El rasero saudí
En medio de otra semana con información que escapa a la lógica, el New York Times reveló que el líder de Arabia Saudí, Mohammed bin Salmán, ha animado a Donald Trump a no detener la guerra con Irán y aprovechar lo que, según las conversaciones que cuenta el Times, es “una oportunidad histórica” para “destruir” el régimen de Teherán.
El Gobierno saudí asegura que su prioridad es la “desescalada”. El primer ministro británico, Keir Starmer, aseguró esta semana que eso le había dicho el propio príncipe saudí en una llamada telefónica. El artículo del Times se basa en entrevistas con personas que han mantenido conversaciones con altos cargos estadounidenses. Bin Salmán es alguien en quien Trump confía.
Arabia Saudí es considerado un aliado por parte de Estados Unidos y también los gobiernos europeos, incluido el de España. El presidente Pedro Sánchez no quiso ni parar las ventas de armas a Arabia Saudí tras el asesinato y descuartizamiento del periodista del Washington Post Jamal Kashoggi en 2018.
Probablemente solo alguien como Trump sea capaz de defender al príncipe de las acusaciones sobre el asesinato diciendo “son cosas que pasan”, pero las acciones de muchos líderes antes y después que él no muestran ninguna señal de castigo. Como tampoco hay consecuencias para los abusos constantes de los derechos humanos especialmente contra mujeres, migrantes y disidentes, según se puede leer en detalle en los informes de Amnistía Internacional, que no despiertan quejas de los gobiernos ni manifiestos de artistas ni boicots. Al contrario, la FIFA ha adjudicado el Mundial de Fútbol a Arabia Saudí, que ya alberga numerosos torneos, también de equipos españoles como en el caso de la Supercopa. El Gobierno español promociona los negocios con las empresas, con visitas incluidas del presidente y el rey, y alabanzas a la capacidad de mediación saudí.
Presumir de claridad moral es fácil, pero practicarla de manera consistente es casi imposible en un mundo donde no parece haber premio para la conciliación y la cooperación de buena fe. El ejemplo de Arabia Saudí es solo uno de tantos que recuerdan que el rasero de cada gobierno, cada empresa e incluso cada actor suele cambiar según cuánto se juega.
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