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Elon Musk, el profeta loco del transhumanismo tecnológico

Elon Musk
18 de febrero de 2026 22:24 h

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Asistimos al crepúsculo de nuestra civilización como quien ve un accidente de muerte y quiere hacerse un selfie: un espectáculo dantesco donde el escenario más escatológico da a la vez miedo, repelús y morbo. Mientras los archivos de Epstein siguen escupiendo nombres de pedófilos ilustres y falsos iluminados, el lodazal digital se enmierda aún más con informes sobre sacrificios rituales y antropofagia satánica: la realidad ya no parece real. Y uno no sabe qué creer. Eso es un síntoma: estas palabras serían mi radiografía de la enfermedad. 

Cuando el payaso de Trump se hace rey, cuando el loco de Musk va de mesías digital, cuando el sentido común parece el menos común de los sentidos, es cuando más se necesita el discernimiento propio y el pensamiento crítico que aporta la filosofía. Pero poco arte tiene aquí el arte de la sospecha cuando la obscenidad más grotesca no ocurre a escondidas en una macabra isla sino en todas partes y a plena luz del día: el hombre más rico del mundo, Elon Musk, tiene él solito lo mismo que la mitad más pobre de la humanidad. Esta asimetría en el patrimonio no es solo un dato económico más de desigualdad; es una patología metafísica del mismo sistema, a la vez que una aberración moral. 

Y mientras Musk juega como un niño pijo con sus chips, cohetes y satélites, prometiendo ciudades en la Luna para antes de diez años y en Marte en menos de veinte, cuatro mil millones de seres humanos pasan hambre y viven en la pobreza. ¿Cómo se puede comprender esto? Todo ese sufrimiento es evitable con el dinero de un solo hombre. ¿No lo darías tú? No te equivoques: la justicia no es de este mundo pero sí, el que la hace, la paga, en este plano o en los otros. Y no, no estamos ante el “hombre hecho a sí mismo” que vende la mitología capitalista; estamos ante una intolerable obscenidad ética que sigue lamentablemente en aumento: los ricos se hacen cada vez más ricos y los pobres, paupérrimos. Un individuo como Musk con el PIB de Dinamarca y la capacidad de compra de un titán no es un ciudadano cualquiera, es un error de este sistema. ¿Cómo defender en este juego la palabra “democracia” cuando un solo hombre tiene el mando a distancia para erradicar el hambre del pueblo entero pero prefiere cambiar de canal y usar su dinero y su poder para “eliminar el factor humano” y crear ciudades extraterrestres? La realidad no supera la ficción, la recrea. ¿Prisión holográfica, escuela etérica, granja humana, simulación de una Matrix en fractales o simple punto en la línea de un sistema?

Pero Elon Musk no es solo un tecnócrata egoísta y un villano megademente, para más inri, tiene ínfulas de profeta del nuevo orden mundial digital, mesías de la nueva religión del transhumanismo tecnológico que nos lleva a una infrahumanidad y al olvido de lo que somos. Musk es el último enterrador de la metafísica occidental que nació con Sócrates, Platón y Aristóteles, de sus valores naturales y soberanos más profundos y arraigados. Tras haber matado a Dios a golpes de algoritmos y no de martillazos nietzscheanos, tras haber monitorizado y banalizado cualquier sentido trascendental del espíritu humano, Musk ejecuta el golpe de gracia a nuestra civilización asumiendo el papel de loco y de mesías en un mismo escenario, en el que ya está Trump haciendo de payaso y rey en un mismo papel. Nada, que el show espectacular no te impida brillar. 

