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Bryan Johnson, el mesías triste de la inmortalidad

Bryan Johnson

Delia Rodríguez

20 de septiembre de 2026 22:25 h

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Imaginemos Silicon Valley como un olimpo donde sus dioses, todos ellos varones desmedidamente ricos que hicieron fortuna con la revolución tecnológica de finales del siglo XX y las primeras décadas del XXI, deciden no solo sobre sus propios destinos, sino sobre los del resto del mundo. Tenemos a Mark Zuckerberg (Meta), un aspirante a emperador romano obsesionado con Augusto que acumula más poder que muchos países. Está Elon Musk (X, Tesla, SpaceX), el antihéroe con serios problemas personales que fabrica máquinas futuristas mientras tiene hijos por fecundación in vitro a quienes no ve. Jeff Bezos sería el explotador consumido por la avaricia que acaba destinando el dinero que extrajo a cumplir su fantasía infantil de viajar al espacio; y Sam Altman (OpenAI) un temerario cerebro del mal cuyo plan para dominar el mundo siempre está a punto de hundirse y generar un cataclismo que se llevaría por delante las economías globales.

Entre todos ellos, a mucha distancia en cuanto a riqueza y poder político pero no tanta en cuanto a ambición e influencia cultural, se encuentra otro personaje de carácter mítico: Bryan Johnson, el millonario atormentado por un pasado oscuro que ha decidido dedicar su vida a no morir, pero debe pagar un gran precio a cambio. Se le ha comparado con un vampiro y existen motivos para ello: está extremadamente pálido, pasa la vida encerrado en su castillo (una preciosa casa de cristal ubicada en California) y ha arrastrado a su estirpe en su locura de inmortalidad, llegando a transferirse plasma de uno de sus hijos y a donar él su sangre a su propio padre. Pero su verdadero arquetipo, como veremos, es el del redentor.

Es significativo que todos los dioses mortales que acabamos de citar inviertan en la industria de la longevidad y estén obsesionados con ella en mayor o menor grado. También lo hacen Larry Ellison (Oracle), Larry y Sergey Brin (Google) o Peter Thiel (Palantir). Sin embargo, Johnson es hoy, a sus 48 años, la gran figura del ‘biohacking’ extremo y de la fantasía transhumanista de los tecnócratas de comprar con aquello que les sobra, dinero y conocimiento, lo único que no podrán poseer jamás y que se interpone en su ilimitada codicia: la eterna juventud. Su cuerpo es su misión y su negocio: monitorizado por un equipo de varios médicos, consume docenas de suplementos al día y sigue rutinas tan estrictas respecto a estilo de vida, sueño y alimentación que serían intolerables para la mayor parte de las personas. Junto a su equipo, revisa la literatura científica en busca de todos los avances que puedan tener una aplicación práctica en el campo del antienvejecimiento, los prueba en sí mismo, evalúa el resultado y vuelve a ajustar, en un simulacro de experimento científico formado por una sola persona. Él es su propio conejillo de indias.

Mide y comparte sus biomarcadores de forma pública. Empezamos a saber de él cuando se hizo viral el titular de una entrevista donde afirmaba gastarse dos millones de dólares al año en tener el cuerpo de un chico de 18 años. Su protocolo antienvejecimiento (al que ha llamado Blueprint) es gratuito y se encuentra en su página web. Sin embargo, lo suyo es un negocio: comercializa en su tienda en línea aceite de oliva virgen extra a 44 euros el litro y suplementos a 40; y acaba de lanzar un programa denominado ‘Immortals’ donde se ofrece a supervisar detalladamente las rutinas avanzadas de sus clientes vip a cambio de un millón de dólares anuales.

