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Vox se queda con la cultura que desdeña el PP

El líder de Vox, Santiago Abascal, en una rueda de prensa.

Peio H. Riaño

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En los pactos de la derecha por la gobernanza tras las elecciones municipales y autonómicas del 28M, el PP entrega a Vox la cultura. Ya ocurría en Castilla y León y ahora ha entregado la gestión cultural en la Comunitat Valenciana y en el Ayuntamiento de Burgos. Mientras las negociaciones por el reparto de poder político continúan en otras comunidades y consistorios, el candidato del PP a la presidencia del país, Alberto Núñez Feijóo, ya ha adelantado que eliminará el Ministerio de Cultura si gana el próximo 23J. El desdén de los populares por la cultura es muy bien recibido por la ultraderecha, que ha encontrado en las llamadas “guerras culturales” su receta para crecer.

“El PP va a asumir el orden económico y dejará a Vox la guerra cultural. Es un escenario nuevo”, explica Germán Cano, profesor de Filosofía en la Universidad de Alcalá de Henares y autor de Fuerzas de flaqueza. Nuevas gramáticas políticas (2015), entre otros ensayos. “Vox no tiene nada que ofrecer en materia económica frente al PP, pero se sirve del campo cultural para señalar al PP como la 'derechita cobarde' en las guerras culturales”, analiza Ignacio Sánchez-Cuenca, autor de La desfachatez intelectual y profesor de la Universidad Carlos III de Madrid en el departamento de Ciencias Sociales. La cultura ha sido el capital político del partido de ultraderecha, gracias al cual han alcanzado un mínimo porcentaje de votos para ser decisivos en los gobiernos de los populares. “La cultura de Vox es una forma barata y eficiente de mantener distancia con el PP y cabrear a la izquierda”, añade Sánchez-Cuenca.

¿Por qué interesa tanto la cultura a Vox? “Porque creen que controlarán la guerra de valores que pretenden reconstruir”, responde Clara Ramas, profesora de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid y exdiputada por Más Madrid. Explica por teléfono que la ultraderecha pretende regresar a marcos morales sobre la familia o la nación, por ejemplo, que la sociedad ha superado y ya no comparte desde hace décadas. “Así que tratan de producirlo artificialmente desde arriba, desde las instituciones, para imponérselo a una sociedad que ya no comulga con esos valores”, cuenta Ramas.

Cultura del resentimiento

La filósofa y autora del ensayo Fetiche y mistificación capitalistas define el movimiento cultural de la extrema derecha como un “movimiento artificial”. Y les ha funcionado. Porque a su parecer han sido capaces de aprovechar las contradicciones naturales de los nuevos marcos y nuevos órdenes sociales. “Vox se alimenta del resentimiento de la pérdida de privilegios. El resentimiento es gasolina política. Sin embargo, ahora, desde las instituciones creo que ese efecto explosivo se va a disolver. Les va a desgastar porque son propuestas irreales”, vaticina Ramas.

Las derechas extremas han encontrado un filón en las políticas de coordenadas simbólicas, porque les permiten evitar la lucha de clases o desviar el interés hacia el soberanismo sin tener que exponer su modelo de sociedad política y económica. Como nos dicen varias de las fuentes consultadas, la extrema derecha ha leído a Antonio Gramsci (1891-1937). Y han aprendido del filósofo marxista que reconquistar la hegemonía cultural es un paso necesario para hacerse con el poder político. Es una estrategia que Vox ha copiado, por ejemplo, de aquel Frente Nacional francés de Florian Philippot –vicepresidente entre 2012 y 2017 del antiguo FN–, que reivindicaba como base de su movimiento la “reconquista de la soberanía nacional”.

Esa reconquista es la base del pensamiento Vox. En el presente no encuentran lugar y recurren a un pasado que reconstruyen a su medida. “En la lectura que hacen del pasado hay más de reelaboración que de rescate, con un pasado rellenado de glorias. Este proyecto de tergiversación de la historia se enuncia desde el rechazo de los expertos y la ciencia. La interpretación de la historia no la hacen historiadores, sino opinadores que se dedican a engrandecer el mito de la historia imperial española y a blanquear el pasado en función de sus intereses políticos. Han entendido mejor que la izquierda lo importante que es la batalla por la hegemonía cultural”, indica el historiador Jesús Casquete, profesor de la Universidad del País Vasco, profesor de Historia del pensamiento y los movimientos sociales y políticos y autor de Vox frente a la historia. En este libro Casquete muestra cómo Vox se ha embarcado en la reescritura de la historia hasta convertirla en algo irreconocible. 

Emoción vs. razón

El caballo de batalla de la extrema derecha es la cultura porque desde ahí agitan las emociones. “Fundamentalmente, el miedo. La cultura es una herramienta que Vox ha usado para llegar al corazón del votante”, apunta Jesús Casquete, que anticipa una campaña electoral en la que veremos una lucha entre la razón y las emociones. Duda de si con la razón será suficiente para la victoria de la izquierda.

