Así no se puede
Resulta extraordinario y desesperante a partes iguales que la izquierda se las vaya a apañar para perder las elecciones ante un “jeta” incapaz de decir anatomía y un milhombres que ya ha dejado claras sus intenciones de copiar las políticas de Javier Milei que han llevado a millones de Argentina a la miseria. Y es exactamente lo que va a pasar.
Da igual que desde la derecha se agiten banderas de insolidaridad popular, se promueva el odio entre españoles, y se recupere un clasismo rancio al que, sorprendentemente, se suman más alegremente que nadie los de las clases más bajas. Da igual que presenten panfletos sin programa en los que solo hay escrita una palabra que, eso sí, suena bien. Lo que debería ser considerado un insulto a la inteligencia del votante, que uno solo puede pensar que se les ocurrió en una sesión de “no hay huevos” barra “sujétame el cubata”, resulta que sirve para hacerse con una mayoría absoluta. ¿Por qué?
Pues podríamos, como siempre, desviar la culpa hacia al votante, al que no se le puede quitar ni un ápice de responsabilidad, pero poco provecho se obtiene de la crítica si no se acompaña, a la vez, de autocrítica. Y ahí es donde empiezan los problemas. Porque autocrítica, en la izquierda, poca. O, al menos, nunca la encontramos cuando más necesaria es, que es precisamente ahora, antes de la debacle.
Después, ya sí. Después, derrotados, desmoralizados y cabizbajos nos arrepentimos y nos preguntamos qué hemos hecho mal. Y todos sabemos la respuesta: que no somos Fuenteovejuna y no vamos todos a una.
La derecha, para hacerse con el poder y mantenerse en él, ideó muchos siglos atrás una estrategia clara: “divide y vencerás”. Simple pero eficaz. Lo más triste es que ahora ya no necesitan ni ponerla en práctica. Ahora ya les vale con sentarse, esperar y, finalmente, con las palomitas en la mano, disfrutar del espectáculo dantesco de que, en el otro lado, ellos mismos sean incapaces de unirse. Todo mientras el Pueblo, el que sabe que unido no puede ser vencido, se tira de los pelos, asistiendo desquiciado a una obra que ya ha visto mil veces pero que sigue viendo, confiando en que, esta vez sí, el final será satisfactorio. Pero, no, esta vez tampoco. Igual que no lo fue ninguna de las anteriores.
Los que venían a unir, no aunaron. Los que creyeron que podían asaltar los cielos, no pudieron. Los que venían a sumar, restaron. Los que querían ser más, acabaron siendo menos. Y, por desgracia, lo estamos viendo todos: el frente no será lo suficientemente amplio.
“¿Y por qué no se ponen de acuerdo?”, nos preguntamos, desesperados, los votantes de izquierdas. Pues podemos ponernos todo lo analíticos y sesudos que queramos, buscando explicaciones en el clima social presente o en las complejidades inherentes a la supervivencia en la jungla política, pero quienquiera conocer a alguien que mire menos para fuera y que busque más dentro.
No hay acuerdos, sencillamente, porque los egos de los implicados lo impiden. Porque si nos unimos, yo ya no voy en cabeza y mi nombre se pierde en las listas entre una retahíla de nombres y ya no es a mí a quien le ponen los micros delante ni es mi cara la que sale en los carteles. El ego y solo el ego es el que hace que dos partidos en cuyos programas cambian apenas tres comas y un punto sean incapaces de llegar a un acuerdo. El ego y solo el ego es el que hace que del mismo grupo de correligionarios terminen surgiendo el Frente Judaico Popular, el Frente Popular de Judea y la Unión Popular Judaica. Y el ego y solo el ego es el que ha hecho imposible que se adscribiera al Frente Amplio ese Podemos que se ha convertido en el Cristiano Ronaldo de la política española, que un día fue el número 2 pero que a día de hoy se arrastra por los campos (o las urnas) desesperado por mantener un mínimo de relevancia que ya solo existe en su cabeza.
Así que, a los votantes, nos va a tocar jugar a una suerte de “quién es quién” lioso y fatigante, y asistir a un sinfín de guerras intestinas en las que la mayoría de los votos del electorado de izquierdas acabarán aniquilados por fuego amigo. Nada nuevo bajo el sol.
Y mientras la vida sigue, el pueblo se vuelve a desesperar esperando a ese Godot que es la unión de las izquierdas, ya asimilando que esta vez tampoco.
Pero bueno, crucemos los dedos. Malo será que para la siguiente no hayan aprendido la lección. Si es que hay siguiente, que a ver qué queda del país después del paso de la ultraderecha por la vicepresidencia.
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