“Hola, amigo. Después de tener malos hábitos de salud de niño, de destrozarme durante 20 años creando empresas y de una década de depresión crónica, ahora, a la edad cronológica de 46 años, tengo los mejores biomarcadores integrales de cualquier persona en el mundo. Cuantitativamente, la persona más sana del planeta”, se presenta Bryan Johnson en su página web. Continúa presumiendo de estar dentro del 1% de la población en cuanto a menor velocidad de envejecimiento, masa y función muscular, masa grasa, inflamación, salud cardiovascular, masa ósea, calidad del sueño, marcadores clínicos combinados y –sí eso también– erecciones nocturnas. Está obsesionado con sus órganos sexuales: se ha inyectado bótox en el pene, duerme cada noche con un dispositivo que monitoriza sus erecciones para asegurarse de que son las de un joven y afirma haber mejorado su fertilidad gracias a saunas regulares en las que protege sus testículos con hielo.

Voluntad férrea

Dice que se acuesta a las ocho y media de la noche y que se levanta a las cinco de la mañana. Se concede un minuto como máximo para levantarse después de despertar. Se sube a una báscula que mide su composición corporal. Se expone a una lámpara que imita la luz solar. Se aplica un sérum en la cara y un casco de infrarrojos en el cuero cabelludo para estimularlo. Se ducha, desayuna un batido de proteína con péptidos de colágeno, aceite de oliva y frutos rojos y comienza su primera ronda de suplementos: creatina, prebióticos, antioxidantes, omega 3, ashwagandha, rhodiola y sus propios multivitamínicos y ‘longevity mix’ adecuadamente disponibles en su tienda.

Después entrena durante hora u hora y media, pasa por la sauna, hace unos minutos de terapia infrarroja y de ondas de choque. Se vuelve a duchar con los productos de su tienda. Al salir, oxigenoterapia hiperbárica o entrenamiento hipóxico-hiperóxico intermitente (también ha probado terapias con células madre y una terapia génica no permitida en EEUU para la que viajó a Honduras). Más proteína con aceite, colágeno y frutos rojos. Acude al trabajo. A las 11 come una ensalada vegana de lentejas negras, brócoli, coliflor, setas, ajo, jengibre, lima, comino, vinagre y fermentados. Vuelve a trabajar y a las 12 consume el último plato del día, otra combinación de verduras, frutos secos, semillas y bayas. Se toma sus medicamentos. A las siete y media de la tarde dedica media hora a caminar, reunirse con amigos y desconectar. A las ocho se lava la cara y sigue su rutina para el cuidado de la piel y el cabello. Se mete en la cama y se duerme, dice, en menos de tres minutos. Y así cada día. Dice que ha conseguido un sueño 100% perfecto y reparador durante ocho meses seguidos.

Su YouTube y su Instagram poseen un par de millones de seguidores cada uno; su newsletter y su X, unos 800.000. Cuando le preguntan si no está perdiéndose las cosas buenas de la vida responde que no hay nada mejor que una buena salud, y que por tanto nada le distraerá de su meta. Su personalidad extrema captura a una audiencia, fundamentalmente masculina, que oscila entre la fascinación por su desvarío y un serio interés por la salud y la optimización física que tiene predicamento real y los algoritmos promueven. Así funciona el mundo de la influencia moderna: él prueba sustancias milagro que pueden causar graves efectos secundarios –como la inmunosupresora rapamicina que tuvo que dejar–, hace gala de una fuerza de voluntad casi perfecta y da excesiva información sobre su pene en vídeos donde aparece sin camiseta y mientras tanto tú, desde el sofá, compras un suplemento de magnesio.

La emisión el año pasado en Netflix del documental donde se retrata su vida acabó de transformarlo de excéntrico protagonista de memes a parte de la cultura popular. La película se titula como su mantra y su movimiento: ‘Don’t die’, no morir.

