Violencia en las aulas y el mal de la ignorancia
Una batalla tras otra. Hace poco un compañero docente fue brutalmente agredido por el hermano mayor de un alumno y su madre en el IES Cotes Baixes. La punta del iceberg. En los medios salió que a un profesor en un instituto de Alcoy le habían hecho el “mataleón” y le habían arrancado un trozo de oreja de un mordisco, lo más morboso para el titular. Pocos días después el lamentable suceso ya no es noticia, pero el problema sigue existiendo, y va en aumento. Algunos profesores tienen miedo y hacen su trabajo bajo esa presión añadida.
Cuando yo era alumno en los Salesianos del centro los curas docentes nos castigaban físicamente y nos pegaban como algo normal, y nadie decía nada. He visto ostias bestiales de estos siervos de Dios que luego daban en misa otro tipo de hostias consagradas. Los tiempos han cambiado -dicen- pero hemos pasado de un extremo a otro: ahora son los alumnos los que faltan el respeto a los maestros, que son los que reciben burlas y maltratos en clase. A menudo, asfixiados por el contínuo papeleo, nos vemos atados de pies y manos para poder poner orden y concierto en la jauría humana que entra en tropel a clase después del segundo patio a últimas horas de la mañana. A menudo el funcionario docente tiene que sacar voz y carácter, un temario que no sale en las oposiciones ni te lo dan en la Universidad en clase. Y eso, si lo permites, si no sabes cómo poner límites sin pasarse, se puede volver una batalla tras otra cada clase. El síndrome del profesor “quemado” no es un tópico falso: los educadores encabezan las bajas por estrés crónico y depresión laboral. Pero con las vacaciones que tenemos, no nos podemos quejar, ¿verdad? Verdad: la queja no sirve de nada y no es lo que encienden estas palabras.
¿Cómo puede un profesor alimentar el fuego de su servicio y vocación en un estado de guerra permanente en las aulas? No puede. El silencio en clase es un milagro y la atención sostenida de más de 30 adolescentes que llevan horas sentados… eso es arte vital. En este contexto, y a raíz de la paliza recibida por el profe de inglés, hemos hecho un debate en clase con mis alumnos de Valores de 4º ESO sobre la violencia en las aulas y en la sociedad actual. Muchos estaban en contra de la violencia pero a favor de la bofetada correctiva en casa, otros estaban en contra de la guerra pero defendían su necesidad para llegar a la paz, otros defendían más mano dura y la pena de muerte en España; otros en Bachillerato decían que votarían a Vox y que con Franco se estaba mejor.
¿Qué estamos enseñando a nuestros hijos en casa? ¿Y a nuestros alumnos en clase? ¿Quién forma a los formadores, quién educa al educador? Bueno, ¿quién controla a los controladores del sistema de educación? ¿Quién controla a Donald Trump, ese viejo payaso rey con mentalidad de niño de siete años que destroza los baños antes de entrar a clase y amenaza al profesor con pegarle una paliza con sus amigos a la salida? ¿Y quién educó y enseñó valores a Elon Musk, ese profeta loco de la nueva religión del transhumanismo tecnológico que prefiere ir con su dinero a Marte antes que acabar con el hambre y la pobreza de toda la humanidad?
Esa vieja pregunta de quién controla a los controladores, quién forma a los formadores, no tiene fácil respuesta. Pero la filosofía y el pensamiento crítico puede y debe decir algo al respecto. Platón apostó idealmente por un gobierno de filósofos sabios como mejor solución teórica, pero en la práctica muy pocos reyes han sido sabios, más bien al contrario. La historia nos muestra innumerables ejemplos trágicos. Y hoy da más asco que pena ver en los telediarios quién nos gobierna. Sócrates, maestro de Platón y tábano de una Atenas en decadencia, defendía el intelectualismo moral ante el relativismo moral de los sofistas de la época: para hacer el bien primero tienes que conocerlo. Así que en última instancia el malo es solo tonto, el vicio es ignorancia, y el dejarse llevar por las más bajas pasiones es solo falta de examen íntimo sincero y de trabajo de autoconocimiento. ¿Tú crees que (casi) nadie haría el mal a sabiendas si estuviera de verdad bien educado desde su nacimiento? Aristóteles, alumno de Platón y maestro de Alejandro Magno, un rey que prefirió ser conquistador a sabio, ya criticaba esto como ingenuo y defendía que la virtud es el término medio pues somos animales en ciudades. Como fuere, ¿el mal es solo ignorancia y la oscuridad, falta de luz? A mis alumnos les pregunto si matarían a Hitler cuando era niño si pudieran hacerlo, pero a la vez les pregunto si cualquiera de ellos tendría la misma religión y creencias si hubieran nacido con otros padres en otra cultura o en otro tiempo... ¿Qué es ser un buen profesor, un buen hijo, un buen padre, un buen gobernador? ¿Enseñamos lo que aprendemos o es más bien al contrario?