Conocemos las extravagancias históricas que los diputados de la extrema derecha han defendido en el Congreso de los Diputados. Francisco Contreras Peláez es uno de los agitadores de esa ficción histórica que reclaman para las aulas. La última pretensión de su partido, ha declarado, es “informar a los escolares con materiales equilibrados, ni chovinistas, ni negrolegendarios”. Al tiempo que pedía un monumento para Hernán Cortés en la localidad sevillana de Castilleja de la Cuesta (donde el invasor vivió sus últimos años), proponía la idea de hispanidad defendida por el franquista Ramiro de Maeztu. José Ramírez del Río, portavoz cultural de Vox y el más comedido de sus compañeros, propuso celebrar la conquista de América para “mostrar respeto a esta gran figura de la cultura española, a la espera de tiempos mejores y más civilizados”.

Ahí está la esencia del aparato cultural de Vox y de sus intenciones culturales: reivindicar un retroceso al siglo XVI para rescatar unos valores “mejores” y “más civilizados”, a pesar de la matanza cometida en la toma de Tenochtitlán, en 1521. Los datos históricos no importan, la doctrina imperofílica del partido de Santiago Abascal entiende que “las naciones que se respetan a sí mismas celebran sus victorias”. “La cultura no es una exposición o el estreno de una película, sino una vía para naturalizar cuestiones aberrantes y arcaicas. Los valores que quieren imponer repugnan a la mayoría de la población española, son indigeribles incluso para la propia derecha”, cuenta el arqueólogo Alfredo González Ruibal, autor de Volver a las trincheras y Tierra arrasada, entre otros.

Una cuestión de identidad

Vox se sirve de polémicas académicas para sus ganancias identitarias. Juan García-Gallardo, vicepresidente de Castilla y León, se presentó hace unos días para reivindicar la nueva “cuna del castellano” con un grito: “¡Burgos exige respeto y futuro!”, tal y como publicó en su cuenta de Twitter. “Vamos a ubicar en la ciudad de Burgos el centro de los orígenes del español”, añadió. Y descubrió que el motivo de esta reclamación era la “autoestima colectiva”. Aseguró en el acto que tenemos un “legado cultural del que sentirnos orgullosos”, por lo que propuso “potenciar todas aquellas cuestiones que sirvan para reforzar nuestra identidad colectiva”.

“Potenciar” es el verbo que no conoce límites. Porque lo usó para reubicar en un acto político el origen de la lengua española. Si hasta ahora el consenso académico ha ubicado la cuna del español en San Millán de la Cogolla (La Rioja), con las Glosas Emilianenses, Gallardo trasladó el origen a los Cartularios de Valpuesta, en el Monasterio de Santa María de Valpuesta (Burgos). Estos Cartularios son una serie de documentos del siglo XII cuya autenticidad es discutida por unos y reivindicada por otros. En 2010 la Real Academia Española los avaló como los primeros documentos en los que aparecen palabras escritas en castellano, anteriores a las Glosas Emilianenses. La diferencia es que en estas se presenta una estructura gramatical romance y en los Cartularios, palabras romances sueltas. Es decir, las Glosas son los textos en romance ibérico más antiguos de los que se tiene noticia. Pero en estas grietas discursivas, Vox aprovecha sin complejos la versión que más le beneficia.

Como cuenta Germán Cano, “a través de la cultura introducen una agenda retrógrada de una España minoritaria”. Es un marco que rompe con la idea de progreso defendida por la cultura de la transición hasta ahora. “El modelo que propone Vox ya no puede ejecutarse porque España ha cambiado. Esa cultura de los años cincuenta les va a llevar a vivir un desajuste que está por ver, por ejemplo, en la política lingüística valenciana”, añade Cano.

La cultura del enemigo de España

Vox trata de componer una postal de España que ya no existe, pero que intentará construir con la cultura. “Lo harán reviviendo fenómenos zombies como el toreo o construyendo una historia nacional inventada, como hacen con la conquista de América. De ahí sale ese esperpento de lo que llaman historia y con el que han tenido un éxito popular”, sostiene el arqueólogo González Ruibal.

Hasta ahora la cultura ha permitido a Vox simular un cierto aire “antisistema”, con el que se han presentado en público como defensores del pueblo y de la gente humilde, frente a los peligrosos colectivos de historiadores, feministas, LGTBIQ, animalistas o antirracistas. Según explica el filósofo italiano Enzo Traverso, hoy en Europa la islamofobia estructura los nuevos nacionalismos europeos, tal y como lo hizo el antisemitismo en la primera mitad del siglo XX. La producción de la alteridad, del enemigo de la nación española, es la creación cultural más rentable de Vox desde su irrupción.

La cultura ha sido el capital político de Vox, gracias al cual han llegado a las instituciones con el acuerdo del PP en ayuntamientos y comunidades autónomas. Ahora queda pendiente el 23J y una posible victoria del bloque de las derechas. Si esto sucede, ¿cambiará el PP su intención de eliminar el Ministerio de Cultura para entregárselo a Vox y fraguar el pacto?

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