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Ucrania, el realismo

Discurso de Putin en el aniversario en 2012 de la victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial.

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“Por qué Occidente tiene la culpa de Ucrania” es el título de una charla impartida en 2015 por John Mearsheimer. Pese a lo que puede parecer, Mearsheimer no es ningún nostálgico de la dictadura soviética. Tampoco un nacionalista de corte tradicional, del tipo de los Bolsonaro, Le Pen, Salvini o Abascal, cuya ideología resulta estructuralmente similar la de Putin, a quien no por casualidad admiran. Muy al contrario, es uno de los más reputados especialistas mundiales en Relaciones Internacionales, el más destacado académico de la escuela “realista”, en la línea de Kissinger, quien también, por cierto, comparte su visión sobre el conflicto de Ucrania. En la charla – que roza hoy los 25 millones de visitas en Youtube, algo completamente insólito en una conferencia académica - Mearsheimer afirmaba que la incorporación de Ucrania a la OTAN suponía una línea roja que obligaría a Rusia a intervenir en el país. La conferencia está en inglés, y cuando la veía me llamó la atención el verbo que el autor usaba para referirse a esa posibilidad: antes de permitir que eso ocurriera, afirmaba, Putin “wretch” Ucrania. Tuve que mirar lo que significaba “wretch”, no me acordaba. Significa “destrozar”. 

Mearsheimer dice textualmente que lo que Putin estaba haciendo en 2014 con su intervención tapada en el Donbás era decir a Occidente: “tú no puedes tener Ucrania, y, antes de dejar que la tengas, la destrozaré”. “¿Está loco, es irracional? No lo creo, es simplemente estratégico” afirmaba el académico. Tiene un objetivo y utiliza los medios a su alcance para alcanzarlo. Como el destrozo del Donbás que Putin inició en 2014 – 14.000 muertos, según la ONU - no fue suficiente para impedir la entrada de Ucrania en la OTAN, en 2022 ha acabado invadiendo el país y provocando una nauseabunda sangría.

Este martes 5 de abril el Almirante General López Calderón – el jefe del Estado Mayor de la Defensa (JEMAD), el más alto cargo militar español - afirmaba en Madrid que “Putin ha perdido ya la guerra, al menos desde el punto de vista político y estratégico”. Pero el caso es que la noción de “perder” - como la de su contraparte, “ganar” – solo cobran sentido atadas a un objetivo que las dote de significado y las configure. ¿Cuál es el objetivo de Putin? ¿Qué perseguía política y estratégicamente? Parece descartado que quisiera “conquistar Ucrania”, como se repite sin parar. El sitio de Kiev no parece haber sido tanto un intento de invasión de la capital como más bien una brutal amenaza al gobierno de Zelenski para que se exiliara o accediera a las exigencias de Putin. Zelenski, sin embargo, ha decidido resistir y enfrentarse militarmente a los rusos. Una vez asumido ese extremo, Putin se retira de Kiev. 

Eso, en efecto, no ha salido como él esperaba, y ha sufrido una derrota. Pero la propia toma del gobierno ucraniano no podía ser, en sí misma, el objetivo de la guerra, sino más bien un medio para lograr sus verdaderos objetivos. Si Zelenski se hubiera rendido, Putin los hubiera conseguido sin guerra de por medio, solo mediante la amenaza de la misma (entiéndase ese “solo” con todas las consecuencias – violación de la legalidad internacional y no pocos muertos- que conllevaban los primeros días de la invasión). Zelenski, sin embargo, decidió resistir, y la situación es la que es. Más allá de eso, ¿cuáles podemos suponer que son los objetivos de Putin? 

Si el primero consistía en que Ucrania no formara parte de la OTAN, ya lo ha conseguido. El segundo parece ser anexionarse un corredor que una Crimea con el Donbás. Desgraciadamente, todo hace sospechar que las atrocidades que hemos visto en Bucha, en Borodianka y en otras ciudades conforme el ejército ruso se retiraba de Kiev pueden ser solo una tenue avanzadilla de lo que veremos en el Donbás, donde la estrategia ya no es amenazar, sino conquistar a sangre y fuego. Mariúpol es ahora el siguiente objetivo. De esa ciudad habían llegado noticias e imágenes brutales de barbaridades cometidas al parecer por los propios ucranianos contra la población prorrusa. En caso de que los rusos entren – una contingencia que el propio JEMAD asumía el martes - el escenario no podrá ser más terrorífico. 

