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Sobre este blog

Piedras de papel es un blog en el que un grupo de sociólogos y politólogos tratamos de dar una visión rigurosa sobre las cuestiones de actualidad. Nuestras herramientas son el análisis de datos, los hechos contrastados y los argumentos abiertos a la crítica.

Autores:

Aina Gallego - @ainagallego

Alberto Penadés - @AlbertoPenades

Ferran Martínez i Coma - @fmartinezicoma

Ignacio Jurado - @ignaciojurado

José Fernández-Albertos - @jfalbertos

Leire Salazar - @leire_salazar

Lluís Orriols - @lluisorriols

Marta Romero - @romercruzm

Pablo Fernández-Vázquez - @pfernandezvz

Sebastián Lavezzolo - @SB_Lavezzolo

Víctor Lapuente Giné - @VictorLapuente

Luis Miller - @luismmiller

Lídia Brun - @Lilypurple311

Sandra León Alfonso - @sandraleon_

Héctor Cebolla - @hcebolla

Los chicos (y sobre todo las chicas) no están bien

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Estos días se multiplican las iniciativas de madres y padres en distintos lugares de España que tratan de organizarse para retrasar, de manera colegiada, la edad a la que entregan el teléfono móvil a sus hijos en sus comunidades inmediatas (escuela, barrio, municipio). Según datos del INE de 2021, el 86% de los y las adolescentes de 13 años disponía ya de un teléfono móvil propio y esta cifra superaba el 96% entre quienes tenían 15 años. El uso más frecuente que se hace de los dispositivos en estas edades tempranas incluye publicar o reaccionar a contenidos en las redes sociales –a pesar de que muchas de las más frecuentes, como WhatsApp o TikTok no están en principio permitidas en la UE a menores de 16.

El aumento de la proporción de adolescentes y jóvenes con acceso a redes sociales en sus dispositivos personales a edades cada vez más tempranas ha ido en paralelo a un preocupante incremento de los problemas de salud mental como la ansiedad o la depresión en esta misma franja de edad. De acuerdo con los datos oficiales de las instituciones sanitarias, en Estados Unidos la proporción de adolescentes que declara presentar sentimientos de tristeza y desesperanza ha aumentado drásticamente en la última década, sobre todo entre las chicas. Esta tendencia al alza, así como la diferencia entre chicos y chicas, es muy similar cuando se examinan otros indicadores, entre los que tal vez sean especialmente alarmantes los relativos a las ideaciones suicidas y los intentos de suicidio. En nuestro país no hay datos oficiales con el mismo grado de detalle en lo que respecta a los indicadores considerados, a la desagregación por edad y a la evolución temporal. No obstante, las principales conclusiones de los datos disponibles para España están inequívocamente alineadas y muestran con mucha contundencia un claro aumento de los problemas de salud mental en los adolescentes y jóvenes y una evidente peor situación de las chicas.

En Estados Unidos (sobre todo, pero no sólo) ha proliferado una línea de investigación en torno a la posible relación entre la exposición a redes sociales y los problemas de salud mental. Estas contribuciones empíricas y los debates metodológicos y sustantivos que han suscitado son muy interesantes porque ponen de manifiesto problemas generalizados de la investigación en ciencias sociales, que abordan fenómenos complejos y en los que no es sencillo aislar las causas últimas.

Correlación no implica causalidad: descartando explicaciones alternativas

Intuitivamente, la relación entre redes y mala salud mental parece plausible, pero sabemos bien que en ciencias sociales el hecho de que dos fenómenos se muevan conjuntamente no implica que uno sea el causante del otro –correlación no implica causalidad. Para empezar, los datos (y diseños) que se requieren para establecer inequívocamente que una mayor exposición a las redes es la causa (o una causa) que explica el aumento de las afecciones mentales en adolescentes y jóvenes son difíciles de generar y los análisis que se requieren son asimismo muy complejos. Examinemos a continuación varios motivos concretos, al margen de la existencia o no de datos, que complican esta atribución de causalidad.

En primer lugar, es muy posible que en los últimos años se declaren más (y en consecuencia se diagnostiquen en mayor medida o con más precisión) los problemas de salud mental. Según este razonamiento, no existiría un aumento real que explicar (no habría más casos sino solamente más casos declarados) y en consecuencia no tendría sentido buscar una pistola humeante a la que atribuir la responsabilidad del cambio. Contra este argumento se pueden ofrecer los cambios en las cifras de ingresos hospitalarios por autolesiones e intentos de suicidio –que en muchos contextos han aumentado sustancialmente– y las del incremento de las muertes por suicidio –en algunos tramos de edad el suicido es ya la primera causa de muerte incluso en España. Sí hay, por lo tanto, un fenómeno nuevo por explicar.

