España atrae cientos de ensayos clínicos, la última esperanza de miles de pacientes: “Sin investigación, estamos perdidos”
A Silvia le diagnosticaron hace quince meses un cáncer de mama triple negativo. Este subtipo representa alrededor del 10% de todos los tumores que se encuentran en este órgano. Suele afectar a mujeres jóvenes —ella tenía 50 años— y es bastante agresivo. Si se detecta pronto, con el tratamiento habitual de quimio e inmunoterapia, para reducirlo al máximo, y una cirugía para extirpar la mama, la tasa de supervivencia a cinco años supera ampliamente el 70%. Pero, si tras la operación, el tejido retirado conserva restos de células tumorales, el pronóstico es más sombrío.
Un grupo internacional está probando una combinación de fármacos innovadores con estas pacientes, para comprobar si su uso puede prevenir el desarrollo de metástasis. “Mi oncóloga me propuso meterme en un ensayo clínico y le dije que sí a todo. Mi cáncer es de los peores y yo confío plenamente en los médicos. Si no hay investigación, estamos perdidos”, explica Silvia.
En este ensayo, en el que participa el Hospital Gregorio Marañón, están incluidas unas 1.500 mujeres en todo el mundo. “Afortunadamente, no son muchas, pero nosotras queremos curarlas a todas”, explica la oncóloga Sara López Tarruella. Este centro es uno de los que más ensayos clínicos en cáncer realiza en España, pero el país se ha convertido en un referente a nivel Europeo y es uno de los destinos preferidos por los laboratorios a escala internacional.
Solo en 2025, la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) autorizó 962 ensayos clínicos, aquellos en los que participan humanos. “Somos líderes en ensayos clínicos en Europa. Hemos llevado esos ensayos a hospitales de todo el país”, presumía este lunes el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante un acto para conmemorar el 40 aniversario de la Ley General de Sanidad. Actualmente, se están desarrollando 2306 ensayos.
“España ocupa una posición de privilegio en cuanto a investigación clínica”, explica el jefe de la división de ensayos clínicos de la AEMPS, Juan Estévez. El ecosistema español presenta fortalezas por varios frentes, pero el pilar principal es la infraestructura de su Sistema Nacional de Salud. “La investigación queda embebida dentro de la atención sanitaria, lo que es muy positivo para el paciente y la lleva su médico o un médico que conecta con el suyo”, desarrolla. Este contacto favorece la captación de voluntarios y pacientes para quienes, en muchos casos, esa prueba es su última esperanza.
“Si [quien entra al ensayo] es tu paciente, la participación es más fácil, porque dibujas un plan terapéutico, pero si vienen de otros centros, suelen hacerlo muy motivadas para buscar esas alternativas”, explica la doctora López Tarruella.
En paralelo al salto en la autorización de ensayos clínicos que se produjo a partir de 2020, España ha ganado peso en el registro de estos proyectos a nivel europeo. “Fuimos pioneros en implementar una regulación que nos ha posicionado en el contexto mundial”, indica Amelia Martín, directora de investigación de Farmaindustria, la asociación que agrupa al grueso de las empresas dedicadas a la investigación, el desarrollo y la comercialización de medicamentos, quien señala que, “para muchas compañías, después de Estados Unidos y China, España es el segundo o tercer país por volumen de investigación clínica”.
Como muestra el siguiente gráfico, España está a la cabeza en registro de ensayos clínicos en Europa, con 849 investigaciones. Muy por delante de Francia (732), Alemania (711) e Italia (593).Y, como recordaba el secretario de Estado de Ciencia, Innovación y Universidades, Juan Cruz, durante el VI Foro Económico de elDiario.es, este país “coordina o lidera uno de cada dos ensayos clínicos internacionales” que se realizan en el entorno europeo.
Para Martín Uranga, una de las claves de este éxito está en la “cualificación de nuestros profesionales sanitarios, en un sistema nacional de salud excelente, con unos hospitales públicos que tienen un peso muy importante, y en pacientes solidarios y altruistas, que participan en ensayos que tal vez no funcionen para ellos, pero sí para quienes vienen después”.
Aunque el peso de la investigación clínica recae sobre la red pública, el grueso de la financiación proviene del sector privado, que sufraga el 80% de los ensayos, a través de acuerdos con los hospitales, por los que se hacen cargo de los gastos derivados de esos estudios, la contratación de los investigadores y el tratamiento de los pacientes que se someten a esas pruebas, con fármacos innovadores y carísimos.
