El abismo
Un día de mayo, Rocío Bueno, alias Roro, no pudo más. Delante de la misma cámara donde escenifica su papel de perfecta chica tradicional –apañada en el hogar y dedicada a su pareja; jovencísima, alegre, guapa y lista, pero de ideología conservadora– rompió la regla de oro de quienes trabajan de cara al público: jamás te metas con quien te da de comer. Delante de sus 8,4 millones de seguidores en TikTok (su irrupción fue, probablemente, el mayor fenómeno viral de 2024 en España), la influencer, visiblemente enfadada y con un tono de voz grave, saliéndose por una vez del personaje audiovisual que la ha hecho famosa, dijo lo siguiente: “¿Qué coño os pasa? Estáis malitos de la cabeza todos, eh. Que yo tenga que estar explicando esto me tiene dando volteretas, pero mira, venga [...]. Dejad de proyectar vuestras inseguridades sobre mí y sobre mi relación porque no es mi culpa que no os hayan querido, de verdad”. Se refería al rumor popularizado en redes sobre una infidelidad suya hacia su pareja y que algunos de sus fans desencantados interpretaban como una profecía autocumplida: al final, todas iguales.
La generación de Roro, la llamada Z o centennial, nacida entre 1995 y 2012, es una generación extraña, y no solo porque estén entrando ahora en la vida pública y cada nueva hornada de jóvenes resulte incomprensible para sus mayores: los datos coinciden en que existe una brecha enorme e inédita entre sus valores y creencias y las de generaciones anteriores. Existe, además, una brecha dentro de la brecha, una gran división entre los chicos y las chicas cuyas consecuencias a largo plazo están aún por ver. “Esta divergencia, según los datos, se consolidó en apenas unos seis años a partir de 2018 y es tan anómala que algunos analistas consideran que la generación Z es como dos generaciones dentro de una”, escribe el consultor político Antoni Gutiérrez-Rubí en su libro Polarización, soledad y algoritmos (Siglo XXI, 2025), una radiografía de las nuevas generaciones que acaba de publicar.
El personaje de Roro es una excepción ideológica dentro de las mujeres de su generación, y quizás a ello deba su triunfo. Encarna una fantasía masculina en extinción, una salvedad nostálgica de la norma social. Sus seguidores, fundamentalmente hombres jóvenes de derechas, tienen razón cuando piensan que ya no quedan chicas así. Si ellas son cada vez más abiertas en lo político, lo social y lo sexual, ellos están girando hacia posturas más conservadoras o abiertamente reaccionarias. Mientras sociólogos, políticos, empresas y organizaciones intentan descifrarlos, la juventud sufre en sus carnes una de las consecuencias de la incomprensión mutua que es a la vez más íntima y más política: el desamor, entendido como el desajuste de un mercado sentimental en el que oferta y demanda no consiguen encontrarse en ningún punto de la gráfica. La tendencia se observa en España, y se repite en otros países del mundo. Causas y consecuencias se confunden y entrelazan, pero quizá una de las tareas más importantes para nuestro futuro conjunto sea comprender el fenómeno.
Tres grandes cambios
Para entender qué está ocurriendo entre ellos y ellas, entre nosotros y nosotras, merece la pena repensar tres ideas comúnmente aceptadas: una, los jóvenes comparten valores generalmente identificados con la izquierda; dos, la heterosexualidad en la adolescencia y los primeros años de la vida adulta es la norma, y la bisexualidad una opción minoritaria; tres, la soledad y la infelicidad son problemas de los mayores. Por desconcertante que resulte para los observadores de otras generaciones, estas afirmaciones ya no son totalmente ciertas, o al menos, caben muchos matices en ellas.
Comencemos por la primera de las creencias que han quedado obsoletas en los últimos años: los jóvenes son más progresistas que los adultos.
Desde finales de los ochenta, el Centro de Investigaciones Sociológicas, el CIS, pregunta mensualmente a los ciudadanos españoles por su orientación política, pidiéndoles que se ubiquen dentro de una escala del uno al diez, siendo el uno la extrema izquierda y el diez la extrema derecha. Los chicos y las chicas de entre 18 y 24 años se han mantenido más o menos juntos y a la izquierda durante décadas. Sin embargo, a partir de 2018 (el año del caso de ‘la manada’ y las grandes movilizaciones que prendieron la mecha feminista) sus caminos se separan en las gráficas. Ellos hacia la derecha, ellas hacia la izquierda. Desde hace dos años, los chicos jóvenes superan el cinco; es decir, por primera vez desde que tenemos datos se sienten más de derechas que de izquierdas. Son ahora el grupo de edad más conservador de España, superando incluso a quienes tradicionalmente ostentaban este puesto: las mujeres de más de 65 años. Sus coetáneas no les acompañan en ese camino.
