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OPINIÓN | Picoletos novit curia, por Elisa Beni

Viene la España neofeudal

Nunca permitas que la realidad te estropee un buen titular. Es la regla de oro de la política moderna. Los líderes y gobernantes sólo comparecen para dar buenas noticias a través de los medios de comunicación de masas. Las malas noticias llegan boca a boca, cuando te suceden a ti y ya no queda tiempo para reaccionar.

La gran mayoría de los españoles han descubierto qué significaban realmente la reforma laboral, el programa de estabilidad presupuestaria o la reforma de las pensiones cuando han ido a buscar un empleo, o han cobrado su primera nómina del año, o les han ingresado la pensión, o cuando han ido al médico porque les dolía algo, o han acudido a la farmacia para comprar los medicamentos que les acababan de recetar, o al principio del curso cuando han ido a buscar los libros de los niños. El gobierno y la mayor parte de los medios les habían contado otra historia, una más confortable y tranquilizadora donde los recortes y los sacrificios recaían siempre sobre los demás, sobre quienes realmente se los merecían; porque todo el mundo sabe que tú no te los mereces.

En Piratas de lo público identificaba cómo el neoliberalismo corsario había suministrado cobertura moral e intelectual al asalto contra el Estado del Bienestar mediante su discurso donde todo lo público se acaba volviendo perverso para la libertad individual, peligroso para la democracia e inútil para resolver los problemas sociales. Desde el inicio de esta crisis ese mismo neoliberalismo se ha acreditado también como un corsario de la verdad, en cada ocasión más voraz e impúdico.

Una vez más la lógica reaccionaria se ha convertido en su principal arma. Pensar diferente resulta perverso, peligroso e inútil. Vivimos en la edad de oro del pensamiento patrocinado. El dinero ya sólo compra fuerza para mantener el poder en los países pobres. En los países ricos patrocina ideas. Al parecer sólo existe una verdad respecto a cuánto ha sucedido durante estos últimos años de crisis y devastación: la verdad patrocinada. Todo lo demás es populismo o demagogia. Los relatos alternativos con ricos y pobres, ganadores y perdedores, o las opciones políticas que construyan sus programas sobre esos relatos son sistemáticamente presentados como perversos para la libertad individual, peligrosos para la democracia e inútiles para resolver los problemas económicos.

Este libro piensa diferente, quedáis avisados. Por tanto es perverso, peligroso e inútil. En esta historia encontrarán ricos y pobres, ganadores y perdedores, favorecidos y desfavorecidos. En este relato, ni la crisis presupone una desgracia inevitable, ni las cosas suceden porque sí y porque no quedaba otro remedio. En este relato, las cosas suceden porque alguien sale ganando, siempre queda otro remedio y siempre existen opciones alternativas y diferentes a las políticas de sufrimiento masivo que nos presentan como las únicas posibles. En este libro se busca explicar por qué los ricos, aquellos que tenemos acceso a las mejores oportunidades para progresar y acumular riqueza, vamos ganando al aprovechar la crisis para imponer políticas que nos aseguren aún más esas oportunidades y continuar acumulando más riqueza.

Pero a lo largo de las páginas que siguen también se intenta explicar cómo no tiene por qué ser así, ni constituye la única opción disponible. Las autoridades competentes y el pensamiento patrocinado os advertirían de que el consumo de este libro perjudica gravemente vuestra salud y la de quienes se hallan a vuestro alrededor. A lo mejor tienen razón. Leed con cuidado y desconfiad de cuanto leáis.

Por la recuperación económica hacia la España neofeudal

La tesis central que pretende demostrar este texto resulta clara y sencilla de entender. Los ricos hemos sabido convertir la crisis en una oportunidad política y económica para subvertir el modelo de las sociedades del bienestar que había logrado cierto grado de hegemonía en Occidente, aunque fuera mediante formas y regímenes diversos. Hasta ahora los ricos, las élites económicas y financieras, los grandes patrimonios y las grandes corporaciones no habíamos tenido más opción que aceptar el ideal del bienestar como una responsabilidad pública por causa del avance de la democracia dentro de las fronteras del Estado-nación, la expansión y profesionalización del propio Estado del Bienestar y la mayor capacidad de organización y movilización por parte de otros intereses y fuerzas sociales.