“El retorno que tienen esas investigaciones en cuanto a aprendizaje por parte de los sistemas de salud en nuevas terapias en desarrollo es muy positivo, tanto para los profesionales como para los pacientes. Y, aunque no suele gustar que se mezcle medicina y economía, hay que tener en cuenta que todas las actividades relacionadas con los ensayos clínicos las paga el promotor, por lo que los pacientes participan en un tratamiento por el que pueden obtener potenciales beneficios para su salud si todo va bien”, desarrolla el especialista del servicio de farmacología clínica de la unidad de ensayos del Hospital Clínic de Barcelona, Pau Alcubilla.
Entre los promotores con más ensayos autorizados por la AEMPS en 2025 están los laboratorios Merck, AstraZeneca, Novartis y Pfizer. Según los datos da la encuesta de I+D en la industria farmacéutica, elaborada desde el sector, las compañías aumentaron su inversión en un 40% en cinco años, hasta los 1.775 millones de euros en el último ejercicio. El presupuesto del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades en 2025 fue de 17.797 millones.
No obstante, algunos ensayos se realizan desde los hospitales, sin soporte de las farmacéuticas. Son, principalmente, aquellos que buscan 'rescatar' medicamentos antiguos para nuevos usos o optimizar combinaciones ya existentes. Por ejemplo, en el Clínic, donde trabaja el doctor Alcubilla, se realizan muchos de estos ensayos clínicos académicos. “Entre los años 2003 y 2015, la unidad estuvo muy centrada en dar soporte a ensayos de optimización en pacientes con VIH, para los que había más de 30 terapias antirretrovirales. Ahora tenemos muy claro cuál es su manejo, pero hace 20 años era muy relevante hacer este tipo de ensayos”, explica.
Actualmente, la mayoría de ensayos clínicos que se autorizan lo son para tratamientos oncológicos. No es casualidad, ni fruto de una decisión improvisada. “Hace 20 años se empiezan a investigar biomarcadores genéticos y toda esa investigación básica, llega ahora a la clínica”, explica Juan Estévez.
“En los próximos años veremos medicina de precisión cada vez más desarrollada, porque un tumor de mama o de pulmón tienen muchas clases diferentes. Además, vamos a ver esperanza en enfermedades neurodegenerativas, que es una de las grandes áreas donde se esperan cambios significativos. O en las autoinmunes y las inflamatorias en el ámbito respiratorio”, pronostica la directora de investigación de Farmaindustria.
Ana Martínez es investigadora del Centro de Investigaciones Biológicas Margarita Salas, del CSIC. Su grupo ha conseguido diseñar una molécula que, en modelos animales, ha corregido una de las patologías más frecuentes en pacientes con ELA. “Nos pareció muy oportuno dar el paso al desarrollo clínico y comprobar que eso que vemos en nuestros modelos se replica en pacientes”, explica. Para hacerlo, ha fundado Molefy, una spin-off del centro, que cuenta con la financiación mayoritaria del grupo español Arquimea. “Se puede hacer público cuando tienes un fármaco de reposicionamiento, pero en cuanto hay una innovación, necesitas que el sector privado te apoye”, admite la científica.
First in human
El fármaco desarrollado por Martínez y su equipo consiguió hace unas semanas la autorización de la Agencia para comenzar su periplo en fase I, lo que se conoce como 'first in human'. El objetivo ahora es comprobar la seguridad de este tratamiento en voluntarios sanos, tras una serie de requerimientos en las fases previas. Aunque hay riesgos, “la seguridad está muy probada, se empieza por dosis muy bajas y están muy controlados”, aclara.
¿Qué lleva a una persona sana a ofrecerse para que le administren un fármaco que nunca antes ha sido probado en humanos? En el caso de este ensayo contra la ELA, “mucha gente se presenta voluntaria porque algún familiar tiene la enfermedad y, en algunos casos, hay un pequeño interés económico, porque reciben unos honorarios”, explica. Sin embargo, el dinero no debe suponer la única motivación. “Es un incentivo, pero nunca debe inducir a la participación”, añade el responsable de la Unidad Central de Investigación Clínica y Ensayos Clínicos del Hospital La Paz, Alberto Borobia.
La investigación española es un polo de atracción de ensayos en fase I, aquellos en los que participan unas decenas de personas, que pueden ser voluntarios sanos en función de la patología. Este factor ancla la participación de los centros en las siguientes fases: en la II se amplía la población a unas 200 o 300 personas; en la III comienza a confirmarse la eficacia del fármaco en miles de participantes; y en la IV se realizan estudios a largo plazo, una vez los medicamentos se han autorizado, por si surgieran posibles reacciones adversas, que suelen ser poco frecuentes.
Ramón tiene 29 años, está terminando su residencia de farmacología clínica en La Paz y acaba de participar en uno de esos ensayos fase I. En concreto, para una vacuna contra el virus respiratorio sincitial en adultos que, junto a la gripe y el SARS-CoV-2, es actualmente uno de los virus que producen una alta morbimortalidad en mayores de 65 años. “Hay cierto riesgo, pero la investigación en humanos está hiperregulada y ningún ensayo clínico se va a realizar si se sospecha que los riesgos son mucho mayores que los posibles beneficios para los pacientes”, explica.