El voto en las pasadas elecciones europeas confirmó el giro: uno de cada tres chicos jóvenes votó a Vox y uno de cada cuatro, al PP. Ellos también fueron responsables del escaño que llevó a Bruselas al ultra Alvise. Su agenda, gamberra, desinformadora, en contra de la inmigración y la igualdad de género, basada en el descrédito del sistema y desarrollada íntegramente en redes sociales, resonó en una juventud hiperconectada.
La derechización de los chicos forma parte de una corriente internacional. El análisis de los datos electorales de 27 países europeos encontró que, durante el año pasado, un 21% de los hombres menores de treinta años había apoyado a partidos de ultraderecha, cuando solo el 14% de mujeres lo hizo. La generación Z, de hecho, llega a mirar con buenos ojos el autoritarismo: en España, al 38% de los menores de 24 años no les importaría vivir en un régimen “poco democrático” si eso le garantiza una supuesta “mejor calidad de vida” (CIS, 2025). La Transición parece quedar ya muy lejos. “Históricamente, la democracia era un sistema político que llevaba implícito una mejora económica y social. Pero esa vinculación de democracia con prosperidad es algo que ya no se da”, dijo el politólogo Oriol Bartomeus a elDiario.es, en un reciente análisis sobre el tema.
Continuemos con el segundo axioma en duda: para hombres y mujeres de cualquier edad, la bisexualidad es una opción minoritaria, y la heterosexualidad, la norma. Es difícil decidir dónde se traza la línea de lo minoritario, pero desde luego, cuando cuatro de cada diez mujeres de entre 18 y 24 años se identifican como bisexuales –como dice el CIS de enero de 2025– no es posible defender que esta opción sea residual para las jóvenes. Volvemos a encontrar aquí una brecha con los chicos: solo el 9,5% de ellos se reconoce como bisexual. Frente al 85% de los varones de la generación Z que se declaran heterosexuales, solo el 58% de las mujeres lo hace. “Me parece el fenómeno sociológico más llamativo de la última década”, dijo en X el fundador de la empresa de análisis Graphext, Victoriano Izquierdo, al desglosar los datos.
La defensa implícita de la pareja tradicional heterosexual y monógama que hace Roro también va a contracorriente. Los jóvenes aquí no están solos: la idea de pareja convencional está en revisión en todas las edades. En el sorprendente informe del CIS de abril de 2023 sobre relaciones sociales y afectivas, cuatro de cada diez españoles dijeron estar a favor de que las parejas acuerden relaciones abiertas; casi la mitad afirmaba creer que el poliamor es posible y dos de cada tres era partidario de las parejas sin convivencia. Según ese mismo estudio, el 75% de los españoles tenía pareja en ese momento.
Llegamos así al tercer supuesto: la soledad y la infelicidad son problemas adultos. La mayoría de españoles cree que el colectivo que más sufre la soledad no deseada es el de los mayores, pero la realidad parece desmentirlo: según datos de 40 dB, el 37% de quienes tienen entre 18 y 24 años se ha sentido así. Los porcentajes van bajando hasta reducirse al 13% en los mayores de 55 años. Entre los estudiantes, por ejemplo, el sentimiento de soledad alcanza al 27%.
Según el último Informe Mundial de la Felicidad, los nacidos antes de 1965 tienden a ser más felices que los nacidos desde 1980. En países como España, Noruega, Suecia, Alemania, Francia o Reino Unido los mayores son significativamente más felices que los jóvenes. En Polarización, soledad y algoritmos se plantean algunas causas materiales: la dificultad para comprar o alquilar una vivienda y comenzar una vida independiente (en España, la edad de la emancipación ha subido hasta los 30,4 años), el desempleo juvenil y el aumento del coste de vida. Esto, sumado a la creciente ecoansiedad, a la brecha intergeneracional y a la ruptura del pacto que garantizaba que, si uno se formaba acabaría teniendo un trabajo y una vida independiente y prometedora, crea un nuevo estado emocional. “Esta nueva realidad genera agobio ante la idea de un futuro con incertidumbres y pocas garantías. No es extraño que muchos jóvenes decidan mirar más hacia atrás que hacia adelante”, escribe su autor.
