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Cuarenta y tres años de un enero negro que no debemos olvidar

José Luis Úriz Iglesias

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Memoria histórica no es un término ambiguo y retórico, tiene una carga profunda que nos obliga a recordar los elementos importantes del pasado, especialmente reciente y volverlo a situar de actualidad.

Eso debe ocurrir con el terrible enero que sufrimos justo hace ahora 43 años y que viví en primera persona. Por eso hoy como cada año, lo recuerdo buscando la complicidad de los medios de comunicación para ayudar a conseguirlo y lo hago en primera persona.

En el instante de escribir estas líneas tengo muy vivos en mi memoria aquellos dramáticos días. En aquel tiempo militaba en el PCE y en Comisiones Obreras; en la Universidad de Madrid donde estudiaba y en el sector de Artes Gráficas donde trabajaba.

Aquel enero se inició el domingo 23 de 1977, cuando un grupo de ultraderecha asesina al joven antifascista Arturo Ruiz en una manifestación pro-amnistía en el cruce de las calles de Silva y Estrella, en la trasera de la Gran Vía (entonces avenida de José Antonio) de Madrid.

En aquel instante me encontraba cerca con los compañeros de la Universidad y aún me llegan las sensaciones de indignación, miedo y rabia contenida al ser informados de ello. 

Al día siguiente muere la estudiante de sociología, María Luz Nájera, por el impacto del bote de humo que recibe en la manifestación en protesta por la muerte de Arturo. Recibe el golpe en la esquina de la Gran Vía con la calle de Libreros, también cerca de donde estábamos. Impactados por ambos hechos toda la izquierda antifranquista se conmociona.

Precisamente aquel terrible 24 de enero teníamos previsto reunirnos el PCE de Artes Gráficas en el despacho de los abogados laboralistas de Atocha, lugar que alternábamos con el de Españoleto, pero nos llamaron para suspenderla porque había otra más importante, la del Transporte que por entonces estaba en huelga. La sustituimos por una 'mini' reunión en mi casa, que también solíamos utilizar en momentos puntuales.

Había negros nubarrones y algo se barruntaba. Pero a pesar de la rabia y la indignación se nos recomendó desde la dirección del PCE tranquilidad, y tras el debate que tuvimos decidimos acatar esa decisión.

A medianoche sonó el teléfono de mi casa. Un camarada, Eugenio, me informaba de lo de Atocha. “Asesinados Enrique, Sauquillo… seis en total y heridos graves Lola, Alejandro…” Pensé que podíamos haber sido nosotros. Luego una vorágine de reuniones, asambleas, contactos, y sobre todo un mensaje claro: hay que mantener la calma, no responder a la provocación.

A pesar de la rabia contenida por nuestros camaradas asesinados apretamos los dientes y tragamos el sapo. Éramos comunistas y por tanto teníamos una mayor responsabilidad, más aún en los complejos momentos que nos tocaba vivir.

Después el impresionante entierro en el que participé activamente en el “servicio de orden”, con la sensación de estar viviendo momentos históricos. Incluso la anécdota nunca aclarada de aquel helicóptero que la sobrevoló, la leyenda negra se encargó de asegurar que era el propio Rey Juan Carlos I quien lo pilotaba. Luego con el tiempo entendí que aquel llamamiento a la calma de mi partido fue clave para conseguir la democracia, y desde entonces defiendo esa misma reacción en circunstancias parecidas.

Antes, otro día de enero, fatídica casualidad, el 21. Pero años atrás en 1969, caía asesinado por la policía franquista Enrique Ruano. Conocí a Enrique en la lucha anti fascista, era de mi misma quinta, aunque en aquel tiempo yo militaba en el PCE y estudiaba en la Escuela de Telecomunicaciones.

Allí un día de enero nos enteramos de su muerte, de su asesinato, recuerdo las conversaciones con José Luis “Avinareta”, Pepe Carpintero, Manolo Briso, Manolo Gamella, aunque los dos últimos eran de la FUDE teníamos una muy buena relación, nos estremecimos al pensarlo. El franquismo agonizaba, lo sabíamos, pero temíamos sus últimos coletazos, y éste fue uno de ellos.

También conocíamos a sus torturadores, a sus supuestos asesinos, el comisario Conesa, el temible Yagüe, y un sádico, “Billy el niño”, o lo que es lo mismo Juan Antonio González Pacheco. No los conocíamos físicamente todavía pero circulaba por los círculos de lucha antifranquista su crueldad. Posteriormente la conocimos de manera directa.

En aquel tiempo se estaba discutiendo el Estatuto para la Politécnica, y la izquierda lideró esa lucha, yo era representante de 'Teleco', y después de una reunión clandestina en Caminos, al salir camino del autobús, paró bruscamente un Seat negro a mi lado, supe enseguida lo qué suponía aquello, bajaron dos policías de la Brigada Político Social, uno de ellos era “Billy el niño”.

Creo que nunca se borrará de mi mente aquella cara. Ahora vuelven a mí los recuerdos de aquellos interminables días en la DGS, en la Dirección General de Seguridad de la Puerta del Sol. Aquel tétrico edificio que aún me da escalofríos al pasar delante, por más que ahora sea la sede del Gobierno de la Comunidad de Madrid.

Hoy al recordar aquellos hechos pienso que también en esa ocasión pude ser yo, cuando Billy “actuaba” y uno de sus compañeros le decía “ten cuidado que se te va a ir la mano otra vez y lo vas a matar”, resuenan esas palabras y las recuerdo como si fueran ahora. Y su respuesta “no importa, hacemos como con Ruano, lo tiramos por la ventana y decimos que se quería escapar”.

Pienso en Enrique, en todos los Enriques que dejamos por el camino, en aquellos camaradas, los abogados de Atocha. Por eso escribo estas líneas, que son, que quieren ser un homenaje a quienes lucharon codo con codo conmigo y hoy ya no están. Mirar la vista atrás no te convierte en estatua de sal, es una obligación para mantener viva el recuerdo.

Estamos en otro tiempo, pero esta mañana de invierno recuerdo aquellos momentos, aquellos días, aquellos interrogatorios crueles, aquellas gentes, a mis camaradas caídos con sensaciones profundas, muy profundas, y alguna lágrima asomando por mis ojos.

Os recuerdo hoy, os recordaré siempre camaradas, compañeros. Vuestro ejemplo me guía y guiará, sé que también vosotros no consentiríais sin alzar vuestra voz que la izquierda no se una para frenar a la derecha extrema.  Os recuerdo, y a través de esta reflexión intento que os recuerden todas aquellas personas que la lean. No perdono a vuestros asesinos ni a sus herederos ideológicos que ahora comienzan a asomar su existencia sin pudor.

Lo hago precisamente hoy cuando negros nubarrones amenazan de nuevo nuestra convivencia, con el acoso de la derecha extrema y la extrema derecha que cada vez se parecen más. Porque más que nunca debemos mantener viva la llama de esa memoria colectiva.

Nuestra democracia estuvo en peligro entonces y a pesar de la satisfacción de tener un gobierno de las izquierdas lo podría estar ahora 43 años después, por eso olvidar es tan peligroso.

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