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¿Es posible un capitalismo progresista?

Antonio Zugasti

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La imagen que presenta Joseph Stiglitz de un capitalismo progresista es atractiva, el problema es si ese capitalismo es posible. Mirado desde el punto de vista económico −como es lógico que lo mire un premio Nobel de economía− llegar a ese capitalismo no parece fácil, pero tampoco misión imposible. Pero ¿es suficiente que sea económicamente viable? ¿Podemos llegar a un capitalismo con rostro humano? Normalmente el capitalismo se mira simplemente como un sistema económico, pero yo creo que es algo más que un sistema económico. En el fondo hay una filosofía y una antropología que forman el cimiento sobre el que se construye la economía capitalista.

Detrás de la economía capitalista podemos ver la filosofía de Locke, según la cual el hombre tiene derecho a matar para defender su propiedad. O sea que la propiedad de una persona vale más que una vida humana. Y también la filosofía de Hobbes, que con su pesimismo radical sobre los seres humanos −el hombre es un lobo para el hombre− tampoco puede inspirar una humanidad benévola y cooperativa. Según su visión de la sociedad, para no destrozarnos mutuamente unos a otros tenemos necesidad de entregarnos a un soberano absoluto, el Leviatán. Pero un soberano real podría coartar la libertad de actuación de la burguesía capitalista, por eso es mejor buscar un “soberano” adaptado a los intereses de esta clase. El Mercado es el mejor soberano que los capitalistas podían haber imaginado: se le presenta como una realidad económica incuestionable. A sus leyes se les atribuye el carácter de leyes naturales, con la inviolabilidad de cualquier otra ley natural.

También en el utilitarismo se admite como presupuesto psicológico y moral que el hombre es por naturaleza egoísta y busca su propio interés. Jeremy Bentham, creador de esta corriente filosófica escribe: “A cada porción de riqueza corresponde una porción de felicidad”, y “el dinero es el instrumento con el que se mide la cantidad de dolor o de placer”.

En la clásica obra de Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo vemos que el primitivo capitalismo está impregnado de una religiosidad en la que su Dios es el Dios terrible de Calvino. Un Dios bárbaro que reúne lo más cruel y arbitrario del Dios del A.T. Un Dios que en esta vida premia con la riqueza a sus elegidos, a los que decide salvar, mientras que los demás están condenados en esta vida y en la otra. En el último siglo la secularización ha sacudido los tronos de los dioses sobrenaturales, pero, por supuesto, no ha entronizado a ningún dios más benévolo. Dentro del mundo capitalista −hoy prácticamente todo el planeta− ha sido el dinero el que se ha constituido como la divinidad a la que todos adoran y de la que todos esperan la salvación y la felicidad.

Estas corrientes de pensamiento han dado origen a un tipo humano: el hombre burgués, capitalista, el hombre unidimensional de que hablaba Marcuse, la persona para la cual lo económico es lo fundamental y básico. También han acabado configurando un imaginario colectivo, el imaginario burgués, que Zygmunt Bauman resume en tres puntos: el crecimiento económico como panacea para todos los males; a la felicidad se llega por el consumo; y la meritocracia, cada uno tenemos lo que nos merecemos por nuestra inteligencia y esfuerzo.

Por otra parte en la mentalidad capitalista no entran para nada la moral y la ética, aunque en la historia de la humanidad no haya sido siempre así. Antes de que naciera la ciencia económica moderna los precios de las cosas y el interés del dinero estaban sometidos a normas morales que recriminaban la avaricia, la usura o la codicia. Dos argumentos han sido decisivos para que hayamos pasado de la moral tradicional a la situación actual. En primer lugar, la economía, que comenzó incluida entre las ciencias morales y políticas, se mostró pronto influida por el prestigio que en el siglo XVIII adquirieron las ciencias físico-matemáticas. Los primeros economistas pretendieron que su ciencia tuviera el mismo carácter de precisión y objetividad que las ciencias naturales. Para ello fue necesario postular que las leyes que rigen la economía son leyes naturales como las de la física o la astronomía, y por tanto no pueden ser analizadas desde un punto de vista moral.

En segundo lugar, se difundió la idea de que el conjunto de las actividades económicas, el “sistema económico”, posee una lógica interna por la cual tiende a autorregularse de la mejor manera posible. Es decir, que en el terreno económico las cosas salen mejor si no se trata de orientarlas desde una instancia exterior al mundo económico, como podría ser una exigencia moral. En palabras de Gaspar Melchor de Jovellanos, “la lucha de intereses, que agita a los hombres entre sí, establece naturalmente un equilibrio que jamás podrían alcanzar las leyes”. Adam Smith formula decididamente este postulado dándole la forma de verdad incuestionable. Aseguró que en el mercado capitalista la “libre” actividad de los individuos, guiados sólo por su ambición y su egoísmo, no conduciría al caos, sino a los resultados más beneficiosos para el conjunto, gracias precisamente a esa supuesta “mano invisible” del mercado, especie de providencia que ordenaba todo para el mayor beneficio general.

Me parece incuestionable que mientras en el mundo sigan dominando esa mentalidad y esos valores, mientras el hombre unidimensional sea el tipo mayoritario en nuestra sociedad, difícilmente podremos salir del capitalismo puro y duro, ese que hoy se presenta como neoliberalismo. Por el contrario, si consiguiéramos que una lucha ideológica, cultural y ética empujara a los seres humanos para que sacásemos lo mejor que hay en el fondo de nosotros mismos, lo más sensato y lo más ético, entonces no tendríamos un capitalismo progresista, habríamos liberado a la humanidad y al planeta Tierra del capitalismo, la mayor crisis que hemos sufrido los seres humanos en la historia.

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