El brillo de los eventos y la salud de la cultura
Madrid ha construido en los últimos años una poderosa imagen de ciudad cultural. La proliferación de grandes exposiciones, festivales, conciertos y ferias capaces de atraer a miles de turistas ha reforzado su posición entre las capitales europeas, convirtiendo la cultura en el principal lenguaje con el que la ciudad se presenta al mundo. No hay nada reprochable, en principio, en esa ambición. Una capital necesita grandes instituciones, grandes acontecimientos y capacidad para atraer talento, público e inversión. La cuestión es qué ocurre cuando esta lógica deja de ser una herramienta de la política cultural para convertirse en su único objetivo.
Porque los macroeventos no son inocuos. Ocupan el espacio público, condicionan la movilidad, alteran la actividad de los barrios y generan ruido, residuos y restricciones. En determinados momentos, la vida cotidiana de quienes habitan la ciudad pasa a un segundo plano, subordinada a una gestión urbana que solo entiende de impacto y visibilidad. Quienes celebran el éxito de un acontecimiento desde una nota de prensa suelen hablar de asistentes, repercusión económica, proyección internacional o retorno financiero. Quienes viven junto a estos eventos tienen otra contabilidad: el número de calles cortadas, el transporte alterado, los espacios públicos ocupados, las horas de descanso interrumpidas y la sensación de que su propia ciudad se ha convertido, durante unos días, en un escenario diseñado para otros.
No se trata de oponer de forma simplista vecindad y cultura. Al contrario: el verdadero debate consiste en estudiar cómo pueden convivir ambas realidades de forma sostenible; cómo evitar que los grandes eventos interfieran innecesariamente en el día a día de los barrios y, al mismo tiempo, cómo implicar a los residentes en la vida cultural de la ciudad. Resulta paradójico que quienes soportan las molestias de determinados acontecimientos asistan, en paralelo, al debilitamiento de las condiciones materiales que permiten la existencia de una vida cultural diaria en sus propios distritos.
Mientras los grandes acontecimientos disponen de una capacidad extraordinaria para movilizar recursos, atención institucional y espacio urbano, una parte esencial de la cultura madrileña sobrevive con presupuestos modestos, proyectos frágiles y una enorme incertidumbre. Pequeñas salas de teatro, librerías que afrontan una constante subida de los alquileres, espacios de creación independientes invisibilizados, radios locales o asociaciones vecinales que trabajan para conservar la memoria de sus calles no compiten en igualdad de condiciones con los grandes eventos. Su trabajo es más lento y menos visible. Necesitan tiempo para formar públicos, construir comunidad y generar vínculos. No producen cifras espectaculares, pero construyen algo que ninguna administración puede improvisar: tejido cultural.
Ese es, precisamente, el núcleo del problema. El error no es que Madrid organice grandes eventos, sino que confundamos la dimensión de un acontecimiento con su valor cultural. Hay proyectos cuyo éxito consiste en reunir a miles de personas durante una noche, y otros cuyo valor reside en conseguir que unas pocas centenas vuelvan durante años. Ambos modelos son necesarios, pero responden a lógicas distintas y no deberían juzgarse con los mismos criterios.
Una política cultural verdaderamente ambiciosa tendría que reconocer esa diferencia. Debería garantizar una financiación más estable para los proyectos de proximidad, proteger los alquileres de los espacios culturales frente a la especulación inmobiliaria, facilitar el acceso a locales municipales y fortalecer los centros culturales de distrito. Asimismo, debería exigir a los macroeventos una relación más responsable con la ciudad que los acoge: evaluar rigurosamente sus costes urbanos, planificar para minimizar las molestias y destinar una parte de sus beneficios (mediante tasas, convenios o cesiones de espacios) a sostener el tejido cultural de los barrios donde se instalan.
Porque hay una política cultural orientada hacia fuera y otra orientada hacia dentro. La primera construye reputación; la segunda construye ciudadanía. Madrid necesita ambas, pero no puede permitir que la primera se construya a costa del tejido cultural que sostiene la actividad cultural del día a día. Toda ciudad que confunda el brillo de sus eventos con la salud de su cultura acabará, tarde o temprano, con una reputación espléndida. Pero con un tejido cultural exhausto
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