En segundo lugar, podría suceder que quienes acceden antes, con más intensidad o están expuestos a contenidos con más riesgo en las redes sean adolescentes y jóvenes con peor salud mental de partida o más susceptibles de padecerla. Algunos estudios (por ejemplo, éste para población general en Francia) han mostrado que un bajo nivel educativo y de renta se relaciona con un uso de internet más centrado en las redes sociales, los servicios de streaming o los contenidos para adultos y menos en el acceso a información. Por otra parte, también sabemos que hay una brecha evidente en salud física y mental en todos los tramos de edad que se debe a los recursos socioeconómicos de los individuos.

En tercer lugar, sería sensato pensar que hay otras características individuales o acontecimientos sociales que explican ambos fenómenos. Por ejemplo, se ha argumentado que la pandemia pudo, por una parte, hacer que aumentara el uso de dispositivos electrónicos (y de aplicaciones de redes sociales en ellos) por encima de un umbral “razonable” como consecuencia de las limitaciones para la interacción social en persona que se establecieron y, por otra, pudo haber empeorado de manera independiente la salud mental de los jóvenes al intensificar su ansiedad, su preocupación o su estrés por la situación personal, familiar o social derivada de la propia crisis. Hay razones que cuestionan esta idea. Una de ellas es que el consumo digital ya era muy intenso –y creciente– entre adolescentes y jóvenes antes de la pandemia. Según el Informe de la juventud en España 2020 (que se basa en datos de encuesta de 2019), el 60% de los adolescentes entre 14 y 19 años pasaban ya en ese año más de tres horas al día conectados a internet y su consumo digital se concentraba en dos actividades principales: la conexión a redes sociales (más frecuente en las chicas) y a plataformas de contenidos audiovisuales.

Por último, se ha argumentado en ocasiones que la evidencia empírica no respalda una relación fuerte entre dosis (cuánto de expuesto a las redes está un usuario) y respuesta (cuánto empeora su salud mental), como sería esperable si la relación fuera causal. Según algunos expertos en el tema (por ejemplo, aquí), lo importante en este caso es cuántas personas de la propia red están expuestas. En un contexto (como hace al menos una década) en el que pocos adolescentes y jóvenes tenían un dispositivo propio, existe una clara relación entre exposición y salud mental (más horas de exposición de un usuario implican peor salud) pero no se producen efectos adversos en la salud mental de sus pares. En un contexto como el actual en el que la mayor parte de los adolescentes y jóvenes disponen de teléfono propio y acceso a alguna red social, retirar el acceso a un usuario puede no sólo no mejorar su propia salud mental sino empeorarla, al aislarle de la interacción que sus pares siguen manteniendo en línea o de planes en persona que surgen de esa interacción. Como en el cuento de Ricitos de Oro, la virtud estaría en un término medio de uso que garantice la integración con sus pares pero impida que se desplacen actividades importantes o que se deterioren procesos cognitivos.

¿Hay mecanismos explicativos plausibles para relacionar el uso de redes y la salud mental?

Hay explicaciones razonables tanto para pensar que la relación causal puede de hecho existir como para explicar por qué el efecto negativo puede ser mayor entre las chicas que entre los chicos. Los epidemiólogos Richard Wilkinson y Kate Pickett, por ejemplo, han señalado en este artículo cómo las sociedades en las que las diferencias de estatus son muy marcadas y hay competición por la posición individual se enfrentan a un mayor sentimiento colectivo de amenaza derivado de la evaluación social. Las respuestas individuales a esta amenaza que supone el juicio externo incluyen dos extremos: uno, dejarse llevar por los sentimientos de inferioridad, baja autoestima, incompetencia y depresión; otro, embarcarse en diversas formas de narcisismo y exhibicionismo. Las redes sociales, especialmente aquellas cuyos contenidos principales –o aquellos que los algoritmos priorizan– son imágenes o vídeos que enfatizan el aspecto físico, el triunfo o que muestran como ejemplo estilos de vida y actividades de ocio basadas en el estatus pueden fomentar sentimientos de baja autoestima, insatisfacción o aislamiento que se relacionan con las afecciones de salud mental que más están creciendo entre adolescentes y jóvenes.

Regular el acceso a los dispositivos de uso personal, a las redes sociales y los contenidos a los que se accede –o que las propias aplicaciones priman– supone un reto para muchas familias y plantea problemas de acción colectiva evidentes para las comunidades en las que éstas se insertan. Dar prioridad a este tema en la agenda pública y fomentar que sea la investigación rigurosa centrada en mejorar la salud pública –por encima de los intereses comerciales de las empresas que ofrecen los servicios– la que guíe la acción política es fundamental para atajar el deterioro emocional de las generaciones jóvenes.

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