La izquierda: un nuevo ciclo
En 1840 Pierre-Joseph Proudhon pública su obra: ¿Qué es la propiedad? o una investigación acerca del principio del derecho y del gobierno. A la pregunta que figura en el título de su libro Proudhon responde: la propiedad es un robo. Había nacido el moderno anarquismo.
Poco después, en 1848, Karl Marx lanza el Manifiesto Comunista. Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo… Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases.
Desde entonces ha pasado bastante más de siglo y medio. Millones y millones de personas han trabajado y luchado ardientemente para conseguir un mundo donde la propiedad no fuera un robo o donde la clase obrera llegara a construir una sociedad sin clases.
¿Dónde estamos hoy? Ignacio Sánchez Cuenca, Profesor de Ciencia Política, ha escrito un libro titulado: La izquierda: fin de (un) ciclo. En él pone claramente de manifiesto que el ciclo iniciado hace más de siglo y medio, y en el que se pretendía una transformación profunda de la sociedad, se está agotando. En la presentación del libro afirma: “La izquierda como movimiento político está ligada a una determinada época histórica en la que era posible transformar el mundo a través de la esfera política de acuerdo con un plan previamente establecido, ya fuera mediante la acumulación de reformas o mediante una revolución. En nuestros días, sin embargo, la política ha sido reemplazada como instancia rectora de la vida social por la economía. La ideología dominante en la actualidad, el neoliberalismo, es una ideología económica que pide confinar la política a un espacio inofensivo para el capitalismo”.
Una mirada a la realidad confirma plenamente este diagnóstico. ¿Existe hoy día algún partido que pretenda una superación del capitalismo? Si existe, ¿qué fuerza social tiene? La izquierda mayoritaria, la que puede pelear electoralmente con las fuerzas de derecha, ¿pretende algo más que alcanzar la quimera de un capitalismo con rostro humano?
Pero el mundo que nos queda al final de este ciclo, el mundo construido por el capitalismo, presenta un porvenir mucho más tenebroso que el que existía a mediados del siglo XIX. Las desigualdades económicas son brutales y se incrementan día a día. Y un problema del que apenas había conciencia en el siglo XIX: el cambio climático y el agotamiento de los recursos, que marcan un final ineludible para nuestra civilización productivista y consumista.
Esta situación podemos afrontarla con una mirada pesimista o con un ánimo optimista. El pesimismo nos hunde en el fatalismo y la inacción. La actitud optimista nos lleva a la esperanza que ilusiona y moviliza. La mirada optimista no niega la realidad, esa situación tremendamente crítica a la que la humanidad se enfrenta en este momento. Pero no lo considera algo inapelable. Lo ve como consecuencia de un proceso histórico en que se han mezclado aciertos y graves errores. Un primer paso para superar esta realidad sería, pues, analizar los errores de esa izquierda que se está agotando.
La corriente más fuerte de la izquierda realmente existente es la que se ha inspirado en las tesis de Marx. Es por tanto esta izquierda la que debemos examinar preferentemente. Marx parte de una filosofía radicalmente materialista. Eso nos lleva al hombre unidimensional. Una persona que tiene sus valores más elevados ahogados bajo sus aspiraciones económicas. Su inteligencia se reduce a una racionalidad instrumental centrada en el beneficio inmediato olvidando lo más profundo de la sabiduría humana.
A nivel personal Marx sí supera esa cortedad de miras materialista, lo que le lleva a soñar con una sociedad justa y libre, pero cuando plantea el camino hacia esa sociedad queda atrapado por su materialismo. Pertenece a esa generación de economistas que consideran que la economía es una ciencia natural como la física o la química, piensa que esa ciencia es la que tiene que guiar al socialismo. Todo lo demás, incluida la ética, supone un desviacionismo rechazable. Alberto Garzón, en su libro Por qué soy comunista, escribe: “Marx y Engels nunca basaron su defensa del comunismo en valores éticos y morales; de hecho, criticaron con dureza a quienes así lo hacían”. También afirma Garzón que “a ambos les importaba el conocimiento más que la moral”. Pero su conocimiento era un conocimiento recortado.
En consecuencia, la defensa del comunismo la buscan en el conocimiento científico. Y creen que la han encontrado. Garzón lo explicita así: “Tanto Marx como Engels pensaban que habían descubierto las leyes de funcionamiento de la sociedad capitalista, y con ello asumieron que el orden social era equiparable a cualquier orden físico y, en consecuencia, interpretable según códigos científicos”. ¿Pero qué pasa cuando una tesis con pretensiones de científica no supera las pruebas de la realidad? Parece evidente que las tesis de Marx sobre la evolución de la sociedad han sido claramente desmentidas por todo lo acontecido en el mundo. Habrá que buscar, pues, caminos nuevos.
Creo que la visión materialista de los seres humanos también está detrás de lo que escribió Erich Fromm en su libro Tener o ser: “El socialismo y el comunismo rápidamente cambiaron, de ser movimientos cuya meta era una nueva sociedad y un nuevo Hombre, en movimientos cuyo ideal era ofrecer a todos una vida burguesa, una burguesía universalizada para los hombres y las mujeres del futuro. Se suponía que lograr riquezas y comodidades para todos se traduciría en una felicidad sin límites para todos”.
Esta suposición: “que lograr riquezas y comodidades para todos se traduciría en una felicidad sin límites para todos”, ha facilitado el triunfo universal de ese imaginario colectivo burgués según el cual, en palabras de Zygmunt Bauman, “todos los caminos a la felicidad nos llevan a ir de compras, es decir, a un aumento del consumo”.
Esto me lleva a pensar que un nuevo ciclo de izquierdas tendría que apoyarse en la apuesta por construir una sociedad basada en los valores éticos y en una racionalidad sabia, no instrumentalizada por la ambición. Y una sociedad que en la insoslayable búsqueda de la felicidad tuviera en cuenta todo lo que el pensamiento humano ha reflexionado en ese terreno y no se dejara llevar por el engaño de buscarla en un consumo alienante.
¿Podríamos aprovechar la crisis creada por la pandemia del coronavirus para emprender ese nuevo camino?
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