De vacunas y puestas de sol

Una mujer en el barrio de Soweto, en Johannesburgo.

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Estos días me acuerdo a menudo de las palabras de una amiga de Nairobi, una colega periodista, que se suele reír (por no llorar) de cómo los medios europeos y americanos sacan a menudo puestas de sol para ilustrar reportajes sobre países africanos. Es uno de los tantos estereotipos que se repiten sobre un continente enorme, diverso y con circunstancias políticas, sociales y culturales tan variadas como las de cualquier otra región del mundo. Como si no hubiera puestas de sol, a veces espectaculares, en cualquier otro lugar, igual que desiertos, felinos, pobreza o bailes tradicionales. 

La imagen genérica, de brocha gorda y pocas soluciones prácticas se ha repetido en algunos debates sobre esta infinita pandemia y el acceso a la vacunación después de que Sudáfrica detectara la variante ómicron. Para empezar, no sabemos (tal vez no sabremos nunca) dónde nació la variante porque muy pocos países en el mundo tienen un sistema de vigilancia y secuenciación genómica sistemática como Sudáfrica. En Europa, apenas Dinamarca y Reino Unido. Sí sabemos que los países donde el virus circula más durante más tiempo son caldo de cultivo para las variantes, y en este caso son candidatos países con poco nivel de vacunación, como muchos en África, y países que han dejado durante meses que se disparara la incidencia sin intentar frenarla, como Reino Unido. También sabemos que el virus puede mutar al permanecer más tiempo en el cuerpo de un individuo, algo que sucede con más frecuencia entre los inmunodeprimidos, que son una parte sustancial de la población en Sudáfrica por el impacto del VIH. 

Sudáfrica, como otros países de la región, tiene problemas por las debilidades de su sistema de salud y la vulnerabilidad de parte de su población (si bien es mucho más joven que la media europea). Pero ahora mismo su problema no es de acceso a vacunas, y no necesita las donaciones de otros países. Sudáfrica tardó en comprar vacunas porque confió en que el sistema de reparto equitativo de Covax fuera a funcionar y firmó más tarde acuerdos bilaterales con las farmacéuticas. Pero ahora tiene vacunas de sobra –tanto como para pedirles a Pfizer y a Johnson and Johnson que ralenticen las entregas–, está poniendo terceras dosis y vacunando a niños y adolescentes. El Gobierno sudafricano ha sido muy criticado por no comunicar la información más básica de dónde y cómo vacunarse y por no tener una estrategia sólida contra las dudas de la población, especialmente después de la baja efectividad de la vacuna de AstraZeneca contra una variante anterior, la beta. 

Aisha Abdool Karim, periodista especializada en información de salud del Centro Bhekisisa de Periodismo Sanitario de Sudáfrica, explica la situación en esta entrevista de Icíar Gutiérrez. Cuenta los detalles, que siempre son lo esencial en cualquier debate. 

El problema grave que puede tener ahora el país son los retrasos en materiales necesarios para los test y la vacunación por la cancelación de vuelos del resto del mundo tras la desproporcionada reacción de gobiernos de todo el mundo, reacios a imponer restricciones internas pero más dados a ver el peligro en las fronteras.

La desigualdad en el acceso a vacunas es un hecho, pero refleja una realidad complicada que no se resuelve con donaciones. 

Estados Unidos se ha movido más que la Unión Europea en este caso para atacar uno de los problemas de raíz y defiende la suspensión de patentes para que más farmacéuticas puedan producir vacunas en más lugares del mundo, pero esto, que es sólo un primer paso, es algo que los europeos, movidos por los intereses de la industria farmacéutica alemana, no quieren. Más allá de la producción y distribución de vacunas, muchos países de ingresos medios y bajos se enfrentan a la escasez de recursos en sistemas de salud y la poca capacidad de los gobiernos locales para gestionarlos. 

No hace falta más que leer las palabras del jefe del centro que se ocupa de la secuenciación genómica en Sudáfrica, que pide dinero de las grandes instituciones para combatir las variantes y más ayuda para las comunidades más pobres del país. 

Puede servir de consuelo pensar que unas donaciones de vacunas a "África" en general ayudarán a parar la pandemia, pero abordar la crisis así es sólo un reflejo más del paternalismo y de los estereotipos que poco ayudan a resolver problemas concretos. Invertir en la lucha contra la desigualdad dentro y fuera de nuestras fronteras debería ser a estas alturas una de las lecciones más básicas de esta pandemia. Pero es un esfuerzo que requiere tiempo, dinero y dedicación a los detalles sin demagogia.

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