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Adolescentes, la calle y el confinamiento

Fernando Amigo Medina

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Hoy, en un artículo publicado en el periódico El País, hablaban sobre los trabajadores del Summa 112. Una mujer enferma y una médica diciéndole que lo suyo no era la COVID-19, si no que era un ataque de ansiedad provocado (más o menos) por una pelea de sus tres hijos adolescentes confinados. Y la médica le decía “échelos a la calle y que se peleen con el coronavirus”. La mujer hace un esfuerzo y le responde: “Ni el coronavirus los va a querer. Me los regresa”.

Lo señalo para que fijéis la mirada, no tanto la de vuestros ojos, si no la de vuestro entender cotidiano. Creo que no es justa la visión que se da, pero es lo que piensa mucha gente. Lo recojo aquí para iniciar este hilo. ¿Qué hacemos con los adolescentes? Las medidas del gobierno contemplan que los menores de 12 años puedan salir a dar paseos cortos acompañados de personas adultas. Perfecto y necesario, familiar, social y sobre todo psicológicamente. Pero, que hacemos con nuestros jóvenes. También son personas (fíjense, aunque algunos no lo piensen), con necesidades sociales principalmente y, ¿donde quedan en este decreto? El artículo recoge a título de ejemplo cómo se comportan en una casa con los adultos después de 5 semanas de confinamiento. Normal, yo estoy que me subo por las paredes y se supone que por edad y experiencia tengo capacidad para autocontrolarme. Ellos también, pero a su manera y con su perspectiva. ¿Lo imagináis?, pues entonces imaginemos lo que pasa con nuestros adolescentes. Estrés por las tareas escolares telemáticas, que aunque pensemos que son jóvenes “tecnológicos”, también son –valga la redundancia–, muy estresantes. Ansiedad por la convivencia en espacios reducidos o al menos en espacios demasiado compartidos en tiempo y forma, a lo que no están acostumbrados y necesidad social de compartir experiencias, momentos y vivencias con sus iguales, que por mucho que queramos no son los padres y madres ni los hermanos. Y sí, están acostumbrados a las redes sociales, pero les gusta más, evidentemente, verse y tocarse. ¿O acaso de mayores esa forma de relacionarnos la aprendemos en los libros?. No, forma parte de ese aprendizaje social. Esto es lo que hay o nos imaginamos. Para las familias no es fácil, pero no deja de ser egoísta –aunque necesario–, hacer risas sobre los jóvenes y la convivencia con ellos. Si nos reímos hasta con los abuelitos y mira lo que está pasando. ¿Hemos pensado en lo que realmente piensan y como lo viven?

Su perspectiva vital y por tanto social no está clara a corto plazo, no sabemos si podrán salir al parque, a reunirse, a besarse, a beber. Otra cosa es quienes son sus referentes y cómo podemos trabajar los consumos responsables, desde la familia, la escuela y los espacios de ocio y tiempo libre.

Todo esto son pensamientos que me vienen a la cabeza. Yo, como educador al que le sigue gustando su trabajo, también echo de menos compartir esos espacios con ellos, pero sobre todo creo que necesitan aire, contacto y relación con sus iguales, sus risas, sus desparrames ocasionales, su forma de vivir cada etapa de la vida y sus relaciones con personas adultas. Los jóvenes a partir de 14 años son algo más que simples estudiantes que tienen que aprobar un curso para ser alguien en la vida. Viven y están descubriendo la vida, la sociedad y como se posicionan en ella y ante ella. Esa es la parte a la que contribuimos los adultos, pero también entre ellos mismos.

Pensemos y propongamos, al gobierno, a los expertos de la Pandemia, que piensen también y propongan algo. Necesitan aire, y por eso tal vez necesitemos cambiar nuestra forma de pensar y de entender. Ser adolescente no es ser irresponsable, por tanto tal vez no sea una locura que puedan salir sin el acompañamiento de personas adultas, como hacían antes de que el bicho ocupase nuestras mentes y nuestras vidas. La confianza forma parte de la educación y, repito, educación no es solo ir al instituto. Al menos esto, la calle. Sabemos que será difícil retomar el trabajo en espacios juveniles, como antes del 13 de Marzo, pero poco a poco, no perdamos la esperanza del reencuentro.

En fin, como diría la del anuncio, “ahí lo dejo”.

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