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Por qué deberías leer La Odisea si vives en el extranjero

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“Lo peor que puede sufrir el ser humano es no tener hogar; debemos soportar la vida a causa de un hambre desesperada; aguantamos, como migrantes sin hogar”.

Con la adaptación cinematográfica de Christopher Nolan a la vuelta de la esquina, no podía dejar pasar la oportunidad de leer el clásico de Homero, La Odisea. La mitología grecorromana es ese cúmulo de historias y leyendas que muchos estudiamos en el colegio, pero que solo con el paso de los años podemos entender por completo. Y sobre todo, entender por qué continúan obsesionándonos generación tras generación.

Si hubiera leído la obra de Homero a los 23 años, las palabras del escritor no me hubieran resonado tanto. Cuando emigré de Barakaldo a Utrecht (Países Bajos) en busca de una estabilidad que no encontraba, aún no entendía el sentimiento de desarraigo que vendría más adelante. Tampoco era consciente de que estaba emigrando; se suponía que sería solo una beca de unos meses.

Pero ahora me encuentro casi a las puertas de los treinta y no he vuelto a España. He vivido fuera de mi país casi la mayor parte de mis veinte años. Se siente extraño. Pero sé que no estoy sola, que no soy el único caso. Entender que es un fenómeno generacional consuela, pero no cura. Incluso revuelve un poco más.

Cuando empecé a leer la traducción de Emily Wilson de La Odisea, esperaba el viaje épico de Odiseo de vuelta a Ítaca, la lucha silenciosa de Penélope contra sus pretendientes, los esfuerzos de Telémaco por traer de vuelta a su padre. Y mientras leía, me sorprendió darme cuenta de que el éxito de Homero iba más allá de los dioses, las aventuras y las guerras.

Ahora entiendo que son las frustraciones, sueños y anhelos de los protagonistas… Las historias humanas de la novela son las que nos inspiran a seguir leyendo. Yo nunca me he encontrado a ningún cíclope, ni creo que ninguno de vosotros lo haya hecho, ni me han seducido las sirenas, ni he viajado todavía al Hades en busca de respuestas sobre cómo volver a casa. Quién pudiera, por otra parte. Y aun así, encontré algunos pensamientos de Odiseo muy familiares.

Si eres una persona religiosa, sentirás que, al igual que Odiseo con Atena, los dioses están de tu lado, pero en mi caso no. Lo que tuve yo, que ya es más de lo que tienen muchas personas, fue una beca con la que pude vivir los primeros meses en Países Bajos. Es lo que me ofrecía la administración, con la promesa de un futuro mejor y la certeza de que no sería en España.

Así que, si has pasado suficiente tiempo lejos de casa, de tus seres queridos y de esa versión de ti mismo que dejaste allí, te habrás sentido bastante perdido.

“Mientras tanto, Odiseo, que había estado durmiendo en su tierra natal, Ítaca, se despertó, pero no reconoció el lugar del que se había ausentado durante tanto tiempo. Los puertos acogedores, el sinuoso camino y los frondosos árboles le resultaban totalmente desconocidos a su propio rey. Se puso de pie de un salto y, al contemplar su tierra natal, gimió, se golpeó los muslos y rompió a llorar”.

Parece evidente. Vivir lejos de casa, o ser alejado de ella, equivale a que rara vez te encontrarás en el mismo hogar si alguna vez llegas a regresar. Odiseo no conoce a su hijo, Telémaco, que nació mientras el héroe estaba ausente en la guerra de Troya. Odiseo también se pierde la muerte de algunos de sus seres queridos, de la que solo se entera por casualidad, lo que nos deja con una sensación de agonía difícil de explicar… si es que no has vivido la pérdida estando lejos de casa.

Odiseo se sintió tentado, como muchos de nosotros, por la posibilidad de encontrar un futuro mejor. Nadie en su sano juicio sufriría alejado de su hogar si no fuera por la perspectiva de algo mejor. En el caso de Odiseo, la diosa Calipso le ofrece la inmortalidad, el confort y su divina compañía, y aunque él abrazó esa vida durante siete años, seguía añorando Ítaca.

En mi caso, sigo echando de menos Ítaca. Más aún, porque todas mis amistades que hasta ahora, como yo, vivían en el extranjero, vuelven a casa. Más por necesidad que por convencimiento de que allí encontrarán algo mejor. Y es triste. Es triste que esa vuelta a casa no sea como la de Odiseo: completamente llena de alegría con la perspectiva de vivir en casa el resto de tu vida con tus seres queridos. Más que eso, llegan con la reticencia a desempaquetar por completo y la perspectiva de que deberán abandonar Ítaca de nuevo más pronto que tarde.

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