Pero la llamada crisis nos ha permitido decir: ¡Basta! y promover un verdadero proceso de «subversión antidemocrática y clandestina» contra la idea y el modelo del Estado social o del Bienestar democrático y de derecho. Un proceso de subversión antidemocrática y clandestina financiado gracias a la movilización masiva de los recursos económicos de las élites económicas y financieras y a la porosidad económica de las fronteras estatales. Un proceso de subversión antidemocrática y clandestina que desarrolla estrategias de acoso y derribo sistemático contra los proyectos supraestatales como la Unión Europea (UE), o contra los gobiernos y Estados que pudieran tratar de desarrollar políticas económicas alternativas a aquellas que aseguran los procesos de acumulación de la riqueza. Un proceso de subversión antidemocrática y clandestina facilitado y promovido por el acceso y la influencia de los ricos y las élites ante los decisores públicos y la capacidad de su pensamiento patrocinado para construir y difundir masivamente un poderoso relato donde lo público siempre se declara culpable y la austeridad se ofrece como el único camino posible.

«La gran crisis de 1914-1945 con la destrucción de capital por la inflación, las dos guerras mundiales y la Gran Depresión, su mado a cambios institucionales, como la creación del Estado del Bienestar, revirtieron un poco el proceso de creciente desigualdad que veíamos desde la revolución industrial» (Thomas Piketty, bbv.co.uk 7/3/14). Por la vía de los hechos y las políticas impuestas desde la aparente neutralidad de una supuesta «gobernanza tecnocrática mundial» instituida por medio de organismos como el FMI o la OCDE, hurtando o evitando el debate político y la decisión democrática, los ricos pretendemos revertir lo más rápidamente posible estas cinco décadas de modesto crecimiento de la igualdad y la redistribución de la riqueza. Una progresión de la igualdad que se explica principalmente por la expansión de la idea de un Estado del Bienestar que asumía un papel de actor principal en el funcionamiento de la economía y la creación de riqueza, promovía el pleno empleo y la redistribución de la riqueza y las oportunidades, consideraba una responsabilidad colectiva la provisión universal de bienes públicos mediante servicios públicos y facilitaba la autonomía del individuo para tomar sus decisiones y ejercer sus derechos gracias a su propia condición de ciudadano. No es economía, es ideología. Los ricos necesitamos cambiar el modelo económico y social porque es precisamente el modelo de la sociedad del bienestar el principal factor que explica las modestas tendencias de reversión de la desigualdad y redistribución de la riqueza.

Los ricos rechazamos ese modelo porque estorba la creación y acumulación de la riqueza y resulta contrario a nuestros intereses. No estamos dispuestos a seguir sufragándolo y queremos cambiarlo. Pero hemos aprendido la lección luego de setenta años de democracia en muchos países tras la segunda guerra mundial, incluso hemos aprendido la lección tras apenas cuarenta años de democracia en España. No estamos dispuestos a asumir el coste político de plantearlo abiertamente, como una elección política que deba tomar el conjunto de la sociedad a través de sus instituciones democráticas. Saldría demasiado caro y además podríamos perder. Ha resultado mucho más barato y eficiente transformar la crisis de un modelo económico de crecimiento insostenible y apropiación ilimitada de superbeneficios en una crisis política e institucional. Lo que era y continúa siendo una elección política y colectiva que en democracia deberían tomar todos los ciudadanos: en qué modelo de sociedad queremos vivir, se ha transformado en una elección económica que sólo quienes sabemos qué está pasando, quienes entendemos qué puede pasar, quienes tenemos y somos propietarios deberíamos adoptar; una decisión compleja y delicada que sólo los ricos vamos a tomar.

