

Una persona sostiene una pancarta con lema 'El casero me roba los sueños' durante la manifestación de este sábado por la vivienda en Madrid.
4 de octubre de 2026 22:11 h

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Mientras en la calle se habla de la falta de vivienda y se clama por una huelga general, en los despachos se debate sobre elecciones. Mientras en la calle se hacen cálculos para llegar a fin de mes con el alquiler o la hipoteca pagados, en los despachos se hacen cálculos electorales como si los votos se despachasen al peso. La distancia vuelve a ser sideral.

Es la nueva versión de aquel que se caiga España, que ya la levantaremos nosotros; que los desahucien ahora que ya los rescataremos después. Y aún habrá quien se sorprenda por la cacareada crisis de legitimidad de las instituciones democráticas.

Volvamos un momento a la realidad. La vivienda ha sido un problema en España desde siempre. Incluso en los años de la dictadura, cuando cuentan que se construían tantos “pisitos”, estaba cara, era de pésima calidad y enriquecía solo a una minoría. Las razones resultan múltiples y diversas y las soluciones ni son fáciles, ni son rápidas. Cuando un mercado lleva roto décadas con chapa y pintura solo se disimula. Habría sido mejor tener los decretos en vigor que no tenerlos. Pero necesitamos cambiar mucho más y más profundamente.

De poco sirve ponerse a construir si no tienes quien construya, o si la oferta se halla tan concentrada que puede retirar o meter viviendas en el mercado a gusto del vendedor. Si no se edifica vivienda pública asequible y blindada solo se convertirá en más carne para el especulador. Que la media de la UE multiplique por 4 nuestro porcentaje de vivienda pública no es un dato. Es la madre de nuestro problema.

Es cierto que proteger más al inquilino puede detraer al propietario. Pero si se trata de una inversión no podrá estar mucho tiempo parada. Si además se grava fiscalmente la posesión de esa riqueza inmueble los incentivos para alquilar o vender aumentan. La especulación no se combate garantizándole los ingresos. Se acaba cuando se acaba el negocio.

Retomemos un concepto revolucionario: la posesión de la riqueza tiene consecuencias fiscales y ha de gravarse para mantener un sistema que ha permitido su acumulación y garantiza su posesión.

En ningún manual de justicia fiscal se explica que el consumo y las rentas del trabajo hayan de ser los corderos del sacrificio por el bien de la caja común, mientras las rentas del capital se ven tratadas como una especie protegía que deba preservarse para garantizar su reproducción.

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