Mientras… yo lucho en las aulas de secundaria para que mis alumnos piensen por sí mismos, tratando de rescatar su curiosidad (ya apagada por las pantallas) y despertar el asombro de esa epifanía que supone el misterio de la vida. Mientras… el evangelio del transhumanismo tecnológico de Silicon Valley que enarbola Elon Musk nos vende por doquier un nuevo altar de ídolos de nano biochips y silicio donde la redención del alma no es más que una actualización del software y nuestro espíritu, un dato estadístico. Nos venden como un artículo de lujo una inmortalidad de plástico, como algo inevitable por necesario, y a la vez deseable. No. Falso. Neuralink no es progreso ni evolución, es la rendición final de la conciencia humana ante los nuevos ídolos tecnológicos. La parodia última de la resurrección de la carne, donde el alma y la conciencia son tratadas como algoritmos que la IA debe panoptizar para “corregir las inclinaciones ideológicas defectuosas”, en palabras de Musk. ¡Conéctate tú, chaval!

Musk no está loco por sus palabras, ni por sus frecuentes abusos con el éxtasis o la ketamina, ni por sus proclamas eugenésicas sobre que “solo los inteligentes deberían procrear” (él ya tiene 14 hijos) ante un inevitable colapso demográfico autodestructivo y otras variables de catástrofes naturales. Su demencia apocalíptica es a sabiendas, es una locura estratégica: es su máscara de guerra para luchar por la religión del transhumanismo tecnológico como única salvación ante la inminente catástrofe. Por eso tras el arquetipo del rico loco, el del mesías profético del fin de esta era aparece cada vez más en escena: el técnico invertido que busca sustituir al hombre por la máquina porque le aterra su incapacidad para comprender su propia naturaleza humana. En realidad, su mesianismo tecnológico es una deserción ontológica por falta de autognosis. Ofrece ciudades en Marte porque ya ha desertado de los pueblos de la Tierra; no nos engañemos, ya hemos sido juzgados y abandonados por todos esos tecnócratas multimillonarios. Musk es el adalid de todos ellos, el “primus inter pares”, profeta de la Best.IA del Apocalipsis y de su salvación con un demiurgo virtual. El pánico de una mente hipertrofiada, un corazón parasitado, el niño herido que juega a ser dios llenando su cósmico vacío con un desfile de luz en la noche del alma con sus juguetes de Starlink...

Pero este falso Prometeo no nos trae el fuego de la sabiduría sino una pantalla táctil de bajo coste donde ocultar cómo nos hielan el alma a golpe de pantallazos, el enfriamiento del espíritu humano como otra forma del olvido del ser. Su imperio tecnológico es un castillo de naipes construido sobre un abismo sin fondo: para el rebaño da igual. Elon Musk es el loco que toca la flauta y atrae a otros locos hacia su precipicio final. Al convertir el ágora pública en un manicomio de tecnócratas ególatras, el personaje de Elon Musk representa el Rey Filósofo invertido, en sombra, el aspirante a sabio que se ha vuelto loco por el camino y se ha quedado colgado de un árbol digital. Y esos, con todo, son los amos de este mundo de locos, en el que no tenemos por qué habitar…

En fin, querido lector que hasta aquí has llegado, la verdadera revolución no será tecnológica ni se librará en la órbita terrestre ni más allá, la revolución será silenciosa en el reducto sagrado de tu propia conciencia e interioridad. ¡Espabila ya, chaval! Solo los multimillonarios como Musk tendrán cohetes para escapar. No necesitamos seguirles el juego, “ellos a lo suyo y nosotros a lo nuestro”. Necesitamos la fuerza de voluntad para resistir, la fe en la vida y la confianza en el espíritu humano para quedarnos en una nueva Tierra restaurada. Id pensando cómo lo hacemos, de nuevo. Mientras, menos irse a Marte y más leer a los sabios que en el mundo han sido. Mientras, menos satélites y móviles y más hablar a la cara y mirarnos a los ojos. Es hora de decidir si queremos ser ciudadanos del misterio de la vida que se la vuelven a jugar o simples portales orgánicos y NPCs de esta distopía programada. Recuerda, uno siempre puede volver a elegir, a pesar de la metástasis de la enfermedad. Y a pesar de Musk...

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