Cuando explica la historia de su vida, Bryan Johnson, un maestro del ‘storytelling’, divide su vida en eras que imitan los pasos de un viaje heroico. Están los años de juventud, que pasó en una granja mormona de Utah. Comían lo que cazaban, y la madre les cosía la ropa. Disparó su primera arma a los cinco años. Tiempo después, tras matar un alce majestuoso, se dio cuenta de que no podía volver a comer carne; cree además que pronto las IA podrán tratarnos como nosotros tratamos a los animales. A los 19, pasó dos años como misionero en Ecuador, donde su vida fue más pobre aún. A su regreso a la identidad de ‘Bryan emprendedor’ comenzó a fundar negocios que le ayudaron a pagar la universidad. En 2007 creó Braintree, una empresa tecnológica de pagos digitales que creció rápidamente y en 2012 supo comprar Venmo, una especie de Bi zum, de forma temprana por solo 26,2 millones de dólares. Un año después vendería la compañía a PayPal, que era parte de eBay, por 800 millones de dólares. Johnson estaba a la mitad de su treintena y tenía de pronto 300 millones en su bolsillo. Como explicaría después, ese dinero fue lo que lo cambió todo.

Su era autodestructiva

Llega entonces el ‘Bryan nocturno’ autodestructivo que entra en crisis de fe y busca de forma desesperada cómo dar sentido a su vida. Se divorcia de su mujer, con la que tiene tres hijos. Como han explicado los medios, recurre a la prostitución y consume psicodélicos (lleva la estructura química del DMT tatuada en el brazo). Es de ahí de donde emerge el ‘Blueprint Bryan’ en 2021, el hombre con un plan para conseguir la vida eterna que conocemos hoy.

Su trayectoria se entiende mejor si la analizamos no solo como un proceso para controlar su cuerpo, sino más bien como un intento de dominar su mente. Esa obsesión viene de lejos: en 2016 invirtió 100 millones de su propio dinero para fundar Kernel, una empresa de neurotecnología que desarrolla interfaces cerebro-máquina. Rechazó fundar una empresa similar con Elon Musk, que acabó creando una que hoy es más conocida, Neuralink, pero se obsesionó con conseguir la exposición mediática que lograba él. Sufrió una depresión suicida durante más de una década, y si queda clara una conclusión tras ver su documental es que construir un entramado tan desquiciado alrededor de su autooptimización es, en el fondo, su forma de evitar caer en el abismo. En Silicon Valley se habla del “trauma del emprendedor”, porque los fundadores de startups quedan marcados por las presiones sobrehumanas que sufren.

También resulta evidente la influencia religiosa que impregna la filosofía de todo lo que hace este exmormón. Se nota en el papel que ha elegido como salvador que se sacrifica por el bien de la humanidad, pero también en su interés actual por convertir ‘Don’t Die’ en un movimiento social que supere otras creencias.

En una entrevista con la revista Wired en julio de 2025 explicó que ese era ya su principal foco, y explicó su visión de conjunto: “Es evidente que justo ahora, en esta etapa de la IA, una nueva ideología está al llegar. Siempre llegan en respuesta a la disrupción tecnológica (...) cuando miro al mundo no veo ninguna ideología que explique este momento, que me ayude a tomar decisiones prácticas en el día a día. No puedes ir al cristianismo y preguntarle cómo comportarte en este momento. No puedes acudir a la democracia. No puedes acudir al capitalismo”.

Detrás de sus hechuras de influencer de estilo de vida, se encuentra también el transhumanismo. Cree que una vez conseguida o bien la extensión de la vida o bien una superinteligencia a la que podamos transferir nuestras esencias, perderemos todo interés en trascender a través de nuestros logros o nuestra descendencia y nos concentraremos, simplemente, en intentar vivir el máximo tiempo posible. En esa misma entrevista racionaliza su obsesión por la fama como una forma utilitarista de lograr su misión más fácilmente: “Si tuviera que elegir entre la fama y mil millones de dólares, elegiría la fama. Es muy difícil de conseguir. Es extraordinariamente valiosa. Tengo acceso a casi cualquier persona del mundo en estos momentos. Si el objetivo es crear la ideología de más rápido crecimiento en la historia de la humanidad y que esto coincida simultáneamente en el tiempo con el momento en que la especie está evolucionando hacia algo más, necesitas fama”.