Dos visiones del mundo
Desechadas ya un buen número de ideas preconcebidas sobre la juventud, los expertos aún citan un factor más que divide a chicos y chicas. Además de las diferencias ideológicas y afectivas, existen las educativas. A pesar de que a nivel global aún queda mucho por hacer en materia de igualdad, es cierto que a ellas les va sensiblemente mejor en las aulas en muchos países, incluido el nuestro. Si el 28% de los chicos de la OCDE que participan en el informe PISA fallan en alcanzar los niveles mínimos de lectura, entre las chicas el porcentaje es solo del 14%. En España, seis de cada diez jóvenes con estudios universitarios son mujeres, un porcentaje superior al de los países de la OCDE e, incluso, Europa. A los quince años, un chico español tiene el doble de posibilidades de repetir curso que una de sus compañeras. Es fácil imaginar el sentimiento de agravio de los jóvenes que se quedan atrás mientras cierta clase política saca partido a la situación bombardeándoles con el mensaje de que las políticas de igualdad benefician de forma injusta a las mujeres. Uno de cada dos chicos menores de 24 años cree que la lucha por la igualdad ha ido tan lejos que ahora se discrimina a los hombres, reveló el CIS en 2024. Ellas, a cambio, son muy conscientes de la desigualdad social que aún sufren, y no están dispuestas a volver atrás.
Los sociólogos han comprobado repetidas veces cómo una mayor formación está relacionada con una visión del mundo más progresista, y al revés. Esto crea un desequilibrio en el mercado amoroso con consecuencias demográficas complejas. La socióloga del Centre d’Estudis Demogràfics de la UAB Maike van Damme calculó el año pasado con datos de 2018 que para las mujeres españolas heterosexuales con estudios superiores y creencias feministas que buscan pareja existe un déficit masculino del 34% (si desean que tengan valores igualitarios como ellas) y del 25% si se conforman con que posean un nivel educativo similar. Dicho de otro modo, un tercio de las universitarias en busca de una relación hetero permanecerán solteras por falta de hombres, a menos que decidan renunciar a parte de sus deseos. Y, al contrario, “el 25% de todos los hombres con educación baja y tradicionales no encontrará una pareja femenina con la misma educación y valores de género”, declaró la investigadora al diario La Vanguardia. La investigadora cree que los resultados, con datos más recientes, mostrarían porcentajes de desencuentros aún mayores.
Identificarse con la izquierda o la derecha no deja de ser una forma de resumir ciertos sistemas de valores. Pero, ¿qué pasa cuando esas formas de ver el mundo son tan opuestas que significan una red flag, un hecho que rompe la baraja del juego para el otro sexo? El flirteo heterosexual se complica cuando seis de cada diez centennials varones cree que la lucha por la igualdad de género ha ido demasiado lejos, uno de cada cuatro expresa incomodidad ante una pareja gay, tres de cada cuatro creen que los inmigrantes reciben demasiadas ayudas y uno de cada diez menores de 19 niega la existencia de la violencia de género. Si llevamos los arquetipos actuales juveniles hasta el extremo, ¿cómo es posible que se entiendan un simpatizante de Alvise o Vox, heterosexual, monógamo, con problemas para independizarse y dudas sobre cómo encarnar los valores de la masculinidad, y una joven hipereducada bisexual, poliamorosa y de izquierdas, preocupada por el futuro del planeta, muy consciente de las desigualdades de género? ¿Cómo hacerlo cuando ambos se sienten solos e infelices, y comparten una preocupación profunda y justificada por su futuro, mucho más incierto que el de generaciones anteriores? ¿Qué ocurre cuando, además, todo ha cambiado de una forma tan rápida y tan radical, y no encuentran referentes en las instituciones y las generaciones anteriores?
Dos testimonios anonimizados recogidos en los focus group realizados por Gutiérrez-Rubí para la elaboración de su libro ilustran bien la diferencia entre los dos mundos: “Vas con miedo a la discoteca, ya no existe la presunción de inocencia de un hombre. Por ejemplo, te meten una noche en el calabozo y luego vemos si es verdad o no”, comenta un chico. “Si yo llego a un sitio donde hay hombres y digo que soy feminista, no me van a mirar bien, porque se piensan que es en plan radical y se toman el hecho de ser feminista como una amenaza”, dice una chica.
“Ellos son mucho más cautelosos, saben que pueden meter la pata y que tienen mucho más difícil ligar que antes. Y a esas edades ligar es lo que más te importa en la vida”, explica un jefe de estudios de un gran instituto del sur de Madrid, acostumbrado a ver pasar clases año tras año ante sus ojos. En ellas, dice, observa menos cambios. Aunque son mucho más libres sexualmente, aún creen en las grandes historias de amor romántico. Cada año hace una serie de preguntas a sus alumnos que le ayudan a ubicarlos ideológicamente, y aunque los resultados de su pequeño experimento coinciden con los grandes datos de los que estamos hablando, dice que, en general, el alumnado LGTBI se siente más protegido por el sistema que antes. En los últimos años, ha visto a chicos anunciar su transición de género a sus compañeros, en su clase, con total naturalidad.