El tercer objetivo es probablemente interno. En 2014, con la anexión incruenta de Crimea, la popularidad de Putin subió del 63 al 70%. Ahora, tras la invasión, se ha disparado al 81% (es curioso, por cierto, que esta noticia haya tardado más de una semana en llegar a España, frente a lo ocurrido en otros países). Si el objetivo principal de las sanciones económicas consiste en hundir la aceptación de Putin entre los rusos, el fracaso es estrepitoso. Cuando llegan cadáveres a un país, resulta muy complicado que la población se posicione contra la causa por la que han muerto sus soldados y a favor de los que los han matado. Frente a la sangre de los propios jamás o muy pocas veces han servido las razones, sino solo la pura y desnuda pertenencia. “Entre la justicia y mi madre, elijo a mi madre”, afirmó célebremente Camús. Él era francés, su madre argelina, pero la cita es universal: en Bruselas no parecen entender que, cuando se trata de elegir entre la justicia y los hijos, en Rusia no son diferentes a nadie. Si a esa evidencia le añadimos el hecho de que la población rusa cree sinceramente que su gobierno está haciendo lo correcto – si en Estados Unidos, con libertad de prensa, había una mayoría favorable a la invasión de Irak, ¿qué podemos pensar de la población rusa, sometida a un estricto bloqueo informativo por su gobierno? -  la eficacia de las sanciones es un perfecto brindis al sol. 

Es en este plano interno en el que, por lo demás, hay que situar la apelación de Putin a la “desnazificación” de Ucrania, una argucia ideológica que legitima la guerra nada menos que mediante su vinculación con la Segunda Guerra Mundial y la liberación de Europa del fascismo, una gesta sagrada entre los rusos. Se trata de un elemento que cumple un papel similar al de las supuestas armas masivas de Sadam Hussein. Da igual que sea esencialmente falso: para resultar eficaz basta con que exista algún pequeño indicio al respecto, y, existir, existen. Los rusos matan a ciudadanos de Bucha creyendo que son nazis, como Aznar sigue justificando la atrocidad de Irak porque él creía que había armas. 

Y hay, por último, un cuarto factor, uno que por su complejidad psicológica no sé si atiende a la categoría de objetivo – algo que está al final de la acción y que tira de ella desde un hipotético futuro – o a la de causa – algo que se sitúa al principio y que empuja a la acción, que la impele, que la provoca desde el ahora, y que, frente a la racionalidad medios-fines propia de la noción de “objetivo”, posee una naturaleza más bien pasional y por tanto inasible a la razón. Mearsheimer cita muchas veces, refiriéndose a Rusia, dos emociones que en cierto sentido son opuestas pero que, a la vez, configuran la misma pulsión: la humillación y el orgullo. Rusia es un viejo imperio que busca su lugar en el mundo, que se siente ninguneado y despreciado y que ha encontrado en Putin su redentor. Y la humillación y el orgullo son quizás las pasiones más peligrosas e incontrolables que pueden cobijar los corazones humanos. 

De los cuatro objetivos, lleva camino de lograr los cuatro. En 2014 no le importó provocar 14.000 muertes en Donbás. Se le ignoró y ahora ha dado un zarpazo sangriento sobre la mesa y ha originado una masacre y una guerra todavía peores. Armas y sanciones es todo lo que escuchamos como respuesta. No solo es que ni unas ni otras parece que funcionen, es que es evidente que agravan el drama. Solo algunos, entre tanta oscuridad, señalan fugaces posibilidades de engendrar algo de luz. Yo no creo, ni remotamente, que Occidente tenga la culpa de la tragedia ucraniana, que es atribuible por entero a Putin. Pero sí creo que no hemos estado a la altura de las circunstancias, que podían haber sido muy distintas si se hubiera hecho política de otra manera. Una manera realista, no solo moralizante.

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