Resultados sin garantías

Mientras él piensa a lo grande (¿es posible pensar más a lo grande?) las dudas terrenales rodean todo lo que hace. Empezando por lo que ocurre en su fantástico hogar y plató de rodaje, ese castillo ultramoderno rodeado de vegetación donde trabaja junto a su equipo, encabezado por Kate Tolo. Hace unos meses confesó que eran pareja en secreto desde hacía un tiempo. Ya mantuvo una relación con una antigua empleada que terminó con una costosa demanda que ella perdió. The New York Times hizo el año pasado una investigación exhaustiva sobre su negocio que desveló su costumbre de protegerse a través de complejos acuerdos de confidencialidad que obliga a firmar a sus equipos y que pueden contravenir las leyes laborales estadounidenses. En el mismo texto, uno de los médicos con quienes trabajó sembró dudas sobre la veracidad de los resultados de los ensayos clínicos que inició sobre sus suplementos y regímenes alimenticios y que implicaron a 1.700 personas, de las cuales el 60% sufrió efectos secundarios. Uno de los datos más publicitados de su documental, que había revertido su edad biológica 5,1 años, se contradecía con sus propios estudios internos, que decían que de hecho su edad biológica se había incrementado diez años. Él reconoció presiones para incluir el dato al documental, pero dijo que esas métricas cambian constantemente.

Desde luego que existe consenso en la comunidad científica sobre la imposibilidad de lograr la inmortalidad con los conocimientos actuales, y también sobre la invalidez absoluta de su experiencia: puede que cada una de sus actuaciones tenga una base científica, pero la interacción de decenas de ellas entre sí no se ha estudiado y puede ser muy peligrosa. Incluso en el caso de que a él le funcione, eso no quiere decir que sea replicable en otras personas. Ni siquiera hay evidencias de que esté consiguiendo retrasar su envejecimiento, por mucho que evoque la longitud de sus telómeros. La vida cotidiana de los centenarios es en muchas ocasiones opuesta a la rutina de Johnson en cuanto a moderación, placer y disfrute familiar y social. Es un tópico referirse a su aspecto, a pesar de todo, enfermizo: “Tiene el cuerpo de alguien de 18 años y la cara de alguien que ha gastado millones en intentar parecerse a alguien de 18 años”, escribió la periodista Charlotte Alter en un perfil para la revista Time. En su investigación, The New York Times también planteó dudas sobre la viabilidad económica de su empresa, alegaciones que él ha negado afirmando que ya ha alcanzado el umbral de rentabilidad.

Llegado a este punto es lógico preguntarse por qué se le dedica tanta atención a Johnson en lugar de considerarlo simplemente un bicho raro a quien, de no ser por su fortuna y su exposición, no dedicaríamos un minuto de nuestro pensamiento. Genera mucho odio, pero ha sido capaz de elaborar un personaje atractivo, con una misión que resuena en un mundo contemporáneo confuso y que ha sabido transmitir utilizando las herramientas adecuadas. Probablemente, tenga razón en su diagnóstico de que este es un momento histórico de cambio ideológico, y son admirables tanto su autocontrol como su decisión radical de sacrificarse por el bienestar. En el fondo, muchos de sus consejos para el gran público son perfectamente lógicos: “Acuéstate a tu hora. Haz ejercicio a diario. Come bien. Deja los malos hábitos. Ayuda a otros a hacer lo mismo”.

Su sacrificio es hipnótico pero la mayoría, aunque ni siquiera seamos capaces de asumir esos sencillos mensajes que mejorarían tanto nuestra salud, sabemos de forma intuitiva que su estilo de vida está profundamente equivocado. Bryan Johnson es un experimento radical, pero no de longevidad, sino de aquello que ocurre cuando un ser humano decide llevar al extremo su racionalidad y para ello acaba comportándose de forma completamente insensata. Es un redentor, pero equivocado.

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