Un caso extremo de polarización social y amorosa entre chicos y chicas se vio en Corea de Sur a partir de 2019, cuando un grupo de mujeres hartas de la violencia de género, la desigualdad salarial y el acoso fundó el Movimiento 4b, basado en cuatro principios: no al matrimonio, no al parto, no a las citas con hombres y no al sexo hetero. La rebelión, más simbólica que popular en un país con una de las tasas de natalidad más bajas del mundo, se dio a conocer en Occidente después de la segunda victoria electoral de Trump, cuando mujeres estadounidenses se dieron cuenta de que sus amigos, compañeros y familiares habían votado al republicano y buscaron formas de asumir la realidad del mundo en que vivían. Las diferencias ideológicas entre unos y otras son sensibles en EEUU: se ven en la urgencia de la necesidad de acciones contra el cambio climático (60% de mujeres vs. 40% de hombres); en la legalidad del aborto (50% vs. 20%); en la condonación de los préstamos educativos (40% vs. 10%).
En ese país los informes indican que el número de adolescentes que mantienen relaciones románticas ha disminuido sensiblemente. También lo ha hecho en otras franjas de edad, de forma que algunos medios hablan de una gran “crisis de la pareja”. Como explica The Atlantic en una serie de reportajes, “un gran número de adultos estadounidenses están alejándose del romance, no solo los jóvenes. Pero la tendencia parece ser especialmente marcada entre la Generación Z”. Según una encuesta del Survey Center on American Life publicada el año pasado, casi la mitad de los chicos jóvenes de ese país no tiene citas, algo inédito en otras generaciones.
En España, según el INE, el 95% de la población entre 18 y 29 años se declara soltera, pero ocho de cada diez afirman haber tenido dos parejas. El estudio sobre la vida en pareja que patrocinó el BBVA en 2022 habla de menos matrimonios y relaciones más satisfactorias –porque están basadas en el amor– pero más inestables –por ese mismo motivo–.
Fantasías digitales
Existe un aspecto tan esencial en la generación Z o centennial que forma parte de su propia definición: han crecido con las redes sociales. Sufrieron, además, un confinamiento en un momento crítico de su educación emocional durante el cual solo pudieron relacionarse con sus congéneres a través de internet. Volvamos, pues, a los seguidores de Roro.
Como explica Angela Nagle en su libro Muerte a los normies, la cultura de internet ha sufrido una progresiva masculinización y derechización desde el gamergate de 2014, la campaña de acoso contra las mujeres en los videojuegos que resultó ser la primera de las muchas guerras culturales que vencerían las posiciones más extremas. Hoy nos encontramos con un internet de chicos y otro de chicas –como lo bautizó Rebecca Jenninggs–, polarizado y alimentados por unos algoritmos que forman parte de la agenda política, como quedó claro tras la compra de X por Elon Musk. Comunidades escondidas hace unos pocos años, como la manosfera o la incel, forman parte hoy de la cultura dominante: tras la victoria de Trump, Mark Zuckerberg anunció que iba a reducir la moderación en las redes sociales de su propiedad al mínimo. Los contenidos más radicales son los que más adherencia consiguen; estrellas misóginas como Andrew Tate consiguen audiencias millonarias. Es fácil que un chico joven de 2025 acabe consumiendo el menú que internet tiene preparado por defecto para él: porno y una masculinidad complicada. Para ellos las redes promueven casi por defecto contenidos de estoicismo, gym, criptomonedas, negocios, videojuegos, deporte o política; para ellas, sin apenas buscarlo, todo es estilo de vida, belleza, feminismo y salud mental. Valores masculinos tradicionales (dinero, fuerza, liderazgo) para unos; valores de izquierda e identitarios, pero con la opresión constante de la autooptimización, para otras.
En la relación entre ideología e internet una vez más causas y consecuencias se mezclan. ¿Lleva la infelicidad y la desesperanza por las condiciones de vida futuras a la radicalización en línea a los chavales? ¿O es la cultura hipermasculina y radical de su internet la que les lleva a la normalización social de posiciones extremas? Probablemente, la rueda gire en ambas direcciones.
Hemos hablado de cifras, motivos y hechos –una sociedad donde la juventud ha cambiado polarizándose por géneros, donde ellas han mejorado educativamente y se han abierto mucho más ideológica y afectivamente, donde existe un serio problema de soledad y salud mental; todo dentro de una sociedad donde la idea de pareja está en evolución y la cultura digital empuja a la radicalización– pero no tanto del futuro. ¿Cómo devolver el equilibrio a un mercado amoroso que parece irreconciliable? Quizá podamos empezar asegurándonos de que tienen tiempo para evolucionar y herramientas para escucharse. Y aquí Roro, exigiendo a sus seguidores que se dejaran de fantasías digitales, tenía toda la razón.
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