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Viaje al absurdo con el pasaporte de Begoña

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y su mujer, Begoña Gómez, a su llegada a la premiere de “El cautivo”, de Alejandro Amenábar, en Madrid.
8 de julio de 2026 21:25 h

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El hilo judicial del caso Begoña Gómez está ya tan enredado que se pueden pasar horas haciendo exégesis de un auto sobre su pasaporte sin prestar atención a lo más importante. Que cualquier decisión que se tome por mucha apariencia jurídica y lenguaje burocrático que se utilice parte de un hecho ficción: la mujer del presidente no puede fugarse. La hipótesis de huida es algo increíble hasta para los más antisanchistas. Si hubiera indicios o motivación para que lo haga, no han quedado acreditados por escrito. No tiene familia en el extranjero, tiene todos sus intereses vitales en España, vive en La Moncloa, está rodeada de escoltas. ¿Qué más hace falta para devolverle el pasaporte, una medida judicial tan lesiva para los investigados como excepcional en los juzgados? De momento, esperar al órgano judicial superior.

La última decisión del juez Viejo –sustituto del juez Peinado, que está ejerciendo el derecho a vacaciones– ha venido a aportar más confusión aún después de que Gómez pidiera viajar a Londres a la graduación de su hija y a Ankara a la cumbre de la OTAN.

Como un rey Salomón –que ordenó partir por la mitad a un niño para descubrir cuál de las dos madres que lo reclamaban era la verdadera– el magistrado ha partido su decisión de manera insólita. Aunque el objeto de la petición no era valorar el riesgo de fuga, Viejo lo admite implícitamente, motivo por el cual no ha dejado a la mujer del presidente ir a Turquía, al entender que si se marcha allí sería difícil hacerla volver y presentarla ante los tribunales españoles. Es decir, queriendo o no, ha estirado el chicle, poniendo aún más hipótesis que afectan ahora a los índices democráticos de Turquía, un país que ha firmado, como Reino Unido, el convenio de extradición europeo.

En Reino Unido, que se salió de la UE, el juez sustituto no ve problema, porque asegura que se la pondría a disposición de la justicia española en caso de no volver de la graduación. Quizás (o no) igual que la traería de vuelta Turquía, siempre que a Gómez le resultara viable abandonar todo lo que tiene, salvar varios anillos de seguridad en Ankara, deshacerse de sus escoltas y esconderse de por vida. Después de la moción de censura, es la mejor manera de acabar con la legislatura.

Se puede explicar que Antonio Viejo estaba atado de pies y manos, que no podía hacer otra cosa, que el fondo de su decisión no era el riesgo de fuga sino que se cumplieran las cautelares impuestas por Peinado. Pero no se puede explicar que –aquí sí y allá no– siga la bola de nieve judicial sobre la presunta fuga de la mujer del presidente, una hipótesis que generó indignación y vergüenza en la magistratura y los sindicatos policiales mayoritarios y que, seguramente, habrá sorprendido también a la mujer del primer ministro Erdogan, organizadora de la agenda de las parejas de líderes de la OTAN.

Pero si hay algo escalofriante en la funambulística justificación del magistrado es que una explicación puramente opinativa sobre la naturaleza de ambos eventos pueda tener impacto sobre la libertad de movimientos de esta (o cualquier otra) persona, cuando ninguno de los dos es de extrema urgencia o necesidad.

A su entender, la graduación de una hija es un evento de mayor importancia y peso que cumplir un papel institucional, siendo este uno de los pocos que tiene la esposa del presidente. Habrá opiniones de todos los gustos en los bares sobre qué es más importante o dónde es más necesaria la presencia de Gómez. Incluso hay quien justifica como argumento de peso que la OTAN puede seguir sin Gómez, como si la graduación de la hija se parara por no asistir ella. Se pueden decir y opinar muchas cosas, pero sin olvidar la primera, que la justicia sigue tomando posición y decisión sobre una hipótesis de fuga que, hasta para la policía, es increíble.

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