La normalización de la falta de respeto y la violencia en los colegios y centros educativos es un reflejo de la mala educación recibida en casa; pero es también espejo fractal de la banalización del mal que se ve en nuestros malos gobernantes y en nuestra sociedad actual. ¿Es Trump el alumno chulo al que no le pegaron una buena ostia a tiempo y ahora va haciendo bullying a sus compañeros y faltando el respeto a sus maestros? ¿Qué hacer del mal estudiante que no quiere estar en el colegio y va abusando del mundo entero? Nuestro compañero de inglés fue inmovilizado casi hasta la asfixia mientras le daban una paliza. ¿Y si hubiera muerto? ¿Acaso da morbo esto? ¿Y cuánto tiempo sería noticia de titular? Bueno, ¿cuántos muertos salen en las noticias día a día por los abusos de ese alumno chungo de Trump? Es la violencia y la guerra como espectáculo banal, es el diagnóstico de la enfermedad terminal de nuestra civilización occidental.
La filósofa Hannah Arendt acuñó la expresión “la banalidad del mal” -algo a tener muy en cuenta con los avances de la IA en nuestra sociedad digital- tras asistir en Jerusalén al juicio del funcionario nazi Adolf Eichman. Creó la expresión para describir cómo actos de maldad extrema pueden ser realizados por personas comunes como tú y como yo solo por falta de reflexión, pereza mental y obediencia ciega a las normas de un sistema. O dicho de otra manera: nazis podemos ser todos, y no solo Musk, Trump o la extrema derecha. La banalización de la violencia en nuestras aulas es pues -como digo- parte de la sintomatología de la enfermedad terminal de los valores de nuestro actual sistema social, ante la configuración del naciente Nuevo Orden Mundial que vendrá tras el caos desatado por ese niño maleducado que es Trump. La verdad incómoda que nos muestra al descubierto la filósofa con su expresión: no se necesita ser un psicópata rey payaso para cometer genocidios deleznables; basta con ser un funcionario eficiente, un ciudadano ejemplar, que no cuestiona la autoridad. Con los monstruos sádicos que tenemos como políticos y dirigentes, con el odio y fanatismo de los moros contra los cristianos en este nuevo escenario de guerra mundial por el control de los recursos y el petróleo, la banalidad de la violencia y el mal se consumen como memes virales en las RRSS. Es la granja humana digital. ¿Qué debemos enseñar a las nuevas generaciones? ¿Y cómo podemos hacerlo dado este contexto?
Mientras, en clase, muchos docentes seguimos creyendo que otra educación es posible y seguimos creyendo que los alumnos no son vasos que llenar sino velas que encender para que brillen con su propia luz, compitiendo a la vez contra el resplandor de las pantallas y la mala educación de casa. Lo que recibimos, damos. ¿O es al contrario? ¿Qué diferencia a un profesor de un maestro del corazón? ¿Y a un alumno bueno de uno malo? ¿Y a la izquierda de la derecha? Dualidad, división, separación… al final de ese camino solo hay muerte y destrucción. Moros contra Cristianos, nada nuevo bajo el Sol, Salomón. Es el mal de la ignorancia, en el fondo, un viejo problema de educación. Educad bien a los niños y no hará falta castigar a los hombres, que ya decía hace mogollón Pitágoras. En fin, un abrazo compañero Paco y a todos los maestros del corazón, mucha fuerza y muchos ánimos.
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