El futuro ahora nos pertenece, es sólo nuestro. Detrás de la lógica política que ha sostenido y argumentado las intervenciones de países y empresas, la irrupción de gobiernos tecnocráticos o la ruptura flagrante de promesas y compromisos electorales se percibe con claridad una idea madre de todas las austeridades: sólo quienes nos jugamos realmente algo tenemos derecho efectivo a decidir. La gran mayoría no es propietaria, no se juega gran cosa y desde luego no se juega lo que arriesgamos nosotros. Tal y como lo vemos los ricos, no resulta justo que decida, ni que sus decisiones deben resultar o entenderse como vinculantes. Existe un bien superior que hay que proteger antes que la democracia: los derechos de los propietarios, de los nuevos señores enriquecidos y empoderados aún más con la crisis.

Los ricos vamos ganando porque hemos logrado subvertir la legitimidad democrática que percibíamos como una amenaza para nosotros y nuestros patrimonios. Hemos ganado la batalla política de las ideas sin apenas haber necesitado librarla. Lo más legítimo hoy ya no reside en aquello decidido de manera más democrática por la mayoría. La democracia representativa ha comenzado a degenerar de manera acelerada en un nuevo régimen; la austerocracia. Ahora entre nosotros rige con mano de hierro otra legitimidad más acorde con nuestros intereses como propietarios: la legitimidad austerocrática, lo más legítimo ahora siempre es lo más barato, aquello que menos pueda amenazar nuestra riqueza y nuestra propiedad.

En el éxito de este proceso de cambio de legitimidad ha resultado clave el papel jugado por la propagación masiva del discurso de la antipolítica como argumento principal. El pensamiento patrocinado ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo a publicitar con indudable éxito que la corrupción va indisolublemente unida a la política. Los numerosos pero particulares casos de corrupción han sido amplificados y redifundidos de manera selectiva hasta convertirlos en una causa general contra la política. Los propios partidos han contribuido a alimentar esta percepción, tanto al tolerar los casos de corrupción, como al recurrir a la táctica de extender la sospecha sobre el conjunto del sistema político para difuminar sus escándalos particulares. En todos los casos se repite convenientemente un mismo relato donde el corruptor parece no existir. No hay empresas ni empresarios que se benefician y obtienen lucrativos contratos y si los hay, jamás conocemos sus nombres, ni los vemos condenados por la Justicia. La corrupción siempre empieza y acaba en la política. Dado que en el discurso de la antipolítica todos los políticos son iguales, todos los políticos han de ser corruptos o acabarán siéndolo. El corolario final del argumento resulta obvio: dado que lo público se construye desde la política, lo público también acaba generando inevitablemente corrupción. Lo público ya no es lo mejor para la democracia. Ahora lo privado se ha convertido en lo mejor para la democracia.

Al tiempo de los ciudadanos, reconocidos y tratados como sujetos de derechos y obligaciones por un Estado comprometido en algún grado con el desarrollo de su autonomía, le sucede ahora este nuevo tiempo de los ciudadanos asimilados a los antiguos vasallos porque sus derechos dependen cada vez más críticamente de la discreción y la voluntad de los propietarios, de los señores. Los derechos de los ciudadanos han dejado de ser promovidos por un Estado cada vez más inerme y debilitado por el estigma de la corrupción y cuya función primordial se ha vuelto, cada vez en mayor medida, garantizar los derechos de los propietarios.

Casi todas las generaciones han de afrontar, antes o después, el hecho de que su mundo ha cambiado y todas las incertidumbres y angustias que eso genera. Desde una visión lineal de la historia, unos lo hacen sintiéndolo como un shock de futuro que viene a confirmar que el mundo camina indefectiblemente hacia su ruidosa desaparición, otros lo interpretan como un síntoma del progreso de la humanidad siempre avanzando hacia algo mejor.