“A mi círculo cercano ya lo tengo bastante entrenado”, bromea Ramón, “pero en ocasiones [los ensayos en fase I] causan algo de rechazo, por la incertidumbre y el desconocimiento, que provocan miedo”. Él, insiste, confía en la investigación y en que está “contribuyendo a que haya más información y que se pueda desarrollar una vacuna que se utilice masivamente en una población que la necesite”. ¿La remuneración? No niega que está bien. En su caso, unos 700 euros por tres visitas médicas y alguna analítica.
“Todos los ensayos en Fase I son de alta incertidumbre, pero previamente se han hecho estudios con animales, de toxicidad y tienes evidencia suficiente como para iniciar de forma segura las pruebas en voluntarios sanos”, tranquiliza el doctor Borobia. Además, estas primeras fases se hacen con pocos voluntarios y se comienza por parejas: a uno se le da una pequeña dosis del fármaco y al otro, placebo. Si no se percibe riesgo, van ampliándose los sujetos.
En este proceso, juegan un papel relevante los Comités de Ética de la Investigación, órganos independientes que evalúan los aspectos éticos, metodológicos y legales de los ensayos. En el Hospital Gregorio Marañón, está compuesto por 25 profesionales de todas las especialidades, que se reúnen cada dos semanas. “Revisamos unos formularios establecidos, en los que aparecen desde el currículum del investigador hasta su capacitación en buenas prácticas clínicas a su equipo, evaluamos ensayos multicéntricos, la idoneidad del centro, se revisa el objetivo del ensayo, en qué población se va a llevar a cabo, la memoria económica, cuáles son los consentimientos informados y toda la información que se le va a dar al paciente, para que su participación sea totalmente libre y no sea inducido a participar”, enumera su presidenta, María Luisa Navarro.
Los puntos de mejora: representatividad y acceso
Pese a los avances y el impulso del país como un polo de atracción, en parte por la apuesta por las unidades de ensayos en Fase I, la mejora de las infraestructuras y, también, por el éxodo de las compañías de Reino Unido tras el Brexit, sigue habiendo líneas de mejora. “Los dos problemas clásicos en la investigación clínica han sido que los resultados de los ensayos en los que se basa la autorización de nuevos medicamentos en ocasiones no son representativos de la población que recibe esos tratamientos y, a nivel europeo, hay inquietud porque se ha identificado una falta de equidad en el acceso a ensayos clínicos con terapias innovadoras”, explica Borobia, que coordina desde La Paz el proyecto Readi —Research in Europe and Diversity Inclusion—, una iniciativa europea coordinada desde este hospital, en la que participan 73 organizaciones de 18 países.
El objetivo de Readi es “transformar el ecosistema de los ensayos clínicos fomentando la participación de poblaciones infrarrepresentadas y desatendidas”. Así, se evitarían situaciones como que la mayoría de participantes en ensayos sobre insuficiencia cardiaca sean varones de en torno a los 67 años, cuando la mayoría de pacientes con estas patologías son mujeres por encima de los 85 años. O que el nivel sociocultural acabe influyendo en el acceso a terapias innovadoras.
La accesibilidad es clave, no tanto en ensayos con voluntarios sanos, como en fases con pacientes que pueden ver mejorada su supervivencia o optar a un último salvavidas terapéutico. “Pueden acceder pacientes de cualquier punto de España, pero donde más ensayos clínicos se realizan es en los grandes núcleos. Y ese es uno de los aspectos que generan más debate y necesidad de mejora: vivo en Madrid, tengo más posibilidades; vivo en Zamora, tengo menos”, explica el jefe de la AEMPS. Para paliar este problema, la Agencia elabora una guía de elementos descentralizados, que facilitan la digitalización del ensayo y ahorra desplazamientos. Además, hay programas y ayudas para sufragar determinados gastos de desplazamiento y alojamiento en algunos casos.
Catalunya se encuentra a la cabeza en número de centros que realizan ensayos, hasta un total de 807; seguido de Madrid, con 86 centros y 757 ensayos; y Andalucía, con 64 centros y 522 ensayos. Los ensayos no se realizan en un único hospital, sino que se desarrollan fruto de un trabajo de colaboración.
Silvia se encuentra ahora en mitad del ensayo. Y suma a la lista de fortalezas del sistema la empatía del equipo médico que lleva su caso. “Un trato humano tan necesario en estas circunstancias”, dice. En ese equilibrio entre incertidumbre y confianza transcurre su día a día. “Si no lo hacemos nosotras... todo lo que se pueda hacer para beneficiar a otras personas, allá vamos”.