La secularización no se detiene, pese al repunte religioso entre los jóvenes
En los años ochenta del siglo pasado, nueve de cada diez españoles se declaraban católicos; hoy, apenas lo hace la mitad de la población. Detrás de esta caída está lo que los sociólogos denominan secularización: un proceso por el cual el pensamiento, las prácticas y las instituciones religiosas pierden relevancia social. Esto se traduce en una menor asistencia a la iglesia, una mayor separación entre Iglesia y Estado y un papel cada vez más reducido de la religión en la política, la educación y la vida cotidiana.
La secularización, además, sigue un mecanismo bastante sencillo: desde hace décadas, cada generación es menos religiosa que la anterior. Así, la sociedad española pierde creyentes a medida que las generaciones mayoritariamente católicas —nacidas a mediados del siglo XX— se retiran y son sustituidas por cohortes mucho menos religiosas, especialmente las nacidas en este siglo.
Este proceso se aprecia con claridad en el gráfico 1, donde utilizo más de un millón de observaciones del fichero integrado de datos del CIS para mostrar la secularización en España. Se incluyen todos los barómetros que preguntan por la religiosidad, desde 1985 hasta marzo de 2020. A partir de ese momento, el CIS cambia su metodología —de encuestas presenciales a telefónicas—, por lo que las tendencias deben analizarse de forma distinta, como hago en el gráfico 2. En el gráfico 1, cada punto corresponde a un año e incluyo también líneas de tendencia en el porcentaje de personas que se declaran católicas.
Durante los años ochenta y noventa, la secularización avanzaba despacio: apenas un punto menos de católicos cada cuatro años. Pero con la llegada del nuevo siglo, el ritmo cambia por completo y se acelera hasta rozar un punto porcentual menos cada año. Entre los jóvenes, como cabría esperar, la tendencia es aún más intensa: en lo que va de siglo, cada año ha habido entre uno y dos puntos menos de jóvenes que se declaran católicos. El resultado es un cambio generacional muy claro: mientras en el conjunto de la población todavía persiste una ajustada mayoría de católicos, entre los menores de 30 esa mayoría desapareció hace ya más de una década.
A pesar de lo nítido de este proceso, en los últimos años hay una pregunta que reaparece una y otra vez: ¿está volviendo la religión entre los jóvenes? Algunos retratos impresionistas y ciertos datos cualitativos invitan a pensarlo. Pero cuando uno acude a las cifras, la respuesta exige bastante más prudencia.
El problema es que, como comentaba antes, el CIS cambia su metodología justo al inicio de la pandemia. Desde entonces, seguir la evolución de sus series ya no es tan sencillo. Sin entrar en demasiados detalles, desde abril de 2020 las encuestas pasan a ser telefónicas, lo que altera la composición de la muestra: hay más personas con estudios superiores (generalmente menos religiosas) y menos con estudios primarios (generalmente más religiosas). Estos sesgos deben corregirse, y no es una tarea trivial.
Aun así, con una base de datos tan amplia merece la pena intentarlo. El gráfico 2 recoge esa estimación y muestra la evolución de la religiosidad en los últimos cinco años, excluyendo 2020, que resulta especialmente problemático en la serie del CIS.
El gráfico 2 es bastante claro: la secularización en la población general no solo no se ha detenido, sino que ha seguido avanzando con fuerza tras la pandemia. La estimación más reciente sitúa en torno al 50% el porcentaje de personas que se declaran católicas en España.
Y, salvo cambios profundos, esta tendencia no parece que vaya a frenarse. El motivo es el mismo mecanismo de reemplazo generacional que comentaba antes: como muestra la línea roja, el porcentaje de jóvenes que se declaran católicos es sensiblemente menor que el observado en el conjunto de la población. Eso implica que, año tras año, a medida que unas cohortes sustituyen a otras, el peso del catolicismo seguirá disminuyendo en España.
Al mismo tiempo, los datos parecen dar cierto respaldo a esos retratos recientes que apuntan a que algunos grupos de jóvenes están siendo, por primera vez en medio siglo, algo más religiosos con el paso del tiempo.
El repunte de los jóvenes actuales es compatible con la secularización general por dos razones.
En primer lugar, porque parte de niveles ya muy bajos. Las cohortes jóvenes de hace veinte años comenzaban en torno al 60–65% de católicos y luego descendían. Las actuales parten de aproximadamente un 35% y, en el mejor de los casos, se estabilizan o repuntan ligeramente. El resultado es que el reemplazo generacional sigue siendo secularizador en términos netos: incluso con ese pequeño repunte, los jóvenes continúan siendo mucho menos religiosos que las generaciones a las que sustituyen.
En segundo lugar, hay una interpretación plausible del propio repunte. A medida que la religión deja de ser la norma social, quienes se siguen declarando católicos tienden a tener una adscripción más intensa y menos nominal. La base se reduce, pero se consolida entre quienes permanecen: lo que en sociología se describe como el modelo de la “iglesia pequeña” pero comprometida.
Existe también una interpretación alternativa, más especulativa: que entre los jóvenes actuales esté emergiendo cierta reacción cultural frente al secularismo predominante, una especie de revival identitario. Sin embargo, el período 2021–2026 es todavía demasiado corto como para distinguir con claridad entre estas explicaciones.
Lo que sí permiten afirmar los datos es que la secularización agregada no se ha detenido. El reemplazo generacional garantiza que continuará, incluso si los niveles entre los jóvenes se estabilizan, salvo que las nuevas cohortes converjan con la edad hacia niveles de religiosidad similares a los de sus mayores. Y eso es, precisamente, lo que habrá que observar en los próximos años.