Desde una visión más circular de la historia, muchos prefieren entenderlo como otro giro en una sucesión de civilizaciones donde la humanidad vive, no repite, nuevas versiones de viejas etapas y modelos. En esa óptica circular de la historia, el análisis de la evolución de las sociedades capitalistas modernas hacia una orientación neomedieval forma parte relevante del pensamiento contemporáneo desde hace décadas. Ya en los años treinta Nikolái Berdiáyev defendió la idea de la creciente medievalización de una sociedad asolada por el fascismo y al borde de la segunda guerra mundial. Durante la década de los setenta el geógrafo Giuseppe Sacco, el historiador Furio Colombo, el lingüista Umberto Eco y el sociólogo Roberto Vacca, lanzan su ya clásica denominación de «La nueva Edad Media» para bautizar el mundo que empezaba a emerger tras la crisis del petróleo y el arranque de la globalización. Durante los años noventa el pensador francés Alain Minc (1994), tomando como referencia los brutales conflictos bélicos y étnicos desatados en los Balcanes, teorizó el carácter neomedieval de un mundo en plena globalización, destacando los paralelismos que registraba entre el actual y el anterior período medieval, vivido por Europa tras la caída de Roma.

La tesis neomedievalista ha identificado diversas equivalencias entre la edad medieval y esta «nueva Edad Media» llena de paralelismos pero no igual. Se suelen destacar la carencia o difuminación de un centro de poder jerárquico definido y las crecientes dificultades de comunicación en un mundo que se fracciona y aísla a causa del exceso de información. También se ha resaltado la inseguridad y la provisionalidad rampantes que se registran respecto a los modos de vida y producción, la vietnamización (Colombo, 1973) de las ciudades y la emergencia continua de nuevos espacios grises o «feudos» donde el Estado y la ley se retiran y gobierna la voluntad de los señores de la guerra, las mafias o las bandas organizadas. Otro paralelismo destacado con frecuencia se refiere al tipo de pensamiento dominante, marcado por una asfixiante especialización tecnológica, la obsolescencia programada de las tecnologías y el vigente y dogmático formalismo intelectual centrado en la recopilación y el inventario del conocimiento y el renacimiento del pensamiento mágico y las religiones.

Las tesis neomedievalistas han reflexionado hasta ahora de manera prioritaria desde una perspectiva marcadamente sociológica. Han pivotado en torno a la identificación de los paralelismos respecto al medievo en cuanto a las políticas tecnológicas y de seguridad, urbanismo y territorio, ecología o cultura. Su atención respecto a las equivalencias en cuanto a la consideración de la propiedad y las diferencias entre propietarios y no propietarios, los modos de producción o las relaciones económicas ha resultado más bien secundaria, al igual que los enfoques más económicos o politológicos. Pero paradójicamente ha sido precisamente en esas políticas y en esos ámbitos donde la crisis y las políticas de gestión de la misma, basadas en la austeridad y el recorte de todo lo público, más parecen haber acelerado la recuperación, reconstrucción o renovación de modelos de organización social y económica de inspiración neofeudalista.

La mayoría de los ciudadanos aún se comporta y vive convencido de habitar en el marco del modelo de una sociedad del bienestar. Se asume que la crisis y las dificultades económicas han obligado a implementar recortes y a hacer ajustes, pero la mayoría se mantiene convencida de que se trata de turbulencias pasajeras, que cuando la economía se recupere y vuelva el crecimiento económico retornará, de una manera u otra, algo parecido al Estado del Bienestar. Sin embargo, los recortes y cambios que los ciudadanos han aceptado en el funcionamiento de la economía o la política se asumen como permanentes, incluso necesarios y deseables. La tecnocracia parece haber vencido definitivamente a la política y el poder se vuelve cada vez más disperso, opaco y oscuro. El clientelismo y el patronazgo renacen como maneras emergentes de participar en política. Los partidos políticos agonizan en manos de no se sabe qué modelos emergentes de acción y organización política, la mayoría inspirados por el individualismo exacerbado y el liderazgo místico. Lo público es colonizado y repoblado por lo privado. Casi nadie echa de menos al Estado en los mercados o a los sindicatos en el mercado laboral. Parece como si los mismos ciudadanos que esperan volver a las políticas del bienestar no quisieran en modo alguno regresar a la política ni a la economía que las hicieron posibles.

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